[Crítica] “Backrooms: sin salida” (2026): los laberintos del trauma


Puede ser muy duro pensar en cómo nuestros propios recuerdos terminan persiguiéndonos. Después de todo, nadie está libre de atravesar experiencias traumáticas y, por más que intentemos sanar, dejarlas atrás o convencernos de que ya fueron superadas, siempre encuentran la manera de manifestarse nuevamente dentro de nuestro subconsciente. En el peor de los casos, pueden arrastrarnos hacia una espiral de la que parece imposible escapar, convirtiéndose en una especie de laberinto mental sin salida. Esa descripción se parece mucho a lo que imagino que un muy joven Kane Parsons debió tener en mente al momento de desarrollar todo lo relacionado con Backrooms: sin salida (Backrooms, 2026).

Por supuesto, aunque luego sería quien la perfeccionaría, la idea original no le pertenece. El concepto surgió a partir de una publicación anónima en Reddit que consistía únicamente en una imagen acompañada por una breve descripción de lo que podía ser un backroom. Sería Parsons quien posteriormente tomaría ese punto de partida para construir todo un universo a través de una serie de cortometrajes publicados en YouTube. Con el paso del tiempo, ese proyecto terminaría convirtiéndose en un fenómeno importante dentro del cine de terror reciente y en una muestra bastante clara de cómo internet se ha transformado en una plataforma desde la cual nuevos cineastas pueden abrirse camino hacia la industria.

En ese sentido, resulta inevitable pensar en casos similares como el de Curry Barker con Obsesión (Obsession, 2025), ya que ambas películas parecen evidenciar cómo una nueva generación de directores jóvenes está encontrando formas distintas de iniciar sus carreras. Sin embargo, más allá de lo interesante que resulta observar ese fenómeno industrial, lo verdaderamente importante es la película en sí misma y aquello que Parsons intenta construir a partir de esta premisa.

La historia nos presenta a Clark (Chiwetel Ejiofor), un vendedor de muebles que atraviesa un momento complicado tanto en su vida personal como en su trabajo. Intentando encontrar algún tipo de alivio, acude a terapia con la doctora Mary Kline (Renate Reinsve), buscando comprender mejor aquello que lo atormenta y encontrar una salida a sus problemas. Todo cambia cuando un día atraviesa accidentalmente un muro ubicado en el sótano de la tienda donde trabaja, y termina llegando a un lugar completamente desconocido para él. Se trata de un espacio compuesto por interminables habitaciones, algunas vacías y otras llenas de objetos familiares que parecen extraídos de la realidad cotidiana, teniendo pequeñas alteraciones que los vuelven extrañamente inquietantes. A medida que se adentra en ese entorno, Clark descubre que detrás de esas apariencias se oculta algo profundamente siniestro.

Es a partir de esa premisa que Parsons empieza a jugar con el elemento sobrenatural y a convertir los backrooms en una representación física del trauma. Aprovecha el hecho de que estos espacios no poseen una forma definitiva ni una estructura estable para transformarlos en lugares capaces de absorber elementos pertenecientes a quienes los recorren. Estos espacios terminan funcionando como extensiones de las heridas psicológicas de sus visitantes, como rezagos de una realidad rota, llenándose progresivamente con fragmentos de recuerdos, emociones y experiencias que forman parte de aquello que intentan dejar atrás.

Lo interesante es que esas manifestaciones aparecen siempre de manera imperfecta. No son reproducciones exactas de aquello que las originó. Son versiones deformadas, incompletas y extrañas de algo que alguna vez fue reconocible. Precisamente por eso resultan tan perturbadoras. Son recuerdos que han perdido su forma original pero que siguen presentes, vagando por esos espacios interminables sin un rumbo claro. Es ahí donde la película encuentra una de sus ideas más interesantes, porque esos elementos terminan reflejando la manera en que los traumas operan dentro de nuestra mente. Permanecen escondidos en alguna parte del subconsciente y reaparecen constantemente bajo nuevas formas.

Por eso mismo creo que la cinta termina conectándose con una manera muy contemporánea de entender el miedo. Ya no estamos hablando necesariamente del monstruo clásico, perfectamente identificable y con una presencia concreta. Lo que encontramos aquí es una amenaza mucho más abstracta, una entidad sin forma definida que habita entre imágenes, recuerdos y en lugares vacíos. Algo que simplemente permanece allí, acompañándonos mientras recorremos ese laberinto interminable.

Cuando Clark comienza a explorar los backrooms, nosotros como espectadores compartimos su desconcierto. Queremos comprender hacia dónde se dirige, qué significan esos cambios constantes y cuál es la lógica detrás de todo aquello que aparece frente a él. El cineasta aprovecha muy bien esa incertidumbre inicial para involucrarnos dentro de la experiencia, permitiendo que el misterio se convierta en uno de los principales motores del relato.

