30° Festival de Cine: “Chicas tristes” (2026), aflicciones compartidas


Muchas veces, cuando se busca abordar asuntos delicados en el cine, se puede cometer el error de revolcarse en su dimensión más escabrosa. Eso no tiene que ver necesariamente con mostrar el hecho en cuestión, sino también con representar a los personajes involucrados permanentemente sumidos en la tristeza, para finalmente conducirlos hacia una especie de consuelo mediante una solución sencilla. El problema es que esta clase de temas rara vez lo son y, cuando llega el momento de afrontarlos, tampoco existe una única respuesta posible. Creo que eso es algo que Fernanda Tovar entiende muy bien en Chicas tristes, una película cuyo propio título parece cuestionar, sin recurrir necesariamente a la ironía, esa manera tan habitual de construir narrativas alrededor del dolor.

Desde el inicio, la película busca una alternativa. Paula (Darana Álvarez) y la Maestra (Rocio Guzmán), las dos protagonistas, están en una terraza utilizando un espejo para reflejar la luz hacia los aviones que pasan sobre ellas, con la esperanza de que alguien pueda verla y quizá alegrarse. Como dice una de ellas, tal vez dentro de esos aviones también haya gente triste. Es un gesto sencillo, pero permite entender que la tristeza puede encontrarse en cualquier lugar, incluso cuando desconocemos quién la atraviesa o qué la ha provocado. Lo difícil aparece justamente cuando intentamos preguntarnos qué le sucede a la otra persona y cómo podemos acompañarla frente a aquello que está viviendo.

Paula y la Maestra son amigas y nadadoras, además de encontrarse entre las mejores de su grupo. Lo que inicialmente parece responder a una dinámica que cualquier joven podría experimentar cambia cuando ocurre un hecho que afecta profundamente a Paula. La Maestra, acostumbrada a buscar una respuesta para todo, no consigue comprender qué le sucede a su amiga. Una vez que descubre la verdad, comienza una indagación alrededor de esa tristeza y de las distintas maneras de afrontarla. ¿Debe buscarse una respuesta mediante la justicia? ¿Mediante la venganza? ¿O quizá desde el simple entendimiento? La película se instala entre esas posibilidades sin pretender que exista una fórmula capaz de resolver por completo aquello que Paula atraviesa.

Por supuesto, las historias sobre jóvenes melancólicos no son nuevas dentro del cine. Aunque desde circunstancias muy distintas, recuerdo, por ejemplo, Nadia, Butterfly (2020), de Pascal Plante, donde también acompañábamos a una joven nadadora obligada a lidiar con su propia tristeza dentro de un entorno que parecía distante de ella. Aquí ese aislamiento no corresponde únicamente a Paula, sino también a la Maestra. Ambas mantienen una relación tan estrecha que parecen permanecer al margen del resto del mundo. Cuando están acompañadas por otras personas, suelen encontrarse fuera del grupo, y esa separación se vuelve todavía más evidente una vez que la verdad sale a la luz y la Maestra intenta confortar a su amiga.

Esa distancia encuentra además una expresión concreta en la puesta en escena. Uno de los momentos más claros aparece cuando la revelación se articula mediante una secuencia que involucra el baile, donde la cámara fija juega con los distintos términos y con aquello que permanece dentro o fuera de nuestra mirada. El fuera de campo también adquiere importancia en otros pasajes, reforzando una película que no necesita colocar cada elemento directamente frente al espectador para comunicar lo que sucede entre sus personajes. Esa elección resulta coherente con una historia interesada precisamente en aquello que cuesta expresar, en las emociones que permanecen guardadas y en la dificultad para comprender del todo lo que otra persona está atravesando.

A pesar de estar muy unidas, las chicas tampoco poseen personalidades idénticas. Paula se muestra mucho más tímida y retraída, acostumbrada a guardarse sus ideas y sentimientos, y encuentra en su amiga a quien parece ser la única persona con la que sabe que siempre podrá contar. La Maestra, en cambio, puede apoyarse en otras amistades e incluso en su hermano, quien por momentos cumple una función cercana al alivio cómico dentro del relato. Esa diferencia ayuda a entender por qué el aislamiento de Paula adquiere un peso particular y por qué la necesidad de su amiga de encontrar respuestas se vuelve tan importante.

