El segundo largometraje en solitario de la cineasta Sofía Velázquez Núñez, titulado El coloquio de los pájaros (2026), tuvo su estreno mundial en abril pasado en la Competencia Internacional de Medios y Cortometrajes el Festival Vision du Réels, en Nyon, Suiza. Este 8 de agosto tendrá su estreno en Perú en el 30° Festival Internacional de Cine de Lima, donde participa en la Competencia Latinoamericana Documental. Con motivo de esta presentación publicamos esta conversación que sostuvimos con la directora, días previos a su participación en el festival suizo.
Esta entrevista ha sido editada y resumida, por motivos de longitud y claridad.

Juan Carlos Ugarelli: La película utiliza la alegoría del mito sufí El coloquio de los pájaros para construir un universo narrativo alrededor de este grupo de amigos a quienes llamas “Los viejos anarco poetas”. ¿Cómo surge la idea de narrar esta historia y hacerlo de esta manera?
Sofía Velázquez: En las primeras pruebas de montaje tenía dos materiales: un pequeño archivo de dos fiestas, y audios de reuniones en Zoom con las voces de ellos conversando. Al inicio se veía esa “estética Zoom”, solo las caritas en pantalla, y no funcionaba. Armé un primer borrador y lo mostré a un grupo de gente, el feedback que recibí fue algo como «qué bonito, un homenaje a los viejitos». Ahí entendí que no lo estaba armando bien. Cuando compartí avances en otros espacios, la pregunta era siempre la misma: pero ellos, ¿quiénes son?, ¿de dónde salieron?, ¿qué hacen ahora? Mucha demanda de referencialidad, y de golpe también me preguntaron cuál era «el personaje».
Ahí entendí que lo que tenía no alcanzaba, porque yo no quería contar quiénes eran ellos para el mundo, sino quiénes eran para mí. No quería un homenaje a un grupo de gente ni, mucho menos, a una generación —como se llegó a entender en algún momento—. Eso me pareció condescendiente y me molestó, porque lo que yo propongo va justo en el sentido contrario: la reivindicación de la vejez. Que incluso en la vejez uno sigue haciendo cosas, sigue pensando, moviéndose; no se trata solo de quedarse donde te quieren poner, a modo de entretenimiento.
Entendí entonces que esos materiales no bastaban y que tenía que buscar otra manera. Venía pensando, desde mi película anterior, en cómo el deseo o la fantasía terminan siendo más reales que la propia realidad —qué hay más real, al final, que lo que deseamos—. Es lo más íntimo que tiene el ser humano. Me interesaba cómo esa fantasía puede expresarse en el documental cuando algo todavía no ha sucedido; lo documental suele contar el pasado, y yo no quería contar el pasado, sino algo que uno imagina o desea. Ahí empezó a entrar una especie de ficción —digo «especie» porque tampoco es una ficción propiamente dicha, sino que son elementos de fantasía cruzados con el proyecto real. Y ahí entró la fábula.
Yo me he formado más leyendo que viendo películas —leyendo y leyendo, muchísimo—, y con unas amigas empecé a investigar el mundo árabe. Mi papá traduce poesía árabe al castellano, así que crecí con esa literatura en casa. Cuando encontré esta fábula —que también trabajó Borges, en su Libro de los seres imaginarios— entendí que envolverlo todo con ella me permitía trabajar el material sin que se me exigiera veracidad ni hechos comprobables. Ahí se abrió un espacio para jugar con los paralelos: qué tanto son aves, qué tanto seres mágicos, qué tanto humanos. La fábula también me dio el universo visual: un mundo que no es el Perú, más metafórico, oscuro, suspendido en el tiempo, de difícil acceso, con mucho de naturaleza.

Juan Carlos Ugarelli: ¿Cuántas horas de material tenías y cómo fuiste seleccionando lo que quedó en el corte final?
Sofía Velázquez: El material es exactamente lo que se ve: unos 45 minutos, repartidos en dos casetes —tres reuniones y un par de fiestas—. Muy poco; el reto fue sacarle el jugo.
Laslo Rojas: Ese material es entonces el núcleo que necesitabas atar a la fábula. El resto de las imágenes, ¿las fuiste añadiendo después?
