Érase una vez en una Francia de migrantes
Souleymane tiene varios problemas. Su historia, practicada una y otra vez, puede no ser bien recibida por quienes han sido asignados a escucharla: trabajadores migratorios franceses que deben decidir si Souleymane es un buen candidato para solicitar asilo político en el país. Su historia, además, sugiere una cruda verdad para los burócratas locales: un hombre acusado de pertenecer a una organización política radical por un gobierno autoritario y vil, el cual parece haber surgido con la directa complicidad (o al menos el permiso) de París. Souleymane está en una encrucijada. Si acaso su historia insiste demasiado en su carácter de víctima, es posible que las autoridades lo descarten por ser un posible dependiente del Estado francés y una figura políticamente radical para sus filas. Si su historia insiste demasiado en su propia agencia y capacidad de resistir ante la opresión, podría no despertar la necesaria compasión del oficial encargado de su caso. No parece haber pues, un razonable punto medio. Pero, por supuesto, el mayor problema de la historia de Souleymane no es la economía política detrás de su sufrimiento, la complicidad colonialista o la dependencia de la empatía del oficial migratorio. El problema mayor es que esa historia no es suya.

Boris Lojkine, el director y coguionista de La historia de Souleymane (L’histoire de Souleymane, 2024) , sugiere desde los primeros minutos que la historia del protagonista es una ficción asignada por otros. Tiene sentido, dado que, para alguien como Souleymane, un migrante que proviene de África subsahariana y que no tiene los papeles en regla para quedarse en París, una historia de persecución política es la última alternativa razonable frente al riesgo inminente de la deportación. Souleymane tiene que apelar a eso que el antropólogo francés Didier Fassin llamaba “razón humanitaria”, una suerte de instrumento conceptual que determina la forma en que distintas instituciones determinan quiénes son merecedores de atención humanitaria y quienes no. Para quedarse en Francia como un migrante irregular de un país pobre, sugiere Fassin, uno debe demostrar que está “en riesgo”: que está muy enfermo, que es una población vulnerable, que es un exiliado político. Souleymane, hombre joven y vigoroso, no puede apelar a los dos primeros criterios. Solo le queda insistir en la persecución política. Con la ayuda de un líder de una red de migrantes a quien suele contactar por teléfono, Souleymane repite una y otra vez la historia que tendrá que recitar ante un oficial migratorio en dos días. Si la historia vende, si el oficial cree que su sufrimiento es legítimo, él podrá quedarse.
Mientras tanto, como sugiere constantemente la sutil, pero necesaria caracterización del guion de Lojkine y Delphine Agut, Souleymane está obligado a esperar. La ley migratoria francesa, cada vez más rígida, insiste en que él no puede trabajar mientras no sea reconocido como “legal” por las autoridades. ¿Qué se supone que hace alguien para subsistir hasta entonces? Este vacío legal de un aparato migratorio cada vez menos humanitario y compasivo es suplido, en cierta medida, por albergues que acogen a personas como Souleymane y que le dan comida y techo por unas noches. Estas medidas, sin embargo, no son suficientes. Souleymane, como tantos otros en su posición, ha pagado una gran cantidad de dinero para llegar a París: posiblemente a una suerte de «coyote», un proveedor de servicios ilegal que se encarga de planificar viajes migratorios de personas pobres hacia países ricos, y a un gran costo. Por supuesto, las autoridades saben que este tipo de prácticas existe, y que personas como Souleymane arrastran una deuda urgente que deben pagar para evitar alguna represalia violenta. Pero, una vez más, parece que la ley no está hecha para personas como él.

