30° Festival de Lima: “Noviembre” (2026), un conflicto sin mirada


Incluso una película que aparentemente no tenga una aproximación política difícilmente podrá librarse de ser analizada desde esa perspectiva. Siempre será posible preguntarse qué ideas transmite a nivel ideológico y qué posición puede desprenderse de ellas. Esto se vuelve todavía más evidente cuando aquello que se plasma en pantalla está directamente vinculado con hechos reales atravesados por la política. En muchos de estos casos puede existir una postura clara por parte de quien realiza la película y, estemos a favor o en contra de ella, es posible entender el relato desde ese lugar, criticarlo o valorarlo sin olvidar otros aspectos igualmente importantes, como el despliegue audiovisual, el manejo de la narrativa o la eficiencia con la que se cuentan los acontecimientos. Una posición ideológica determinada no debería impedirnos analizar también cómo está construida cinematográficamente una obra.

El problema aparece cuando se pretende abordar un hecho real, evidentemente político, bajo la idea de que es posible hacerlo sin adoptar ninguna postura. Ese afán forzado por mostrarse apolítico puede terminar delatando todavía más la carencia de ideas de una película e incluso, en el peor de los casos, favorecer a uno de los bandos sin que esa haya sido necesariamente su intención. En el plano nacional, algo semejante ocurrió con Chavín de Huántar (2025), que narraba el rescate de los rehenes retenidos por el MRTA en la residencia del embajador de Japón desde la perspectiva del Ejército peruano. Curiosamente, una situación hasta cierto punto similar aparece ahora en Colombia con Noviembre (2026), dirigida por Tomás Corredor, que nos lleva hasta el 6 de noviembre de 1985 y la toma del Palacio de Justicia por parte del Movimiento 19 de Abril, conocido como M-19.

En lugar de abordar el despliegue completo de lo ocurrido, aquello que salió mal o la respuesta del Ejército frente a los guerrilleros, la película reduce considerablemente su campo de acción. La mirada se concentra en un pequeño grupo de guerrilleros que permanece encerrado en uno de los baños del Palacio junto con varios rehenes. Desde allí intentan establecer una negociación que les permita avanzar con sus demandas, alcanzar un alto al fuego y conseguir que las personas retenidas puedan salir. Nada de eso ocurre como esperan y el encierro termina prolongándose durante 27 horas, periodo en el que los personajes se ven obligados a convivir mientras atraviesan una serie de confrontaciones y debates morales.

En esencia, Corredor intenta construir a partir de esta situación lo que sobre el papel podría funcionar como un thriller claustrofóbico. El encierro se convierte también en el espacio desde el cual pretende establecer una discusión sobre aquello que los guerrilleros consideran correcto, los errores que cometen y los límites de la causa por la que dicen luchar. A su alrededor se encuentran personas provenientes de distintos sectores, desde jueces hasta miembros del personal de limpieza que quedaron atrapados en el acontecimiento. Mediante esa convivencia, el filme busca hablar de la realidad de un país que, incluso en una situación de tensión extrema, continúa atravesado por desigualdades y por disputas respecto a quién merece ser favorecido y quién puede ser abandonado a su suerte.

El Ejército funciona como una enorme fuerza que amenaza a los personajes desde el exterior, aunque nunca lleguemos a verlo directamente dentro de la ficción, con todo lo relacionado a lo que sucede fuera del baño apareciendo mediante imágenes de archivo. Los guerrilleros, por su parte, tampoco son construidos como víctimas indefensas de esa fuerza externa. Conforme aumenta la presión, algunos deben tomar decisiones complicadas que dejan ver otra dimensión de sus actos. La intención resulta evidente: evitar que uno de los dos bandos concentre por completo la responsabilidad y utilizar el encierro para confrontar distintas posiciones morales alrededor del conflicto.

Una aproximación de ese tipo puede ser perfectamente válida, sobre todo cuando se parte de un acontecimiento real donde reducirlo todo a una división entre buenos y malos resultaría demasiado sencillo. Mi problema está en la manera en que el director desarrolla esa intención y en lo evidente que resulta su necesidad de criticar a todos los bandos. La cinta adopta una pose apolítica que nunca termina de resultar convincente y utiliza a sus personajes para sostenerla mediante constantes gritos, llantos y enfrentamientos. El drama parece avanzar a partir de esas explosiones mientras intenta demostrar que una sociedad puede estar dispuesta a autodestruirse incluso cuando las circunstancias exigen exactamente lo contrario: permanecer unida, trabajar en equipo y comprender la importancia de cierto sentido de comunidad.

El baño pretende funcionar entonces como una suerte de Colombia en miniatura, un espacio donde las diferencias sociales, políticas y morales continúan reproduciéndose incluso cuando todos se encuentran sometidos al mismo peligro. Hay una intención de condensar allí las tensiones del país y convertir el encierro en una representación de una sociedad incapaz de dejar momentáneamente sus divisiones para evitar destruirse. Son justamente esas pretensiones las que vuelven el relato bastante cansino. El largometraje se empeña en alcanzar una conclusión mayor sobre la naturaleza de sus personajes y de lo que viven, explicando la tragedia a partir de una responsabilidad compartida. 