Sofía Velázquez: Sí. Al navegar en mis propios archivos encontré las imágenes de cámaras trampa, y ahí vi un espacio para unir esos dos mundos de manera lúdica y sacarlos de la realidad como personajes. Trabajar con tan poco archivo era un reto, pero me convenía: me alejaba de la idea de quedarme en lo real o de hablar de ellos. Siempre pensé ese material como una energía que potenciaba la narración, no como su centro.
Laslo Rojas: Contabas en tus textos sobre la realización de la película que en algún momento tuviste esa primera cámara, ¿pero tú grabaste las reuniones? Porque también apareces en las imágenes.
Sofía Velázquez: Claro, nos pasábamos la cámara. Sale mi hermana, y a veces algún amigo también se ponía a jugar con ella. Era una Sony Mini DV, una Handycam.

Laslo Rojas: ¿Esto es de los años 2000?
Sofía Velázquez: No tengo la fecha precisa, pero debe ser del 99 o el 2000.
Laslo Rojas: La relación que vemos en la película, donde estos humanos en verdad son aves, ¿la inventaste totalmente al encontrar la fábula, sin ningún punto de contacto con lo que ellos decían en esas reuniones?
Sofía Velázquez: Ahí sí rescaté conversaciones que me parecen puntos de contacto, pero no es que ellos hayan pensado esa historia: todo parte de mi invención, desde la fábula.
Laslo Rojas: Al ver la película, de tanto querer entrar en la ‘realidad’ de esa fábula, me imaginaba que de repente tú, que habías crecido de niña alrededor de ellos, habías escuchado esos relatos que ellos inventaban o repetían.
Sofía Velázquez: Por supuesto que ellos conocen la fábula, la han leído y me han contado historias sobre ella. Si buscan una conexión más cercana, ahí está: yo me alimento de eso, he crecido en medio de ellos, y buena parte de mi formación tiene que ver con ellos. Esa es la conexión, aunque las lecturas que yo hago no las hagan ellos —son conexiones mías.
Juan Carlos Ugarelli: Durante la película escuchamos fragmentos de poesía que conectan estas imágenes de los poetas con las de la naturaleza. Cuéntanos sobre los textos que utilizas en la narración en off.
Sofía Velázquez: Está, por ejemplo, la poesía en lengua moche —la escribe una de ellas, del grupo—, algo muy sensorial, de juego. Me interesaría saber qué han percibido ustedes de eso.

Laslo Rojas: En un texto que escribiste para la “Memoria de los cines peruanos 2024” y en tus notas sobre la película, sueles hablar de «causar extrañeza». Y sí, lo primero que me provoca tu película es justamente eso: es algo raro, extraño, fuera de la realidad esperada, desconcertante.
Sofía Velázquez: Sí, es un mundo raro, turbio, oscuro. Les cuento mi fábula, pero la idea es que cada quien la interprete a su modo; de fondo está la pregunta de si el arte sirve para algo. Me la hago a mí misma y también a ellos, sobre todo en el mundo que vivimos ahora —cuando escogí el mito, Estados Unidos no bombardeaba Irán; ahora sí, y es inevitable cruzar esa lectura—. ¿Qué está pasando en este planeta? ¿Cómo lo salvamos? Tal vez el juego sea explorar nuestro lado humano hasta desaparecer, o preguntarles a los personajes qué se puede hacer. ¿La poesía genera algo? Al menos nos reúne. Ellos mismos, en las conversaciones sonoras, se preguntan si el arte alcanza, si nos calma, si nos ayuda —pero ¿qué hacemos, además? Es una búsqueda inspirada en algo muy concreto de ellos: la amistad, y la palabra como arma de resistencia. Esto está incluso en mi sinopsis original, aunque en Visions du Réel lo reformularon a su modo.
Laslo Rojas: Algo que le comentaba a Juan Carlos —medio en broma, medio en serio— sobre esa fiesta que vemos en la película, por la iluminación, la disposición de las personas, la manera en que está grabada, le decía que me recordaba a un video muy conocido, sobre todo en nuestra generación: el de Abimael bailando “Zorba el griego”. ¿Tenías eso en mente al editar?