En esa búsqueda aparece otro elemento fundamental: la tecnología. Su presencia le otorga al relato una sensación de contemporaneidad y lo sitúa claramente dentro de su época. Aunque la Maestra no esté completamente sola ni deje de relacionarse con otras personas, parece buscar explicaciones en lugares distintos de aquellos donde supuestamente debería encontrarlas. Recurre a la inteligencia artificial, a videos de YouTube e incluso al tarot, intentando hallar alguna orientación que le permita comprender lo que sucede. Es una respuesta válida dentro de los tiempos en los que vivimos, pero al mismo tiempo evidencia cierta distancia respecto a las demás personas cuando toca enfrentarse a asuntos particularmente delicados.

Porque la Maestra no quiere únicamente saber qué le pasa a su amiga. Más allá de comprender el origen de su tristeza, desea descubrir cómo devolverle esa felicidad que aparentemente ha perdido. Tovar evita reducir el conflicto a respuestas sencillas o convertir determinadas nociones básicas de feminismo en la única forma posible de abordarlo, especialmente cuando se trata de ideas que muchos espectadores ya conocen. En lugar de construir un discurso alrededor de explicaciones evidentes, prefiere concentrarse en la manera en que dos amigas pueden acompañarse cuando una de ellas atraviesa algo que la otra quizá nunca llegue a comprender por completo.

En ese sentido, también resulta inevitable recordar Una canta, la otra no (L’une chante, l’autre pas, 1977), de Agnès Varda, donde dos amigas deben enfrentarse a un mundo en constante transformación y sostienen su vínculo incluso a pesar de la distancia. Algo semejante ocurre aquí. Una vez que Paula atraviesa ese hecho traumático que, al igual que la propia película, prefiero no mencionar directamente, el relato evita revolcarse en su miseria. En su lugar, opta por la calma, el silencio y aquellos gestos mínimos que terminan ennobleciendo la historia. La comprensión parece residir precisamente allí: en aceptar que incluso con diferencias, y aunque cada una pueda enfrentarse de una manera distinta a algo tan grave, todavía existe la posibilidad de acompañarse.

Por eso, más que una solución, lo que ambas encuentran es una sensación de calidez. No se trata de borrar aquello que ocurrió ni de llegar a una respuesta definitiva, sino de saber que, aunque los problemas continúen y otras personas puedan enterarse de ellos, siempre se tendrán la una a la otra. Esa decisión permite que la amistad deje de funcionar como un mecanismo para solucionar el trauma y pase a convertirse en un espacio desde el cual convivir con él. La cinta entiende que ciertas heridas no necesitan desembocar necesariamente en una respuesta sencilla para que exista algún tipo de consuelo.

Sin embargo, esa misma apuesta por la contención también presenta algunas limitaciones. Llega un momento en que el silencio se prolonga demasiado y la película empieza a divagar. Si bien resulta valioso que Tovar evite subrayar constantemente aquello que quiere comunicar, podría haber encontrado instantes precisos para ser más incisiva sin renunciar a la sensibilidad que caracteriza el conjunto. Es una decisión deliberada y coherente con la propuesta, pero personalmente creo que podría haberse resuelto mejor, encontrando un equilibrio entre aquello que decide callar y los momentos en los que habría sido conveniente intervenir con mayor contundencia.

A pesar de ello, Chicas tristes es una película que destaca, sobre todo, por la sensibilidad particular con la que aborda un tema difícil. Mediante su narrativa, su puesta en escena y el manejo de las herramientas audiovisuales de las que dispone, Fernanda Tovar consigue hablar de aquello que tantas veces resulta complicado expresar sin recurrir a respuestas fáciles. Lo hace desde la empatía y desde el deseo de encontrar algo dentro de aquello que puede parecer lejano, difuso e incluso ajeno a la racionalidad. Porque, en última instancia, la película apela a las emociones, y es allí donde encuentra su capacidad para conmover, escapando de aquello que podría haber sido sencillo para buscar otra forma de acercarse al dolor.


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