Y aun dejando de lado esa pose de querer alcanzar una suerte de verdad máxima sobre lo sucedido, los problemas continúan porque Noviembre también resulta pobre a nivel audiovisual. Existe una larga tradición de películas desarrolladas en una única locación que han sabido aprovechar las posibilidades de un espacio limitado, estableciendo con claridad qué ocurre en cada momento, cómo evoluciona el lugar y de qué manera los personajes se desplazan dentro de él. El confinamiento puede convertirse precisamente en una herramienta para potenciar la puesta en escena, obligando a trabajar con mayor precisión la posición de los cuerpos, las distancias entre ellos y la transformación del espacio conforme cambia el conflicto. Aquí, en cambio, esa limitación física rara vez parece convertirse en una verdadera posibilidad cinematográfica.

A ello se suma la desconfianza hacia el fuera de campo. La película recurre constantemente a imágenes de archivo para mostrarnos aquello que sucede en el exterior, una decisión que para mí termina funcionando como un recurso tramposo y que incluso evidencia sus limitaciones presupuestarias. En lugar de aprovechar la imposibilidad de ver lo que ocurre afuera para aumentar la incertidumbre y hacer que compartamos el aislamiento de los personajes, el relato necesita abandonar constantemente el espacio y recordarnos mediante esas imágenes cuál es la dimensión histórica del acontecimiento. La claustrofobia que podría surgir de permanecer encerrados junto a ellos pierde así parte de su fuerza porque la película parece incapaz de confiar completamente en aquello que no vemos.

Tampoco el interior del baño consigue adquirir una claridad suficiente. En distintos momentos hay personajes que aparecen y desaparecen sin que resulte sencillo comprender dónde se encontraban, mientras la puesta en escena contribuye a que la disposición del espacio y de quienes lo ocupan se vuelva todavía más confusa. Se puede argumentar que semejante caos responde deliberadamente a una situación de riesgo extremo donde nadie dispone del tiempo necesario para pensar con tranquilidad. La confusión puede ser coherente con aquello que viven los personajes, pero eso no significa que deba trasladarse hasta el punto de volver casi nulo el entendimiento de lo que estamos viendo. Una cosa es representar el caos y otra muy distinta construir una puesta en escena incapaz de orientarnos dentro de él.

Ese problema se agrava por la escasa fuerza de los personajes. Muchos no poseen ningún tipo de encanto y sus transformaciones no siempre encuentran una justificación suficiente. En otros casos, la película parece intentar forzar nuestra empatía sin haber construido previamente los elementos necesarios para que ese vínculo surja de manera natural. Si el encierro debía funcionar como un espacio donde posiciones distintas entraran en conflicto y donde cada personaje permitiera ampliar el debate moral que la película pretende establecer, la falta de evolución termina debilitando esa misma intención. Los gritos, los llantos y las discusiones pueden comunicar desesperación, pero su acumulación no sustituye el desarrollo necesario para que las decisiones de quienes participan en ellas adquieran verdadero peso.

Es entonces cuando surge una pregunta fundamental: ¿qué quiere ser exactamente Noviembre? Está claro que no pretende funcionar como un registro histórico fidedigno de lo sucedido, y tampoco tiene la obligación de hacerlo. Una cinta basada en hechos reales no necesita reproducirlos con absoluta precisión para justificar su existencia. Si descartamos esa posibilidad, queda preguntarse si quiere funcionar principalmente como una película de género o como un ejercicio existencial interesado en los límites de la moral. La impresión que deja es que pretende ser todas esas cosas simultáneamente sin conseguir desarrollar ninguna con suficiente contundencia. Esa indefinición es lo que termina volviéndola mediocre desde cada uno de esos frentes.

Incluso podríamos apartar por completo la discusión sobre lo ambigua que resulta su crítica tanto al Gobierno como a la guerrilla. Podríamos ignorar también esa solemnidad impostada con la que intenta revestir buena parte del relato y concederle, por un momento, la condición apolítica de la que parece querer apropiarse. Bastaría entonces con observar únicamente cómo funciona a nivel audiovisual y narrativo. El resultado no sería demasiado diferente. Liberada del discurso político del que pretende huir, seguiríamos encontrándonos con una película mediocre, incapaz de aprovechar su espacio, de construir personajes suficientemente sólidos o de organizar el caos de manera cinematográficamente estimulante.

Es particularmente lamentable porque aquello que tiene entre manos fue un acontecimiento trascendental dentro de la historia moderna de Colombia. La película termina embotellándolo hasta convertirlo prácticamente en una anécdota protagonizada por un pequeño grupo de personas en medio de una tragedia donde se perdieron numerosas vidas. No dudo de que exista una intención genuina de rendir un homenaje sentido a quienes murieron injustamente durante el conflicto. El problema es que ese deseo convive con un afán por escapar de los costados más escabrosos de lo sucedido y encontrar una posición desde la cual todos los bandos puedan ser cuestionados sin comprometerse realmente con ninguno.

Es esa huida la que termina dejando a Noviembre sin demasiado que aportar a la discusión que pretende abrir. La falla no está necesariamente en la búsqueda de una supuesta neutralidad frente a un acontecimiento que no puede desprenderse de su dimensión ideológica. Incluso aceptando sus propias reglas y apartando esa discusión, siguen quedando una puesta en escena confusa, personajes poco desarrollados, una solemnidad excesiva y una narración incapaz de definir con claridad aquello que quiere ser. La intención de homenajear a las víctimas puede ser genuina, pero el afán por evitar las zonas más incómodas del conflicto acaba reduciendo un episodio trascendental a un relato que, después de terminar, difícilmente deja algo sustancial en el espectador.


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