Sofía Velázquez: Ya me lo habían dicho, y es muy loco, porque yo no lo tenía en la cabeza.
Laslo Rojas: ¿O sea que mientras editabas no pensaste en esa referencia?
Sofía Velázquez: No, pero sí me lo han dicho después: lo mostré y un par de personas hicieron esa conexión, supongo por el tipo de imagen, por la idea de la reunión clandestina.
Laslo Rojas: Nosotros lo vimos de niños y está en nuestro inconsciente.

Juan Carlos Ugarelli: Digamos que está en el inconsciente colectivo, y la conexión viene también por el tipo de imagen: la época, la nostalgia, la reunión clandestina, el propio hecho del baile.
Sofía Velázquez: Y, salvando las distancias, no me molesta esa referencia; me parece interesante, algo para preguntarnos: ¿por qué las únicas imágenes que tenemos en el Perú de una alegría escondida tienen que ver con Abimael Guzmán? Es una imagen muy fuerte, y también tiene que ver con nuestras construcciones visuales: gente desgarbada —mi papá y sus amigos también, todos con barba, nadie ahí guardando las formas—. El registro de Abimael, más allá de su significado político, es un momento en que esa misma cúpula —que se veía siempre en otro lenguaje, en otros códigos— tampoco guarda las formas: están medio borrachos, riéndose, saltando, no vestidos de manera formal. En ambos casos es real.
Laslo Rojas: Claro, aunque en esa otra celebración estaban idolatrando a un líder; acá es más bien un colectivo de iguales.
Juan Carlos Ugarelli: Pero sí tiene que ver con la cuestión celebratoria que mencionas en tus notas de producción: este concepto de bailar para espantar a la muerte.
Sofía Velázquez: Sí, ese es un poema de Juan Gelman, hermosísimo. Gelman perdió a dos hijos, desaparecidos por los militares argentinos, y escribe el poema como si fueran niños jugando con muñecas y armas de juguete que van a hacer la revolución. Pero quizás solo están jugando para espantar a la muerte: bailando para espantarla. Ese poema estuvo casi completo en la película en algún momento, pero me costó sacarlo y me fui quedando con retazos; uno muy potente fue justo ese concepto de bailar para espantar a la muerte —que es lo que ellos hacen al final—, y que además remite al movimiento de las aves: un gesto animal, no tan humano, y además inútil, porque nadie puede espantar a la muerte —ni ellos, que ya son viejos, ni nadie.

Laslo Rojas: En un texto tuyo sobre tu película anterior mencionabas que te gustaría que la poesía funcionara como un conjuro. ¿De dónde viene esa idea?
Sofía Velázquez: ¿Yo dije eso? Qué loco, ni me acordaba. Es que la poesía surge como algo entre místico y turbio, y es esa sensación que también busco con estos personajes: yo los acompaño, los guío, quisiera que pasara algo. Es una lectura mía, no necesariamente la única; pero la imagen final de estos gallinazos formándose para algo va un poco en esa dirección —ya están ahí, esperando, aunque no se muevan, sobre qué se van a tirar.
Laslo Rojas: El gallinazo come carroña, pero también limpia la ciudad. En la sinopsis en inglés que publica el festival se menciona que, al final, los anarco poetas tratan de escapar de estos “buitres” —figura de la sociedad, siempre dispuesta a atacar—.
Sofía Velázquez: Sí, en la película no hay un buitre como tal, sino gallinazos, que pertenecen a esa familia, creo. Esa conexión entre la vida y la muerte está en todas las aves, pero se representa con más fuerza en estos gallinazos, al final, en esa repetición que va de la vida a la muerte.
Juan Carlos Ugarelli: Esa misma tensión aparece en tu película anterior, De todas las cosas que se han de saber. Ambas rinden homenaje a la poesía y juegan con los límites entre ficción y documental. ¿Cuál es tu relación personal con la poesía?
