Festival de Cine Francés: tres obras de Agnès Varda


En la última edición del Festival de Cine Francés tuve la oportunidad de adentrarme un poco más en el cine de Agnès Varda. Por supuesto, además de ser una de las grandes figuras asociadas a la nouvelle vague, ya había tenido antes contacto con su trabajo, y todo lo que había visto de ella hasta ahora me había interesado mucho. Siempre me resultó una cineasta particularmente interesante y, si algo agradezco de este festival, es que constantemente da la oportunidad de revisitar clásicos del cine francés en las mejores condiciones posibles y, sobre todo, en pantalla grande.

Este año coincidió además que tres de esas películas pertenecían justamente a Varda. Por eso, a continuación quiero compartir mis impresiones sobre los films que pudieron verse durante el festival: Cleo de 5 a 7 (Cléo de 5 à 7, 1962), Las criaturas (Les créatures, 1966) y Una canta, la otra no (L’une chante, l’autre pas, 1977).

Cleo de 5 a 7

Aprendiendo a mirar el mundo

No cabe duda de que Cleo de 5 a 7 es, en cierto sentido, la película que Greta Gerwig creyó que estaba haciendo con Barbie (2023). Se nos presenta a una protagonista que, a medida que avanza el film, descubrimos viviendo dentro de un mundo profundamente hermético. Siempre bajo cuidados específicos, rodeada del mismo tipo de personas y atrapada en una rutina cuidadosamente delimitada, Florence (conocida como Cléo) existe dentro de una burbuja donde todo parece responder a una lógica de apariencias y comodidad. Por eso, cuando aparece la posibilidad de una enfermedad que amenaza su vida, el miedo no se reduce únicamente al temor físico o a la posibilidad de la muerte, sino también a una incertidumbre mucho más amplia, una que termina rompiendo por completo la estabilidad artificial en la que vivía.

Es en ese instante cuando la ciudad y todo lo que la rodea comienzan a transformarse. Las calles, la cantidad de gente moviéndose constantemente de un lado a otro, los espacios cotidianos y hasta el ritmo mismo de París empiezan a adquirir una dimensión distinta. Cléo ya no puede observar el mundo desde la distancia cómoda en la que estaba instalada. Ahora tiene que atravesarlo. Al hacerlo, también resulta evidente cómo ella misma se distingue dentro de ese entorno, ya sea por su manera de vestir, por su presencia física o incluso por algo tan simple como su porte. Cléo es alguien que destaca tanto por su voz como por su apariencia, una figura cuya imagen parece construida precisamente para ser observada. Esa singularidad es lo que termina aterrorizándola más, porque la obliga a tomar conciencia de sí misma dentro de un mundo que ahora siente extraño.

Todo ese recorrido de un espacio a otro, siempre condicionado por el tiempo y por la espera de una respuesta que puede cambiarlo todo, se convierte entonces en una búsqueda desesperada de sentido. Cléo necesita entender qué hacer con esta nueva realidad que irrumpe en su vida y la obliga a reconfigurar completamente la forma en que se percibe a sí misma y a quienes la rodean. Lo que hace Agnès Varda es mostrar esa reconfiguración emocional mientras, al mismo tiempo, reflexiona sobre su propia condición como mujer dentro de una época que empezaba a abrazar la incertidumbre de maneras distintas.

La cineasta siempre fue una directora profundamente interesada en las emociones humanas y en cómo estas pueden verse condicionadas por el entorno. Aquí, pensar en preguntas como qué es lo que vendrá después, qué significa vivir bajo la posibilidad constante de una tragedia o incluso qué se espera socialmente de una mujer, termina convirtiéndose en algo sumamente revolucionario. Eso es lo que vuelve tan fascinante a la película. No solo estamos viendo el tránsito emocional de una protagonista enfrentándose a la posibilidad de la muerte, sino también a alguien descubriendo el mundo que existe fuera de esa construcción artificial en la que había vivido.

Además, siendo una de las películas fundamentales de la nueva ola francesa, la directora se posiciona claramente como una voz distinta dentro de ese movimiento. Ya no se trata únicamente de entender la nouvelle vague como una cuestión de ruptura formal, como muchas veces ocurría con Jean-Luc Godard, ni tampoco desde un lugar más autobiográfico o sentimental como podía hacerlo François Truffaut. En Varda hay una consciencia muy particular sobre el arte y sobre cómo este se narra, pero también sobre todo aquello que rodea al propio arte. Eso no significa que sus colegas no lo hicieran, sino que ella lo aborda desde una sensibilidad distinta, profundamente atravesada por su condición de mujer.

Es precisamente ahí donde aparece una mirada mucho más confrontacional sobre el mundo. Mientras Cléo atraviesa la ciudad y empieza lentamente a desprenderse de esa imagen idealizada que tenía de sí misma, también comienza a descubrir una realidad mucho más compleja, incierta y humana. Tiene que acostumbrarse a observar aquello que siempre estuvo afuera, fuera de esos espacios protegidos y singulares donde parecía vivir aislada del resto del mundo. En ese tránsito, la película termina convirtiéndose no solo en una reflexión sobre el miedo a la muerte, sino también sobre el acto mismo de mirar y reconocerse dentro de un entorno que ya no puede seguir siendo ignorado.