Bajo este contexto de tanta agitación dramática -aunque bastante cercano a la realidad-, La historia de Souleymane opera como un thriller social realista, que sigue al personaje principal por las calles de París en búsqueda de subsistencia mientras espera hasta poder contar su historia. La única alternativa de trabajo para alguien como Souleymane es trabajar como repartidor para una aplicación de delivery. Por supuesto, dado que es “ilegal”, él no puede operar la cuenta. Souleymane tiene que alquilarle la cuenta a un repartidor local por un alto precio. Si el alquiler de la cuenta cuesta 400 euros a la semana, Souleymane tendrá que hacer por los menos 500 euros en entregas para poder sacar algún margen y pagarle a los coyotes. Si saca menos, solo aumentará su deuda. Esto explica por qué lo vemos cruzar París con su bicicleta de sol a sol, trabajando hasta muy altas horas de la noche, incluso con el riesgo de no llegar a tiempo al bus que lo llevará al albergue para migrantes en el que se queda.
En una película así, el disparador de suspense y motivo del estrés supremo del protagonista, mismo estrés de la audiencia, es un sistema cada vez más asfixiante y mezquino, económicamente excluyente, socialmente austero. Lejos del thriller paranoico de los hermanos Safdie (en que los personajes de clase trabajadora son víctimas de sus propias apuestas financieras e incursión al crimen), la película de Lojkine se acerca mucho más al realismo social de Ken Loach o los hermanos Dardenne, un tipo de cine en el protagonista debe lidiar con un sistema hecho para excluirle, en el que cada giro de la trama es una grieta más en el aparato social francés, una forma más en la que el cuerpo migrante es amenazado con la sumisión y el control. Por supuesto que la economía francesa crece al gozar de una mano de obra precarizada como la que representa el joven Souleymane, pedaleando sin parar para que los clientes locales puedan seguir en sus voraces esquemas de consumo. A su vez, es cierto que los policías que investigan a Souleymane y que lo intimidan con preguntas amenazantes obtienen rédito político (incluso un potencial ascenso), si encarcelan a personas como él. Y, en el medio, la economía ilegal aprovecha la desesperación de otros tantos migrantes en el limbo como Souleymane y crean una red comercial a partir de su sufrimiento.

Todos estos detalles están presentes en el film de Lojkine de forma natural y sorpresivamente sutil. Su película está desprovista de elementos que indiquen estas fuerzas de opresión sobre la vida de Souleymane, sino que, por el contrario, como el ojo de un etnógrafo, la cámara de Lojkine insiste en que la audiencia tome nota de estos detalles a partir de la descripción densa del día a día del protagonista y sus peripecias. Lojkine prioriza una serie de tensos encuentros entre Souleymane y representantes de estas fuerzas (la policía, los encargados del asilo, los clientes de la aplicación, el que le alquila la cuenta, etc.), sin nunca perder el foco del principal punto de tensión de la trama y paradoja del protagonista: si acaso su historia es comprada por los oficiales migratorias, Souleymane se ganará el derecho a seguir viviendo en Francia, es decir, que podría mantenerse en estas indeseables condiciones. La ruta a pedal que sigue Souleymane a diario, con todos sus riesgos y amenazas, parece ser el mejor escenario posible para él y otros tantos en su condición.
Asimismo, y para suerte de la audiencia, Lojkine y su actor protagonista, Abou Sangare, conciben a un personaje genuino y convincente, traslúcido en sus intenciones, desprovisto de un heroísmo impostado o la extrema victimización, por el contrario, dotado de una personalidad rica en detalles y confrontada con un mundo cada vez más cruel con él y sus anhelos. Conocemos un poco más de Souleymane desde las llamadas que puede hacer con su mujer, todavía reclusa al otro lado del globo; lo conocemos a partir de la tensa relación con los operadores migratorios y los «coyotes», y desde los distintos encuentros con clientes. Por ejemplo, en una de las mejores escenas del film, Souleymane le entrega un pedido a un cliente ciego, que le pide ayuda en su apartamento. Los pequeños gestos de bondad entre ambos (cada quien, guardando las distancias, representando a un tipo de cuerpo marginado), sugieren, más allá de cierta nota de esperanza, cierto compromiso ético del personaje principal, no tanto como una convicción insertada en un complejo sistema de valores como sí una intuición producto de una vida de precariedad y redes que le resisten. Aun así, por supuesto, la mayor duda que nos queda sobre el film, y que su muy memorable clímax no puede -ni debe- resolver del todo, es qué tanto el Souleymane que conocemos es una ficción constituida para garantizar una plaza en una Francia cada vez más indolente y qué tanto se trata de su historia de verdad. Ni la audiencia ni los oficiales migratorios parecen saberlo a ciencia cierta. Uno y otro, eso sí, parecen atados en la misma relación de complicidad: son parte del mismo sistema que se aprovecha de esas historias falsas, y que, en este caso, gracias al cine, tienen por fin una versión que las contraste.



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