Sofía Velázquez: A mí me hubiera gustado ser poeta: escribo poesía, de hecho voy a leer un par de cosas en el festival de poesía de Lima, aunque sé que me falta —necesitaría estudiar y practicar mucho más—. Tengo un poema casi listo que yo misma sé que todavía no está tan bien. Esa es mi relación con el tema. Pero para mí la poesía no es solo texto. Cada vez meto más ese universo poético en lo audiovisual, y esta vez me di cuenta de que esta película está llena de fragmentos que no son míos —las voces de mi papá y su amigo, imágenes de cámara trampa—. Es como citar en un libro para armar una idea, y eso me parece lo más interesante de la poesía: también es una sucesión de citas, Gelman, una frase de Borges, que disparan ideas o sensaciones. En ese sentido la poesía me sirve para intentar otras maneras de hacer las cosas, sin decir que sea la única forma, cada uno tiene la suya. Me gusta usar los materiales de un modo distinto al objetivo para el que fueron hechos.
Ahora estoy metida de lleno en el montaje, también edito películas de otras personas, aunque no vivo solo de eso [N.E.: Sofía es editora del documental Donde nacen las sombras, que se estrena en el 30° Festival de Cine de Lima]. Ese es mi espacio de creación: no me importa tanto grabar, me importa editar, combinar, cruzar, armar, casi como ir jalando un fragmento de poesía. No sé bien a dónde me va a llevar, pero me interesa muchísimo.

Laslo Rojas: Si haces ese ejercicio de tomar retazos, ¿el sentido aparece al poner las imágenes una tras otra, o a veces no hay un sentido ahí?
Sofía Velázquez: A veces no lo hay, y hay que hacerse esa pregunta. Pero he decidido un orden para esos retazos por alguna razón; no está tan al azar. Tiene un propósito: hay un camino que he armado, un mundo construido de la nada porque no tenía material. No son decisiones aleatorias, ese es el trabajo de montaje.
Laslo Rojas: Recién decías que te interesa más trabajar con piezas ya hechas, como dispuestas en una mesa. Pero para esta película, ¿grabaste algo específicamente, o es todo material que ya tenías?
Sofía Velázquez: Hay de las dos: material previo, y otro que fui grabando mientras hacía la película, ya pensando en ella. También son imágenes que me regalaron amigos, tomas de Carlos [Sánchez Giraldo], de Héctor [Gálvez], de Carlos Apucusi, de Puno, que le pedí que grabara. La imagen de Beirut, unas sombras bailando, y la siguiente con efecto de ciudad, son de Memea Karim, libanesa, a quien conocí en una residencia artística; la diseñadora de sonido de la película, Kinda Hassan, también es libanesa. El venadito, filmado en vivo, no es en el Perú; hay imágenes de bosques en Villarrica, Oxapampa, pero los bosques de colores otoñales son en New Hampshire. Ahí fui a una residencia con una beca, durante un mes, ya trabajando en esta misma película, aunque en ese momento no sabía si iba a poder usar las imágenes que grababa; simplemente las grabé porque el paisaje era alucinante. Después me di cuenta de que sí me servían.
Laslo Rojas: Volviendo a tu texto de la “Memoria de los cines peruanos”, ahí hablas de haber estudiado en una universidad privada, que te enseñó a desclasarte de donde vienes, a manejar el privilegio que da la educación, etc. ¿Piensas esta película como un ejercicio para volver la mirada hacia tu origen, hacia estos viejos que no se desplazaron, que en cierto sentido «fracasaron»?
Sofía Velázquez: No sé si se trata de volver a los orígenes, porque uno no está estático ni se aleja del todo de ellos. Quizás ahora sí puedo construir un lenguaje para incorporar eso; antes estaba más alienada, como todos, en distintos grados. Tampoco reniego de la universidad, me dio contactos. Pero sí me interesa el uso de las imágenes, trabajar con material reciclado.
Tenía muy poco dinero para hacer este proyecto, porque no gané ningún fondo antes, así que había que ‘recursearse’. Usé lo que tenía, imágenes de celular, lo que ya estaba en mi laptop, sin plata ni tiempo, porque cuando no tienes dinero trabajas para vivir y tampoco te sobra tiempo. Eso me hizo pensar que la película tenía que ser así: un diseño de producción coherente con el tema. En ese sentido, sí es una postura política. Más política, en ese sentido, que muchas producciones con más recursos.
Obviamente hay muchas cosas malas en el mundo, pero mirar a estas personas también me hace pensar en ideas preconcebidas sobre el éxito, el fracaso, la felicidad: hay otras maneras de vivir, de escaparle a esos conceptos. Por eso la poesía me parece tan interesante como concepto: está bien afuera del poder —a diferencia de la narrativa, de las novelas, que sí forman parte de él—. La poesía siempre es más pobre, porque no se la entiende tanto, se la tacha de sensiblera o política.
Juan Carlos Ugarelli: La película tiene su estreno mundial en el Festival Visions du Réel, en Suiza. Cuéntanos cómo llegaste a este festival, y cuáles son tus expectativas.
Sofía Velázquez: Hice lo mismo que con la película anterior: empecé a mandar correos, buscando festivales que permitieran evitar el pago de inscripción. Mandé a unos cuatro o cinco festivales de la primera mitad del año, y ha sido, sencillamente, buena suerte. De Suiza me escribieron con un primer interés. A finales de enero me confirmaron, muy pronto también; no me lo esperaba y todavía no sé bien cómo actuar frente a eso. Ha sido fácil, ha sido suerte, y eso me alegra, pero también me desubica un poco, porque esperaba pelearla durante un año, sobre todo porque la calidad de la imagen no es tan alta y eso suele pesar en los festivales: por ejemplo, participé en online en un mercado de cine en Gran Canaria, con reuniones «uno a uno» con distribuidores. Una de ellos me dijo, sin rodeos, que la película era «muy oscura» y que por eso no podía distribuirla en plataformas de streaming, solo en pantalla grande. Le agradecí la honestidad. Ella lo pensaba desde lo puramente comercial, y aunque entiendo que todos mandamos las películas también pensando en que se vendan, en mi cabeza tenía más bien la idea de armar funciones pequeñas, medio clandestinas, en cineclubes, algo coherente con el tipo de película que es. Y al final salió algo más grande que eso.
Laslo Rojas: Dices que la manera de producir austeramente la película era la que se necesitaba, pero tampoco se puede escapar de esta industria: ir a festivales implica competir, y a veces te toca llevarte respuestas como esa.
Sofía Velázquez: Claro, y eso no se puede evitar. La consigna es no afectarse, porque nada de eso es personal: la gente tiene sus propias ideas de negocio. Que una película no vaya a tal festival no habla de su calidad; lo duro es que uno quiere que se vea la película, y no siempre hay dónde. Y, lamentablemente, acá una película que ya se vio afuera se recibe mejor; si no, casi no existe.
Juan Carlos Ugarelli: Eso es algo que he conversado con Laslo varias veces: esa búsqueda de validación externa para poder darle valor a lo propio. A una película peruana se le da más cobertura cuando ya tuvo una participación importante afuera; ahí recién empieza la maquinaria del hype. ¿Por qué no la misma cobertura para una película de igual calidad que se estrena aquí, en nuestro país?
Sofía Velázquez: Creo que eso nos pasa a todos: hasta nuestra mirada queda condicionada. De pronto, porque una película estuvo en tal festival, ya asumimos que es buena. Es una actitud bastante colonial. Y es que nosotros sí consumimos cine europeo, pero allá no consumen todo nuestro cine, es lógico que se escojan bien las películas latinoamericanas que sí van a ver. Está bien que eso pase, hasta cierto punto; lo que falta es que esto se converse abiertamente, en festivales y espacios de crítica. En otros países se habla más de esto: Roger Koza por ejemplo, en Argentina, tiene opiniones interesantes al respecto.
Laslo Rojas: Y también tiene sus contradicciones, critica esos festivales grandes pero asiste a todos, porque necesita estar ahí para poder hablar de lo que está bien o mal.
Sofía Velázquez: Sí, la contradicción no invalida el punto; hacerla evidente es, si acaso, más interesante. Somos un país en medio de ese proceso: queremos que vean nuestras películas, pero no que las «colonialicen»; y a la vez sí queremos que las vean, y que sean cada vez mejores. Todo eso debería discutirse más; es una fricción constante.
Entrevista realizada por Laslo Rojas y Juan Carlos Ugarelli, el 10 de abril de 2026 en Magdalena del Mar, Lima.



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