Festival LimaDocs: “Nuestra tierra” (2025), de Lucrecia Martel: memoria, mirada y resistencia


Siempre me ha llamado la atención el término “darle voz a quienes no la tienen”, porque muchas veces eso puede implicar que exista una presencia ajena a quien supuestamente tendría que dar testimonio directo de su perspectiva y de su propia visión del mundo. Además, suele asumirse que aquel que no tiene voz tampoco sabe cómo expresarse. Aunque probablemente en muchos casos esa idea no se exprese con mala intención ni con un afán de subestimar, igual se puede caer inevitablemente en ello, sobre todo cuando se trata de algo como una película. Se puede pensar que quien estaría “dando esa voz” lo hace desde cierta culpa o desde un deseo de sentirse mejor consigo mismo teniendo en cuenta su propia posición. Eso no significa necesariamente que no exista una intención legítima, pero también depende mucho del enfoque.

Por eso pienso, por ejemplo, en un documental como La revolución y la tierra (2019), de Gonzalo Benavente, el cual no creo que caiga en esa falla, ya que su intención termina siendo otra. Su aproximación es más antropológica y cultural con respecto a lo que fue la Reforma Agraria en el Perú de fines de los años 60. Ahora, tranquilamente podrían existir opiniones más radicales que cuestionen que, al tratarse de un hecho que afectó directamente a una población específica, sean muy pocas las personas pertenecientes a ese grupo las que realmente tengan espacio para hablar. No es mi caso, porque siento que lo que busca ese documental es algo distinto que quizá más de uno podría notar si presta atención al enfoque.

En ese sentido, viendo que ahora una cineasta tan respetada a nivel mundial como Lucrecia Martel haya decidido hacer, tras cuatro largometrajes de ficción tan celebrados, un documental como siguiente proyecto, resulta inevitable pensar que, al abordar un caso real tan duro y específico, su perspectiva podría quedar expuesta a cuestionamientos similares. Después de todo, ella no pertenece directamente a la comunidad afectada y es realmente un gusto descubrir que ese no es el caso. Basta ver cómo empieza Nuestra tierra, con esa gran toma panorámica del espacio mientras suena la primera canción de la Misa Criolla de Mercedes Sosa, para entender la declaración de intenciones que plantea. Desde el modo en que coloca la cámara, se siente que Martel no busca imponer una versión individual de los hechos ni apropiarse de una experiencia ajena. Más bien, desde el respeto y una evidente sed de justicia, empieza a construir un relato profundamente vivo.

Con este arranque, lo que quiere dar a entender es que esto no es únicamente un conflicto local, sino una problemática universal. Luego, tras ese plano inicial, la cámara empieza a acercarse progresivamente hacia ese espacio concreto donde conocemos a quienes protagonizan esta historia. Me refiero, por supuesto, al caso del asesinato del líder comunero Javier Chocobar, perteneciente a la comunidad de Los Chuschagasta, en la provincia de Tucumán. Su muerte, cometida por un terrateniente junto a dos policías, terminaría dejando al descubierto la situación tan complicada que viven las comunidades indígenas en Argentina. A partir de ahí, Martel toma como eje principal la filmación del juicio oral del caso Chocobar, un crimen ocurrido en 2009 cuyo proceso judicial se extendió durante varios años.

Lo interesante es que la cineasta no busca quedarse únicamente con las imágenes del juicio, aunque incluso ahí ya demuestra una enorme destreza para filmar. La manera en que retrata los rostros de los acusados, muchas veces aburridos o descolocados, contrasta con las miradas de la comunidad afectada, donde predominan la concentración, la tensión y sobre todo el desconcierto frente a una situación en la que constantemente sienten que son minimizados. Además del juicio, Martel también se apoya en otros espacios, como la recreación del crimen. Ahí vuelve a aparecer algo muy característico de su cine: esa capacidad para construir barreras invisibles a través del montaje y de la ubicación de la cámara, generando tensiones permanentes entre personajes que parecen convivir bajo la sensación de que algo no está bien.

Es imposible no pensar en películas como La ciénaga (2001), donde también existían divisiones muy marcadas entre grupos y donde el espacio mismo parecía estar contaminado por una tensión constante. Acá ocurre algo similar cuando vemos a las autoridades y a los acusados intentando reconstruir el crimen, mientras a lo lejos permanecen observando los propios comuneros, las mismas personas afectadas, incluso sin entender del todo qué está ocurriendo ni si sus reclamos realmente serán escuchados. Otro de los grandes hallazgos del documental aparece en el modo en que Martel decide expandir la narrativa más allá del juicio para enriquecerla con testimonios de la propia gente del pueblo, quienes van reconstruyendo toda una historia de vida a través de fotografías y recuerdos personales. Enseñar a mirar esos recuerdos y aprender a reconocerse en ellos termina siendo vital para empezar a curar, aunque sea poco a poco, heridas que llevan décadas abiertas.

Es en momentos así donde realmente se percibe la sensibilidad de Martel como directora. Su mirada va tomando forma a través de las imágenes que construye tanto con el material de archivo como con la observación directa de estas personas en el presente. Si algo ha caracterizado siempre a Martel es su capacidad para comprender a sus personajes, tanto en la ficción como en la realidad. Acá se siente claramente cómo se sienta a escucharlos sin ningún afán de juzgarlos. Esa dinámica recuerda un poco a La otra (1989), uno de sus primeros cortometrajes, donde también exploraba a un grupo socialmente marginado, como son las personas trans. De manera similar, en este documental se aproxima a una comunidad indígena que durante años ha sido relegada dentro de Argentina. Eso resulta todavía más significativo si se toma en cuenta que, a diferencia de países como el Perú y de procesos históricos como la Reforma Agraria, Argentina nunca atravesó cambios similares de la misma magnitud.

