En su primer largometraje documental, la fotógrafa Violeta Rodríguez Ríos nos invita a un proceso de rodaje que incluye a sus hijos menores “jugando” con imágenes proyectadas sobre una cama y a su madre intentando seguir sus pautas para una escena en un cuarto oscuro. Estos bocetos de ternura familiar se solapan con una discusión más bien incómoda pero necesaria sobre la violencia obstétrica que la propia directora y otras madres peruanas han padecido al atenderse en la sanidad pública. Rodríguez Ríos concibe así un espacio de terapia audiovisual donde afloran varias capas de recuerdos y reflexiones personales y colectivas en torno a la maternidad. Pese a algunas escenas reiterativas de ámbito personal, el documental hace honor a su título al exponer aquellas sombras que una madre suele afrontar en soledad y en silencio, desafiando la versión conservadora y machista de este rol y buscando una más inclusiva y transparente.
Rodríguez Ríos parte desde su propia experiencia como hija y madre para expresar en imágenes pero también en palabras, escritas y habladas, lo pocas veces expresado por una mujer en un medio público: la depresión, el sacrificio, la resignación y la incertidumbre que conlleva el rol de madre. Por un lado intenta reflexionar sobre la raíz del conflicto con su madre que es justamente toda esa carga que esta no pudo manifestar en su día y que todavía le cuesta reconocer. No es casualidad que la directora la coloque en medio de la oscuridad, intentando que afloren en ella las emociones del pasado y que se genere un mejor entendimiento entre ellas. Por otro lado están los hijos de la directora que son ajenos a sus problemas emocionales internos pero también representan el motivo por el que ahora comparte y comprende los males que sufrió su propia madre. Es por ello que también los hace partícipes del documental pero con un tratamiento más luminoso y lúdico.

Entre la sombra de su madre y la luz de sus hijos, Rodríguez Ríos ofrece confesiones y reflexiones honestas sobre su experiencia compleja como madre separada y su episodio de violencia obstétrica que pueden resonar en más de una espectadora. Esta complejidad también se manifiesta a través de superposiciones de fotos personales de la directora, haciendo que sus etapas de infancia, adolescencia y adultez se fundan en una misma imágen y que compartan espacio con sus hijos. Pero su exploración incisiva del lado oscuro de la maternidad no se limita a su propio arte y archivo familiar ya que también invita a otras madres que han atravesado situaciones similares o incluso peores como María, que sufrió discriminación en la sanidad pública por tener identidad de género disidente. El retrato de María y de su hijo Moisés complementa los de la propia directora y corrobora que hay muchas formas de maternar y que ninguna obedece a los prejuicios de la sociedad peruana. Es así como Rodríguez Ríos logra que su proyecto de índole personal adquiera una dimensión colectiva significativa.
Sí que se puede reprochar cierta indulgencia artística con las escenificaciones abstractas como aquella en la que la directora, su madre y su hija forman un círculo frente a una luz de proyector. Además de poder resultar confusas y extenuantes para el espectador promedio, estas ponen en riesgo la urgencia de su crítica social sobre la violencia obstétrica. Algunas pudieron ahorrarse en beneficio de otras más espontáneas y potentes como cuando la madre de la directora evade hablar de su insatisfacción maternal y cuestiona la perspectiva pesimista de su hija. Cabe recordar que es justamente en los momentos de menor control autorial donde suelen brotar la gracia y el ingenio de cualquier documental. Ojalá Rodríguez Ríos encuentre más de estos momentos en un próximo proyecto que ahonde en las sombras que han aquejado a generaciones de mujeres peruanas y que deben seguir exponiéndose.



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