Dice el ‘Diego’ que antes de meter el segundo gol a los ingleses pensó en su hermano menor. Hugo Maradona, el ‘Turco’, le había dicho que, en un amistoso de 1980 contra Inglaterra, cuando falló un gol, debió enganchar hacia afuera y sacarse al guardameta de encima para poder definir. El ‘Turco’ estuvo en la conciencia del 10 argentino en el instante en que abrió una grieta histórica e inventó una poética inclasificable. El gol del siglo fue la invención de un chico jugando en el barrio mientras recordaba a su hermano, cumpliendo su sueño de llevarse a todos y celebrando como si no importara nada de lo que ocurrió antes ni lo que vendrá después. Esta es la sensación que transmite el documental de Juan Cabral y Santiago Franco: la reconstrucción de un partido de fútbol se convierte en la exploración de un estado emocional. El clima de una época envuelve los recuerdos de los jugadores argentinos e ingleses en una película sobre el partido que disputaron en el Mundial de México 1986.

Basado en el libro homónimo de Andrés Burgos, la estructura a la que apela el film es sencilla: las voces de Valdano y Lineker guían la narrativa y se alternan con entrevistas a ambos y a otros ex jugadores (Ruggeri, Barnes, Shilton, Burruchaga, Giusti y Olarticoechea), registradas enfrente de una pantalla en la que se les muestran diferentes materiales de archivo. En varios momentos se busca dar con el origen de la rivalidad histórica entre ambas naciones, por lo que es inevitable que, dentro de esa tensión, no aparezca la guerra de Malvinas. Cabral y Franco entienden que hablar de fútbol es siempre hablar de algo más: por eso se habla de conflictos políticos, de identidad cultural, de viejos partidos, de las aspiraciones de cada plantel o de la trayectoria de los entrenadores, con sus temores y obsesiones.
Es cierto que es un documental de corte convencional, pero eso no lo hace menor y no elimina en absoluta su nobleza. La película construye con inteligencia su emotividad al explorar el reflejo constante entre la percepción que ingleses y argentinos tienen sobre su rivalidad en el paso del tiempo. Se plantea que la fricción futbolera podría haber tenido su origen en un partido del Mundial del 66, cuando Antonio Rattín (el 10 del equipo albiceleste) estrujó con la mano el banderín de córner, el cual llevaba impresa la bandera británica. La hinchada inglesa respondió llamando “animales” a los argentinos. En otros momentos, se van acumulando hechos en torno a las islas Malvinas, donde se esboza la inmoralidad de Galtieri y de Thatcher y se muestran las condiciones brutales que enfrentaron los soldados en el campo de guerra.

La cámara en varios momentos enfoca reacciones cortas de los jugadores veteranos, como una muestra de su calor humano. Son apuntes breves que nos conectan con su posición de espectadores, habiendo sido ellos protagonistas de la historia. Nosotros como audiencia terminamos compartiendo algo con ellos, algo más allá del fútbol: la acción de confrontar lo que observamos con los recuerdos que tenemos, o con el imaginario cultural al que hemos tenido acceso (para quienes no vimos en directo el Mundial del 86).
En una escena clave, hay un poema de Jorge Luis Borges sobre la guerra de Malvinas que es leído por Valdano. El texto hace un paralelo entre las muertes de un soldado argentino y otro inglés (Borges los llama Juan López y John Ward) e incluso sugiere que, en otras circunstancias, podrían haber sido amigos. Los describe como aficionados a la literatura de Conrad y Cervantes, permitiéndonos conocer una cercanía de la que ellos nunca se enteraron, puesto que la única vez que se vieron fue en combate. En lugar de celebrar héroes, el poema remite al deceso de dos muchachos. El film muestra a Lineker escuchando a Valdano narrando este poema, como testigo de que la herida está todavía presente. El momento es emotivo porque identifica la comunión humana frente al duelo, algo que trasciende cualquier patria.

Un último apunte. Además de narrar con pura fantasía el segundo gol de Maradona(*), la película se enfoca en el trasfondo existencial de «la mano de Dios». Se abre la pregunta sobre cómo la mayor trampa imaginable del fútbol pudo no solo haber sido un gol lícito, sino también la antesala de la mayor genialidad jamás imaginada hasta ese entonces. La falta ética convivió con la belleza absoluta de un regate milagroso. Todo ello es narrado a través de las reacciones y comentarios de los jugadores en tiempo presente, descolocados por el primer gol y maravillados por el segundo. Todo ello, al ritmo de la narración que inicia con el clásico «arranca por la derecha el genio del fútbol mundial» hasta llegar al inolvidable «barrilete cósmico… ¿De qué planeta viniste para dejar en el camino a tanto inglés?».
(*) Una jugada que solo conozco por repetición, pero que imagino que debió sentirse como una anomalía para quienes la vieron en vivo, en directo. Siempre son esas jugadas las que uno desea presenciar, que te tome por sorpresa, ser espectador de la genialidad esporádica. Algo así sentí cuando vi el segundo gol de Argentina en la final de Qatar 2022 y algo similar empezó a abordarme en el último Mundial cuando, en la semifinal contra Inglaterra, Messi retuvo con el cuerpo a Harry Kane para tirarle una ‘huacha’ a Gordon, seguir con el balón y puntearla con maestría antes de la falta que le hicieron entre Anderson y Spence. Estoy seguro que en esos 8 segundos que duró la jugada todos pensamos lo mismo, quizás nos iba a tocar ver otro milagro. No fue así en ese momento, pero el triunfo albiceleste fue una de las postales más inolvidables del Mundial 2026.



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