Las criaturas

El encanto de perderse en la narrativa

Recordando un poco lo que Varda hizo en La felicidad (Le bonheur, 1965), me interesa el modo en que acá decide adentrarse mucho más en la experimentación narrativa, algo que incluso llega a tomar por sorpresa. Vemos cómo este protagonista entra accidentalmente a un nuevo mundo y se encuentra con una serie de personajes que eventualmente descubrimos como piezas de un mismo juego. Resulta interesante pensar cómo una directora que históricamente ha tenido una vocación más cercana al documental también entiende la ficción como un espacio completamente maleable.

Eso se percibe tanto en el uso del color, capaz de transmitir emociones muy primarias, algo que ya había trabajado magistralmente en la película mencionada al inicio, como en el orden de las situaciones y la manera en que estas se presentan. Hay revelaciones, nuevas presencias y pequeños cambios dentro del relato que terminan enriqueciendo constantemente la narrativa y haciendo que uno nunca termine de sentirse del todo cómodo con el rumbo que toma la película.

No podría decir que Las criaturas me fascinó por completo, pero sí siento que en una segunda revisión, entendiendo mejor la lógica bajo la que se mueve, podría encontrarle todavía más encanto. Eso no significa que no haya quedado muy interesado por esta experimentación tan propia de la época, tanto desde el montaje como desde la puesta en escena. Al final, las historias son un océano de ideas y todo consiste en saber elegir cuáles son las piezas más llamativas para construir algo a partir de ellas.

Una canta, la otra no

Se puede vivir mejor

Es evidente la calidez que rodea a Una canta, la otra no, aunque no necesariamente una calidez entendida únicamente desde lo estético o desde aquello que evocan sus imágenes. Claro que eso también está presente hasta cierto punto, pero no parece ser la verdadera preocupación de Agnès Varda al momento de contar esta historia. Más bien, lo que uno percibe es una cineasta completamente liberada de ciertas ataduras formales que todavía podían sentirse en parte de su trabajo anterior, especialmente aquel más cercano al espíritu de la nouvelle vague. No porque antes no tuviera intereses propios o preocupaciones específicas, sino porque aquí ese desprendimiento ya parece total.

También resulta importante pensar la película dentro de su contexto histórico. Estamos hablando de una obra realizada después de Mayo del 68, en un momento donde muchas discusiones alrededor de la libertad individual, la transformación social y, sobre todo, la situación de la mujer, empezaban a adquirir una nueva dimensión. Si en buena parte del cine que Varda realizó durante la década anterior existía una preocupación por retratar estados de angustia, espacios reducidos y formas de opresión mucho más silenciosas, aquí sucede algo distinto. En medio de un contexto donde ciertas libertades sociales comenzaban a abrirse paso, ella también parece expandir su propia narrativa y la manera en que observa a sus personajes.

Por eso resulta tan importante que la película esté construida alrededor de dos protagonistas. Ambas tienen contradicciones, inseguridades y formas muy distintas de entender aquello que significa ser libres. Ahí aparece uno de los aspectos más fascinantes del film. Varda nunca intenta ofrecer una respuesta definitiva sobre cuál sería el “camino correcto” para una mujer libre, porque entiende que no existe una sola manera de vivir esa libertad. Más bien, la película abraza constantemente la idea de que existen múltiples caminos posibles y que el feminismo, lejos de funcionar como un discurso rígido o dogmático, también puede ser un espacio de aceptación frente a esas diferencias.

Eso me parece especialmente valioso, sobre todo si pensamos en cómo muchas veces ciertas ideas terminan simplificándose o reduciéndose a posiciones demasiado cerradas. Aquí no ocurre eso. Lo que la película propone es una mirada mucho más abierta, donde la posibilidad de expresar con libertad pensamientos, deseos o frustraciones que antes permanecían reprimidos aparece casi como un descubrimiento emocional permanente. Lo importante no es únicamente alcanzar esa libertad, sino entender cómo convivir con ella y qué hacer una vez que finalmente se obtiene.

A fin de cuentas, lo que termina dominando la película es esa sensación luminosa y profundamente optimista respecto al rumbo que la sociedad podía tomar en ese momento. No porque Varda ignore que todavía existen estructuras opresivas o problemas profundamente arraigados, algo que sigue estando muy presente en la vida de ambas protagonistas, sino porque decide enfrentarlos desde otro lugar. Ya no desde el encierro emocional o la desesperación absoluta, sino desde una búsqueda constante de comprensión, afecto y acompañamiento mutuo.

Creo que ahí es donde la película encuentra su mayor fuerza. Porque más allá de que por momentos algunas ideas puedan expresarse de manera demasiado textual, nunca pierde esa honestidad ni esas ganas genuinas de transmitir esperanza. Todo termina sintiéndose como una especie de poema profundamente humano sobre la posibilidad de construir nuevas formas de vivir, amar y relacionarse con el mundo. Es precisamente a través del cariño, la empatía y la comprensión que Varda parece sugerir que todavía es posible encontrar nuevas maneras de avanzar.


Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *