No es fácil luchar contra nuestros impulsos más bajos, sobre todo cuando nuestra propia mente puede jugarnos en contra y presentar escenarios que nos empujen a actuar de formas que entran en conflicto con aquello que entendemos como correcto. Quizá por eso muchas veces optamos por reprimir esas ideas, esconderlas bajo la alfombra y dirigir nuestra atención hacia otra parte. Sin embargo, existe siempre la posibilidad de que, en el momento menos esperado, regresen con fuerza y terminen provocando consecuencias irreversibles. Y es precisamente desde esa idea que Shōhei Imamura construye La anguila (Unagi, 1997).
La película nos presenta a Takuro (Kōji Yakusho), un hombre que, tras recibir una carta anónima en la que se le informa que su esposa le está siendo infiel, decide asesinarla. Luego de pasar varios años en prisión, recibe la oportunidad de reincorporarse a la sociedad y comienza una nueva vida trabajando como barbero. Es durante este proceso cuando conoce a Keiko (Misa Shimizu), una mujer que aparece en su camino justo cuando intenta quitarse la vida. A partir de ese encuentro, ambos empiezan a acercarse poco a poco mientras cargan con secretos que continúan condicionando sus decisiones. Al mismo tiempo, alrededor de ellos comienza a formarse un grupo bastante particular de personas, todas marcadas de alguna manera por circunstancias difíciles.
Al igual que ocurría en otra obra de Imamura como La balada de Narayama (Narayama bushikō, 1983), las casualidades del destino terminan reuniendo a individuos muy distintos que, pese a sus problemas, buscan encontrar una forma adecuada de seguir adelante. Lo hacen de maneras imperfectas y a veces incluso cuestionables, pero existe en ellos un deseo genuino de corregir el rumbo. Por eso la película se toma su tiempo para mostrar situaciones complejas, momentos donde resulta difícil decir la verdad y circunstancias en las que sincerarse con los demás parece una tarea casi imposible. En cada uno de esos instantes aparece la posibilidad de elegir entre continuar alimentando aquello que nos consume o intentar avanzar hacia un lugar diferente.
Esa posibilidad de avanzar es precisamente lo que Imamura parece asociar con una especie de búsqueda de la luz. Tanto Takuro como Keiko son personajes atrapados por pensamientos que los han llevado a situaciones límite. Cada uno, a su manera, se dejó arrastrar por impulsos destructivos y terminó pagando las consecuencias. Por ello, la película insiste constantemente en la necesidad de no permanecer anclado en esos lugares oscuros. Si continúan guiándose por las mismas obsesiones y los mismos miedos, inevitablemente seguirán estancados. Lo que necesitan es moverse, abandonar ese espacio mental que los mantiene prisioneros y encontrar otra manera de relacionarse con el mundo.

Es justamente ahí donde cobra importancia la figura de la anguila, la mascota que Takuro adopta durante su estancia en prisión. Más allá de su presencia física, el animal termina adquiriendo una dimensión simbólica muy clara dentro del relato. La anguila es una criatura que permanece en constante movimiento y que posee una notable capacidad de adaptación. Puede desplazarse entre distintos entornos, desenvolverse en espacios diversos e incluso sobrevivir brevemente fuera del agua, con esa capacidad de adaptación la que parece fascinar a Takuro. En los momentos en que intenta comunicarse con ella, da la impresión de que busca comprender algo que también podría ayudarlo a sí mismo: cómo seguir adelante, cómo dejar atrás el episodio más oscuro de su vida y cómo aprender a existir sin quedar definido únicamente por él.
Imamura usa esa idea para construir una serie de pequeñas situaciones que alternan entre momentos de mayor gravedad y otros marcados por un tono más ligero e incluso humorístico. Poco a poco, la cinta va sugiriendo que todavía existe la posibilidad de encontrar un camino positivo. Que incluso después de cometer errores terribles sigue siendo posible reconstruirse. Aunque debo admitir que durante un tramo del relato tuve la sensación de que la película comenzaba a perder impulso. Después de un inicio especialmente prometedor, por momentos parece demorarse demasiado en encontrar la dirección definitiva de los conflictos que plantea.

Es cierto que algo similar ocurría en La balada de Narayama, donde ciertas ideas también tardaban en alcanzar su punto culminante. Lamentablemente, mientras que allí esa espera terminaba integrándose mejor al conjunto, aquí sí llegué a percibirla como una debilidad. Hay momentos en los que la historia parece rondar alrededor de los mismos temas sin terminar de dar el paso necesario para hacerlos avanzar. Por suerte, esa sensación no termina apoderándose de la película.
Cuando encuentra su rumbo, todo comienza a encajar con mayor claridad. La comunidad que se ha ido formando alrededor de Takuro y Keiko adquiere entonces un sentido mucho más definido. Personas marcadas por errores, heridas o frustraciones encuentran, aunque sea de manera momentánea, una cierta paz. Incluso aquellos personajes que intentan perjudicarlos terminan enfrentándose a las consecuencias de sus propios actos. El filme encuentra así una forma de reconciliar a sus personajes con la posibilidad de seguir adelante sin negar aquello que los ha marcado.

En conclusión, dentro de su aparente sencillez, La anguila termina construyendo una historia que insiste en que, incluso cuando todo parece perdido, todavía es posible hacer algo para cambiar nuestra situación. Todavía es posible encontrar cierto orden, cierta claridad y cierta luz. Pero para lograrlo resulta indispensable ser honestos con aquello que queremos y con aquello que sentimos. Porque cuando esa honestidad desaparece y dejamos que nuestros impulsos más destructivos gobiernen nuestras acciones, todo comienza a deformarse hasta conducirnos hacia decisiones de las que quizá ya no exista retorno.


![[Crítica] ¿Puede «Obsession» (2025) ser nominada al Óscar a mejor película?](https://www.cinencuentro.com/wp-content/uploads/2026/07/Obsession-horror-2-950x634.jpg)
Deja una respuesta