No es fácil comprender que el tiempo de uno ya pasó y que esa forma de vivir que parecía ser la norma —o que, al menos, daba la impresión de que simplemente evolucionaría con el paso de los años— pueda desaparecer de un momento a otro. Cuando uno ha vivido durante tanto tiempo bajo una determinada manera de entender el mundo , rara vez piensa que todo aquello puede desvanecerse de forma tan abrupta y que, llegado ese instante, lo único que queda es encontrar una forma de sobrevivir en el exilio, en un lugar donde nada parece conservar aquello que alguna vez fue y donde todo resulta distinto a como se recordaba.
Al menos, esa es la aproximación que, con total honestidad, encuentro en El coloquio de los pájaros, el nuevo largometraje de Sofía Velázquez. Y si digo que es una aproximación es porque no creo que sea una cinta que busque ofrecer una única lectura o una interpretación cerrada. Por el contrario, construye un dispositivo que se alimenta de la incertidumbre, mezclando registros y formatos, desplazándose entre lo real y lo ficcional hasta llevarnos a preguntarnos, en más de una ocasión, si aquello que observamos pertenece a algo que realmente existió, si alguna vez ocurrió o si, simplemente, estamos asistiendo a una invención que decide adoptar las formas de un recuerdo.

Para construir esa sensación, el cineasta reúne fragmentos de muy distinta naturaleza. Aparecen materiales de archivo que toman la forma de grabaciones caseras, recorridos por carreteras, imágenes provenientes de cámaras de vigilancia durante la noche y una serie de elementos sonoros que terminan desempeñando un papel igual de importante que las imágenes. Entre ellos encontramos retazos de poemas, conversaciones sostenidas por distintas voces que van apareciendo a lo largo del relato y una construcción sonora que nunca deja de expandir las posibilidades de aquello que estamos viendo. Ninguno de esos elementos permanece aislado. Todos dialogan entre sí para construir un espacio en el que resulta cada vez más difícil establecer fronteras claras entre la memoria, la imaginación y la reconstrucción.
Dentro de esa estructura, Velázquez toma como eje principal el poema de Farid al Din Attar, del cual la película obtiene su título. El relato recupera la historia de un poeta que, transformado en pájaro, reúne a todas las aves del mundo para emprender la búsqueda del rey Simur. Ese viaje exige atravesar innumerables dificultades antes de alcanzar el destino, y esa travesía termina funcionando como una especie de guía que acompaña el recorrido de la obra. Sin embargo, mientras esa historia se desarrolla desde la palabra, el plano visual propone otro camino que dialoga constantemente con ella sin limitarse a ilustrarla de manera literal.

Es allí donde aparece la CODEVIAP (Coordinadora de Viejos Anarco-Poetas). El filme presenta a este grupo de personas que, debido a su forma de pensar y a una manera muy particular de habitar el mundo (reunirse, beber, cantar y declamar poesía), comienza a sentirse amenazado por las persecuciones ideológicas. Frente a esa amenaza, sus integrantes se ven obligados a ocultarse, gesto que termina convirtiéndose en una forma de resistencia y, al mismo tiempo, en una manera de preservar aquello que todavía les permite mantenerse unidos. Ese diálogo entre el poema y la experiencia de la CODEVIAP constituye uno de los ejes más sugestivos de toda la película, ya que ambas historias parecen dialogar alrededor de una misma necesidad: encontrar un modo de seguir existiendo cuando el mundo que se conocía comienza a desaparecer.
A la mezcla constante de imágenes, formatos y texturas se suma una reflexión sobre la manera en que el tiempo se experimenta. No se trata de un tiempo uniforme ni de un recorrido lineal. En determinados momentos parece avanzar con rapidez; en otros, desacelerarse hasta casi detenerse. Hay instantes en los que incluso da la impresión de quedar suspendido, incapaz de encontrar un ritmo estable. Esa percepción termina impregnando toda la experiencia del largometraje y encuentra un complemento fundamental en su diseño sonoro, construido a partir de una atmósfera envolvente donde las voces aparecen y desaparecen, los poemas irrumpen de forma fragmentaria y, en otros pasajes, la propia naturaleza ocupa el primer plano. Todo ello configura una experiencia sensorial llena de matices, en la que la película nunca busca imponer una única manera de ser comprendida.

Por esa razón, llega un momento en que la necesidad de encontrar una explicación racional deja de ocupar el centro de la experiencia de la propuesta. Un filme construido a partir de tantos materiales distintos y de una convivencia permanente entre realidad, ficción, memoria y evocación no necesita explicarse de manera exhaustiva. Las preguntas que inevitablemente surgen durante el recorrido terminan perdiendo importancia frente a la experiencia que la obra propone. ¿Existió realmente la CODEVIAP? ¿Las personas que vemos reunidas son quienes la voz que narra dice que son? Son interrogantes que la directora nunca se apresura a responder y que, en realidad, tampoco parecen necesitar una respuesta. Lo verdaderamente valioso está en aceptar ese territorio de incertidumbre y dejarse llevar por él.
Creo que es precisamente ese disfrute del recorrido lo que convierte a El coloquio de los pájaros en una película tan estimulante. Más que conducirnos hacia una conclusión concreta, la directora parece interesada en que habitemos ese trayecto y aceptemos las reglas particulares con las que decide construirlo. Incluso cuando la película parece alejarse deliberadamente de cualquier necesidad de explicar lo que ocurre, nunca da la impresión de perder el rumbo. Al contrario, encuentra en esa libertad una forma de invitar al espectador a completar los vacíos y a construir su propia relación con las imágenes.

Es cierto que, por momentos, la película parece regodearse en su carácter experimental. Hay largas pausas musicales y tiempos muertos que podrían hacer pensar que el relato busca prolongarse más de lo necesario. En determinados pasajes esa sensación puede hacerse presente. Sin embargo, incluso esos momentos terminan encontrando sentido si se entiende la película desde la lógica que ella misma propone. Su interés nunca estuvo en construir una narración fluida en el sentido tradicional, sino en intervenir constantemente sobre la experiencia del espectador y modificar la forma en que este se relaciona con las imágenes, los sonidos y el paso del tiempo.
Desde esa perspectiva, incluso aquello que podría parecer disperso empieza a adquirir una dirección. Al experimentar con distintas figuras, personas, espacios y texturas, Velázquez permite que el espectador trace una ruta propia entre todos esos elementos. Poco a poco, comienza a hacerse visible un recorrido que no apunta únicamente al desplazamiento físico de sus personajes, sino a un viaje mucho más amplio: el intento de escapar del olvido y de resistirse a la desaparición de una forma de entender el mundo. Poco le interesa resolver el misterio de aquello que vemos ni en establecer una verdad definitiva sobre sus imágenes, sino en demostrar que, incluso cuando la memoria se fragmenta, las certezas desaparecen y la realidad parece confundirse con la ficción, todavía es posible encontrar un camino para sacarle la vuelta al olvido y seguir habitando un mundo que, aunque ya no sea el de antes, todavía deja abierta la posibilidad de ser imaginado.



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