En Rose (2026), las mujeres embarazan a otras mujeres, los soldados hombres pueden dar a luz y un matrimonio arreglado está en riesgo permanente si acaso el novio se descubre los paños. No se trata de una suerte de realismo mágico o relato fantasioso, sino de los muy particulares efectos de un constante juego entre identidades, cuerpos y géneros: una mujer huérfana que dice decide hacerse pasar por un soldado para sobrevivir, y que se aferra a esa identidad bajo el ímpetu de seguir viviendo dignamente. Rose, una pieza de ficción histórica dirigida por el austríaco Markus Schleinzer, ofrece una mirada inquietante de las estrictas reglas de vida en una población protestante en Alemania del siglo XVII, y encuentra en su protagonista, una formidable Sandra Hüller, la perfecta antiheroína sacrílega y disruptiva, acaso una mártir de la ambigüedad de género y la pugna por el control de los cuerpos.
Rose es el nombre de la protagonista del film, una huérfana que, luego de años en el orfanato, se enlistó en el ejército haciéndose pasar por hombre, peleó la Guerra de los Treinta Años, y se robó la identidad de un soldado muerto en combate. Al volver a “su” pueblo, Rose tiene la difícil tarea de acoplarse a una rígida comunidad hiperreligiosa, de tintes puritanos y numerosas restricciones. Con una enorme cicatriz cubriéndole el rostro y una ajustada faja apretándole el pecho, Rose consigue engañar a la mayoría de la comunidad en su performance masculina, y adopta un estilo de vida huraño, haciéndose cargo de unos pocos campos de cultivo. Schleinzer adopta un estilo parco y repujado, sin distracciones, ofreciendo una puesta en escena costumbrista, que sigue de cerca la rutina de Rose en el pueblo. La fotografía en blanco y negro, el uso inteligente del sonido y la presencia de una voz en off que narra la historia le da al film cierto tono de archivo testimonial, casi como un fragmento enciclopédico de la historia rural alemana, al menos, en su versión más tabú: la historia de las mujeres. Siguiendo un estilo cercano al de Michael Haneke (viene a la mente el rígido protestantismo de La cinta blanca, 2009), Schleinzer encuentra en la quietud el mayor punto de tensión en su historia, adoptado un ritmo metódico, silencioso, propio a un rezo puritano.

La voz en off, que sigue el estilo omnipresente de una gran novela del siglo XVIII, se adentra en el perfil psicológico de Rose y, con buen uso de la ironía, insiste en su carácter ambicioso y combativo. No mucho después de hacerse con un lugar en el pueblo, Rose decide comprometerse con la hija de un poblador exitoso, lo que implicaría, a su vez, el acceso a numerosas tierras y un nuevo estatus en la comunidad. Suzanna, quien será su esposa, es una mujer de perfil bajo, ojos alicaídos y postura silenciosa, quien acepta sin reclamo el matrimonio con ese soldado a quien no conoce. El matrimonio, por supuesto, viene con una serie de retos logísticos para que Rose siga adelante con su farsa: el soldado y Suzanna duermen en camas separadas, no tienen sexo, y mantienen un estilo de vida abstinente y sobrio, sin mayor noticia ni apego, más allá de la exigencia familiar de concebir un niño.
A pesar de la rigidez con la que filma sus escenas, y el tono frío propio de la Alemania protestante, Schleinzer reconoce el absurdo propio de la farsa que está narrando y encuentra en las grietas de su historia distintas oportunidades para evocar el humor, un humor seco, negrísimo, dependiente de la tensión que aumenta conforme Rose complica su estilo de vida. En una escena, por ejemplo, presionado por la necesidad de concebir, el soldado decide acomodarse un cuerno y un cinturón a modo de dildo improvisado y pene falso, y, en medio de la noche, despierta a su esposa, la fuerza a ponerse de perrito, y la penetra sin que ella lo mire. Una escena así, extraña y única en su tipo, funciona gracias a la postura distante que toma la cámara de Schleinzer con lo que filma, y, con ella, gracias a una secuencia sin muchos cortes y la ausencia de música, consigue despertar algunas risas espontáneas de la audiencia, presionada hasta la angustia por el dilema de la protagonista y su peculiar forma de resolverlo.

