¿Qué tan reprochable es la audiencia cuando decide ponerse del lado del asesino? ¿Qué tan cómplice se torna de sus fechorías? ¿Cuál es el estándar moral que debería asumir un espectador cuando en la pantalla se deciden asuntos escabrosos como la violencia doméstica, el asesinato a sangre fría y potenciales casos de abuso? Estas preguntas, por más que parezca lo contrario, son rutina en el thriller legal, uno de esos géneros que no parece haber perdido fuerza con el tiempo, quizás porque la audiencia nunca es capaz de resolver estos dilemas de manera concluyente. Todo lo contrario: cada caso legal expuesto en el cine, con sus giros y torceduras, con sus cambios de perspectiva y reconstrucción fragmentada de los hechos, es una nueva forma de medir el espinazo moral de la audiencia, y su capacidad deductiva frente a la pantalla. Al seguir de cerca un thriller legal, seguramente vinculado a un perturbador procedimiento policiaco y un crimen atroz, la audiencia desarrolla un tipo particular de habilidad analítica, motivada por una mórbida curiosidad y la natural necesidad de resolver un misterio, y, al hacerlo, está forzada a cuestionar los supuestos morales de una apuesta semejante.

Todos estos dilemas parecen aplicar bastante bien para Le fil (El hilo, 2024), el thriller que firma Daniel Auteuil, la historia escabrosa de un abogado que vuelve a sus raíces al asumir la defensa legal de un hombre acusado de asesinar a su esposa. Auteuil, actor respetado en Francia convertido en director y también uno de los guionistas del film, asume el rol de Jean Monier, el abogado en cuestión, un sujeto perspicaz, refinado y amable, al parecer, totalmente convencido de la inocencia de su cliente. El cliente en cuestión es Nicolas Milik, un trabajador de clase media, padre de cuatro hijos, un tipo aparentemente anodino e inofensivo a quien se le acusa de haber asesinado a Cécile, su mujer, afectada desde hace años por un intenso alcoholismo. Nicolas insiste en su inocencia, pero la fiscalía ha deslizado una narrativa bastante potente en su contra: frustrado por un matrimonio sin salida, y harto de los insultos de su mujer, Nicolas y un amigo suyo secuestran a Cécile cuando estaba ebria, y la asesinaron junto al puente desde el que lanzaron su cadáver. ¿La mejor evidencia? Una pieza pequeña, apenas un hilo, del traje de Nicolas, que ha quedado atrapado bajo la uña de Cécile.
El film de Auteuil, de forma previsible, sigue todo el procedimiento legal desde el punto de vista de la defensa. Convencido de la inocencia de Milik, Monier construye su propia versión de los hechos: un tipo así de frustrado, sin voluntad propia, abocado a sus hijos, acostumbrado a los insultos de su esposa, parece todo menos un asesino. Que Milik no haya presentado los documentos del divorcio (a pesar de que tenía todo para llevarse la custodia de sus hijos) muestra, por un lado, su vocación moral por mantener a su familia unida, y, sobre todo, según sugiere Monier, una falta de decisión y espinazo que aleja a Milik de cualquier crimen. El ritmo del film, ágil y didáctico, rápidamente atrapa a la audiencia en las idas y venidas del juicio, pero, al mantenerse firme en el punto de vista de Monier, ofrece a la audiencia un dilema mucho más interesante que el de la mayoría de películas de este estilo. ¿Hasta qué punto debería el abogado escarbar en la versión oficial del cliente? ¿No sería mejor que evite toda grieta en su narrativa de defensa evitando acercarse demasiado a Milik y su versión de los hechos? Si es así, ¿por qué Monier está tan dispuesto a seguirle los pasos a Milik y confiar en él hasta el final del juicio?

Le fil es bastante astuta en evitar que la audiencia conozca mucho sobre Monier fuera de su vida en la corte. De esta manera, Monier y la audiencia se entrelazan en un mismo punto de vista, y la visión que tiene el abogado de su cliente y del juicio (así como la motivación detrás de esta visión), tiene que ser llenada por la propia visión del espectador. Está mimesis entre espectador y abogado insiste en el dilema detrás de la película y, a su vez, fuerza a la audiencia a resolver por su cuenta el dilema de Milik. Gracias a la muy convincente interpretación de Grégory Gadebois, Milik se torna un personaje cada vez más fascinante para la audiencia, por lo pasivo y derrotado que parece ser, y por lo incongruente es que alguien así pueda realizar un crimen como el que se le imputa. Milik nunca se lleva nuestra empatía, pero sí nuestra lástima, y esta diferencia, aunque sutil, es lo que hace que el misterio detrás de sus intenciones sea tan atractivo de desentrañar. Sin quererlo, a partir de su obsesión por el protagonista, el film de Auteuil ofrece una mirada precisa e interesante sobre la masculinidad en fracaso, la crisis del proveedor de la familia, incapaz de lidiar con el peso del juicio.
A la larga, Le fil parece salida de otro tiempo y de otro cine. Es una película de ritmo convencional y personajes redondos, de giros de trama y pequeñas revelaciones; una historia que se concibe para manipular a una audiencia dispuesta a dejarse llevar por tus juegos y maquinaciones. Es el tipo de thriller legal, courtroom drama, oscuro y psicosexual que solía llenar las carteleras en los años 90, con una pulida puesta en escena, un elenco de primer nivel, y, por sobre todo, una decidida vocación por entretener. La audiencia disfruta cada segundo de su elegante puesta en escena, cortesía de una fotografía que usa astutamente las luces y sombras, y que, como acuarela, altera la iluminación general para tener imágenes pulidas y atrayentes. La cámara se mantiene fija en la acción y trabaja con consonancia con el montaje, ágil e inteligente, que juega entre el pasado y el presente para llegar a la gran revelación.

Hay algo bastante valioso de un tipo de película que juega con las reglas de siempre, y que las usa de tal forma que respeta la inteligencia de la audiencia, y su capacidad agente durante todo el metraje. Es cierto que, para el tercer acto, cerca al anuncio del veredicto, como buen thriller de manual, Le fil insiste en una serie de atrevidos giros de guion que podrían parecer innecesarios en un primer visionado, pero que construyen a la misma sensación de fascinación por lo psicosexual que tanto bien le ha hecho al género. ¿Cuál es el punto de tener un thriller así de formulaico sin todos los excesos comunes que vienen con él? Al final, es cierto que Le fil no parece innovar en un género que parece haber contado una historia parecida en más de una ocasión, pero el repujado trabajo de dirección de Auteuil y la mesura de su puesta en escena contribuyen a una experiencia que, para cualquier espectador, recuerda el poder del espectáculo del cine, su poder de manipulación, y manipulación consentida, que despierta sentidos y curiosidades que no pueden promoverse con facilidad en otros espacios. ¿No es acaso un punto en el que el cine y la parafernalia judicial parecen encontrarse?



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