Por eso resulta imposible no pensar en el contexto actual del país. Hoy en día todavía existe un sector importante de personas que se siente orgulloso de pensar Argentina como un país fundamentalmente blanco y, en un momento político como el actual, durante el gobierno de Javier Milei, muchas de esas ideas parecen haberse validado todavía más. Entonces, que una cinta como esta aparezca ahora resulta especialmente importante, porque deja en evidencia que estas comunidades siempre han estado ahí, viviendo en territorios que les pertenecen desde hace décadas y teniendo que disputar constantemente esos espacios con personas que, desde el poder económico y político, sienten que pueden imponerse sobre quienes consideran inferiores. Es un problema que se viene arrastrando desde hace muchísimo tiempo.

Otra de las grandes virtudes del documental es que Martel no se limita al esquema clásico de testimonios acompañados por cabezas parlantes y algunas imágenes de archivo. Más bien, toma todos esos recursos y los transforma en algo vivo. Cada palabra y cada monólogo adquieren una fuerza distinta gracias al modo en que están filmados y montados. Ya sea mediante el archivo o a través de la presencia de quienes cometieron el crimen, el documental consigue construir una sensación profundamente inquietante y amenazante, sobre todo cuando se reconstruye el asesinato de Chocobar.

Al mismo tiempo, aparecen estas enormes tomas realizadas con drones. Vale la pena detenerse en ello porque, siendo un recurso tan gastado durante los últimos años y muchas veces reducido únicamente a planos de relleno, acá adquiere una dimensión simbólica muy interesante. Martel convierte al dron en algo que puede interpretarse de distintas maneras. Por momentos parece una mirada omnipresente, casi como el ojo de Dios, algo que además dialoga con la dimensión espiritual y con la manera en que la religión ha sido impuesta sobre estas comunidades durante siglos. También puede entenderse como otra forma de reforzar la idea planteada desde el plano inicial: que esto va mucho más allá de un simple enfrentamiento entre buenos y malos.

Lo verdaderamente importante termina siendo el propio espacio. Ese campo se convierte en un personaje más, uno que parece reaccionar constantemente a lo que ocurre dentro de él. Cuando el entorno se siente intimidado, todo entra en tensión. Los campos parecen deformarse, la naturaleza misma parece percibir la presencia de elementos ajenos como el dron. Hay un momento muy específico que preferiría no describir para no arruinar el impacto que produce, pero detalles como ese son los que terminan elevando enormemente el documental. Ahí vuelve a notarse el enorme ingenio de Martel y su obsesión por el detalle, haciendo visible una narrativa que muchas veces permaneció oculta o directamente ignorada.

Otro aspecto fundamental es el rol que juega el arte dentro de la película. Martel entiende que el arte también puede convertirse en una herramienta de reconocimiento para estas personas. Eso aparece claramente a través de la música y de la enorme diversidad de géneros propios de Argentina. No son simplemente expresiones bellas o folklóricas, sino manifestaciones culturales cargadas de contenido social y político, algo que la música ha tenido desde siempre. Después, el propio cine adquiere un rol todavía más importante.

Además de que la película es consciente de sí misma, tanto durante el juicio como en los momentos de contemplación de estos grandes espacios, también existe una consciencia muy clara de cómo la propia comunidad finalmente encuentra una forma de reconocerse en la pantalla. Hay un momento particularmente revelador en el que un hombre menciona que mientras veía Ben-Hur (1959) intentaba relacionarla con su propia condición, aunque incluso ahí esa identificación sigue sintiéndose lejana. Lo que busca Martel es romper con esa distancia, dejar de depender de analogías ajenas y encontrar la manera de que estas personas puedan verse a sí mismas, reconocerse como un pueblo fuerte, resistente y capaz de superar cualquier adversidad.

Por eso creo que lo fascinante de Nuestra tierra es cómo busca poner en alto la identidad de un grupo de personas que históricamente ha sido escondido debajo de la alfombra dentro de Argentina. Porque el caso de Chocobar, aunque pueda parecer aislado, terminó sentando un precedente importante respecto al cuidado y la resistencia de los pueblos indígenas. La película entiende que ya no basta con mirarlos desde la condescendencia. Lo que plantea es la necesidad de colocarlos al mismo nivel que cualquier otra persona, como siempre debió haber sido, dejando atrás esas ideas arcaicas según las cuales los pueblos originarios debían ser sometidos por una fuerza superior, ya sea Dios o, desde una lógica más contemporánea, el propio capitalismo.

Lo mejor es que Martel consigue transmitir todo eso desde un enfoque verdaderamente reivindicativo sin recurrir a golpes bajos. Nunca intenta manipular emocionalmente al espectador a través de escenas de extrema vulnerabilidad diseñadas únicamente para provocar llanto. Lo que hace es mostrar la realidad tal como es y permitir que, además de frustrarnos, también podamos celebrar esos pequeños triunfos que se van consiguiendo poco a poco. La película encuentra cierta esperanza en la posibilidad de que la sociedad todavía pueda avanzar, aunque sea lentamente.

Eso sí, creo que hay momentos en los que el documental termina expandiéndose demasiado y uno llega a olvidar por instantes que el eje central seguía siendo el caso Chocobar. Ahí quizá algunos pasajes de la segunda mitad podrían haberse condensado un poco más para darle mayor fluidez al ritmo. Pero incluso con eso, si hay algo que nunca se puede decir de la película es que resulte densa en el mal sentido. Al contrario, es intrigante, absorbente e incluso inesperadamente cómica por momentos. Por encima de cualquier otra cosa, termina sintiéndose como una de las maneras más honestas y genuinas de realmente darle voz a quienes durante años no la tuvieron.


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