En ese sentido, desprovista de alguna trama secundaria o algún suceso que no tenga que ver con la necesidad de Rose de mantener su secreto, la película funciona mejor como una fábula moral y parábola que confronta al pasado, un relato sencillo, pero imponente, que sigue de cerca de una protagonista éticamente gris, sin formas sencillas de categorizarla. Como Rose, Hüller mantiene una pose firme y una mirada cruel, aunque también culposa, el mismo tipo de feminidad ambigua y contra la norma que la destacó en Anatomía de una caída (2023). En Rose, sin embargo, Huller tiene el doble reto de actuar de alguien que se pasa la vida entera actuando, pero que no debe parecer que lo hace, y, a la vez, dejar algunas grietas visibles para la audiencia, las suficientes para que puedan acercarse a la evidente pesadumbre de Rose, pero no las suficientes para que su fachada masculina deje de ser creíble.
El uso de la ironía a lo largo del film es importante para insistir en lo absurdo del mandato de género y la violencia extrema a la que se debe recurrir para mantenerlo. Rose debe constantemente torcer, cambiar y hasta mutilar su cuerpo para seguir pareciendo el soldado que quiere ser y para gozar de un espacio de estatus suficiente. Y, de forma irónica, su proceso de masculinización viene acompañada de una nueva exigencia según su género: debe procrear lo antes posible, demostrar virilidad y dejar su legado gracias a una familia. De esa manera, justo cuando Rose puede abandonar los preceptos del mandato femenino y gozar de la agencia propia del cuerpo masculino, aparecen las nuevas exigencias como esposo y padre, proveedor y jefe de hogar. ¿Qué camino le queda a Rose, como a tantos otros, sino intentar seguir parodiando esta idea de masculinidad rígida y cercana a los valores cristianos?

La mirada que tiene Schleinzer sobre las comunidades protestantes alemanas supera a Haneke en su crítica, detalle y, sobre todo, en evocar el temor en la audiencia. La comunidad que imagina Schleinzer es particularmente fría, apática y severa: llevan el ascetismo como arma de guerra espiritual y marca en el cuerpo, mantienen un activo sistema de vigilancia social, niegan cualquier tipo de placer corporal o activa manifestación emocional. Los personajes viven vidas tan cuadriculadas y limitantes como los pequeños receptáculos de madera que sirven de camas, una suerte de pequeña jaula de madera que calza bien con toda esta estética limitante y espiritualmente cruda. Irónicamente, en su intento por escapar de este puritanismo exigente y radical, Rose termina adoptando el mismo comportamiento ascético y abstinente de la comunidad, incluso llevado a la hipérbole: no tiene sexo, no puede mostrarse desnuda ante su esposa, no puede expresar deseo; debe modular su voz, su mirada, su tono, sus gestos y cualquier otra forma de manifestarse públicamente.
En ese sentido, Rose ilustra bastante bien los escritos de feministas queer sobre la performance de género y la aberración a los cuerpos que se escapan de la norma: como una fábula concebida por alguna seguidora de Judith Butler y compañía, Rose no se guarda ningún detalle sobre cómo una sociedad así castigaría a aquellos que no encajan en su rígida visión del género y aquellos que se atreven a desafiar su control sobre sus cuerpos. La audiencia es rápidamente absorbida por la creciente sensación de angustia y desesperanza de aquellos que viven al margen, y esta sensación es perfecta para evocar un tipo de angustia muy universal, que todos compartimos al asumir cierto mandato de género. Como Rose, Hüller se resiste a la heroicidad, y la película nunca sugiere en ella un carácter altruista, pero sí resistente, y es esta resistencia, esta vocación por mantenerse con vida según sus reglas y su propio cuerpo, lo que atrae a la audiencia y le da a Rose el valor para tonarse una película memorable.

De esta manera, la relación entre Rose y Suzanna, ambigua por naturaleza en cuanto a roles y expectativas de género, podría leerse como una relación de complicidad y resistencia ante el sistema moral y religioso que se impone sobre ellas, o simplemente como una consecuencia algo absurda de un sistema que no sabe cómo mantenerse a sí mismo y seguir siendo coherente, y que decide purgar estas fallas a partir del castigo a sus víctimas. La voz en off sigue a Rose y a Suzanna aún cuando la vida se complica para ellas, pero ni ella, ni nada en el film de Schleinzer sugiere algún tipo de compasión o sentido de víctima, sino, por el contrario, una observación poco emotiva, conflictivamente neutral, que busca incitar la indignación moral de la audiencia a partir la omisión y no de la acción. Y aun así, se trata de un film necesariamente comprometido con la moral de su protagonista. Cuando le hablan de Dios, Rose responde, con convicción, que cada día cree que en realidad Dios no ha creado a los humanos, sino que lo han hecho ellos mismos. Es claro que, cuanto menos, Rose se ha hecho a sí misma, y ese parece el acto más comprometido de todos.

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