A ello contribuye también un elemento fundamental: la textura visual. Al estar ambientada en los años 90, la película recurre constantemente al uso de videograbadoras y otros dispositivos de la época. Parsons aprovecha la baja resolución característica de estas tecnologías para volver el mundo mucho más extraño y perturbador. La imagen adquiere una cualidad imperfecta que incrementa la sensación de incertidumbre y contribuye a que esos espacios resulten todavía más inquietantes.

Cuando pienso en películas capaces de construir atmósferas semejantes a partir de espacios liminales, uno de los primeros nombres que viene a mi mente es David Lynch. Aunque nunca se dedicó por completo al terror, fue un maestro al momento de crear lugares profundamente perturbadores hechos a base de pura atmósfera. Basta pensar en la Logia Negra de Twin Peaks, un lugar que perfectamente podría relacionarse con la lógica de los backrooms. Lo mismo ocurre con Inland Empire (2006), donde la utilización de cámaras de baja resolución y la constante sensación de estar transitando entre distintas realidades o dimensiones generan una experiencia muy cercana a lo que Parsons busca aquí.

Durante buena parte de Backrooms parece que ese es precisamente el camino que quiere seguir. El viaje hacia lo desconocido, la exploración de nuestros propios miedos y la construcción de una atmósfera cada vez más inquietante logran sostener el interés durante un tiempo considerable. El problema es que esa propuesta alcanza su punto máximo relativamente rápido. Una vez que el filme necesita desarrollar un poco más a sus personajes o ampliar algunas de las ideas que introduce, comienza a quedarse corta.

No digo esto porque necesite explicaciones exhaustivas o arcos dramáticos demasiado evidentes. De hecho, agradezco que la película no subraye constantemente aquello que quiere decir. Mi problema es otro. Tengo la sensación de que por momentos corre el riesgo de reducir toda su propuesta a una lectura donde los backrooms son únicamente una representación del trauma, cuando parece haber elementos que sugieren algo más amplio.

La aparición de Phil (Mark Duplass) es probablemente el mejor ejemplo de ello. Se trata de un personaje que entra más adelante en la historia y cuya presencia está rodeada de cierto misterio. A través de él empiezan a insinuarse conexiones con una posible conspiración y con organizaciones interesadas en investigar los backrooms. No obstante, esas ideas nunca terminan de ocupar un lugar realmente importante dentro del relato. Más bien se sienten como una preparación para futuras entregas y para el desarrollo de una eventual secuela.

No tendría ningún problema con eso si la película ofreciera una sensación mayor de cierre respecto a esos elementos, aunque muchas de esas pistas quedan demasiado a medias. Da la impresión de que el relato confía plenamente en que eventualmente veremos una continuación y por ello se permite dejar varios aspectos apenas insinuados. Lamentablemente, esa decisión también termina afectando a los personajes.

Tanto Clark como la doctora Kline poseen conflictos personales que se introducen desde el comienzo. En el caso de Clark conocemos algunos problemas relacionados con su matrimonio y con su situación emocional. En el caso de ella  observamos distintos fragmentos de su pasado y una relación problemática con su madre. La falla vendría a ser que ninguna de estas líneas termina desarrollándose del modo que parecía prometer inicialmente.

Siento además que los backrooms podrían haberse aprovechado mucho mejor. La película tenía la posibilidad de utilizar esos espacios para explorar de forma más intensa los conflictos psicológicos de sus personajes, jugando con las formas que aparecen dentro de ellos y convirtiendo el entorno en algo todavía más amenazante. No solamente como un lugar del que resulta imposible escapar, sino como una extensión activa de la mente capaz de amplificar la claustrofobia y el miedo.

En ese sentido, pienso por ejemplo en Repulsión (1965), donde Roman Polanski consigue transformar el espacio en una manifestación de la psicología de su protagonista. Parsons pudo haber llevado esa dimensión a un nivel similar, porque resulta evidente que estamos frente a una película ambiciosa. No cabe duda que es una película que sabe construir el misterio, que entiende cómo generar curiosidad en el espectador y que consigue que queramos seguir explorando estos espacios junto a sus personajes.

Queremos encontrar una salida. Queremos comprender el funcionamiento de los backrooms. Queremos descubrir el origen de esas manifestaciones. Y durante un tiempo la película explota muy bien todas esas preguntas. El inconveniente aparece cuando intenta expandirse hacia otros territorios sin terminar de desarrollar completamente aquello que ya había construido.

A pesar de esto, no creo que esto arruine la experiencia ni mucho menos. Backrooms: sin salida sigue siendo una película interesante, atmosférica y claramente realizada por alguien con ideas muy concretas sobre lo que quiere transmitir, incluso si parte de esa ambición termina sobrepasando su capacidad para desarrollarla plenamente. Es precisamente por eso que, aunque admiro muchas de las cosas que consigue, también siento que no termina explotando todo el potencial que tenía entre manos.

Archivado en:


Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *