Nadie sabe lo de nadie. En un mundo donde cada vez parece más sencillo vivir aislados, también cabe preguntarse hasta qué punto, con el paso del tiempo y las experiencias vividas, dejamos de sentir interés por quienes nos rodean. La interacción humana puede perder progresivamente su atractivo, sobre todo cuando la vida ya nos ha pagado mal las veces que intentamos acercarnos a otros. Ante ello, encerrarse en un espacio propio puede parecer la alternativa más sencilla: preocuparse únicamente por uno mismo y convertir al resto en ruido de fondo o, quizá, en algo tan insignificante y molesto como las moscas que flotan en el aire. Es desde esa idea que el mexicano Fernando Eimbcke construye Moscas, una película interesada en observar lo que ocurre cuando alguien que decidió cerrarse al mundo se ve obligada a convivir nuevamente con él.
No podría considerarme un experto en el cine de Eimbcke. De hecho, conocí muy recientemente su película más famosa, Temporada de patos (2004), su ópera prima, que es esa clase de debut que cualquier cineasta quisiera realizar. Su uso del blanco y negro y la capacidad de construir algo profundamente humano con pocos recursos revelaban ya una mirada muy personal, especialmente a través de unos protagonistas infantiles capaces de mostrarse vulnerables y expresar su deseo de escapar de las cuatro paredes que los mantienen atrapados durante un domingo en un departamento que se queda sin luz. Por eso, acercarme ahora a su largometraje más reciente resultó un ejercicio curioso, ya que es posible trazar varios paralelismos entre aquella primera obra y Moscas, tanto por los espacios en los que transcurre buena parte de la acción como por la manera de observar a quienes los habitan.

La diferencia es que esta vez buena parte del desarrollo surge de una perspectiva más compartida entre la mirada infantil y la adulta. A quien conocemos primero es a Olga (Teresita Sánchez), una mujer que vive sola en un departamento y que, desde sus primeras apariciones, parece incapaz de disfrutar de aquello que el mundo puede ofrecerle. Una de las primeras imágenes la muestra durmiendo mientras una mosca revolotea cerca de ella produciendo ese sonido tan característico como molesto. Intentar alejarla desencadena una serie de acciones que complican todavía más su búsqueda de tranquilidad. Esa pequeña situación sirve para presentar la manera en que esta mujer se relaciona con prácticamente todo aquello que la rodea, como con quienes viven cerca de su edificio, que parecen provocar una molestia similar y ella simplemente no quiere saber nada de nadie. Su departamento se ha convertido en una fortaleza desde la cual puede mantenerse protegida de cualquier interacción que amenace la paz construida alrededor de su aislamiento.
Esa rutina empieza a modificarse cuando, debido a una necesidad económica, decide alquilar una de las habitaciones. Allí llega Tulio (Hugo Ramírez), quien introduce clandestinamente a su hijo Cristian (Bastian Escobar) sin que Olga lo sepa en un inicio. Ambos necesitan estar ahí porque la esposa de Tulio y madre del niño se encuentra internada en un hospital próximo al complejo de departamentos. Olga, fiel a la distancia que mantiene respecto del resto del mundo, tampoco muestra demasiado interés por averiguar quiénes son esas personas, qué les ocurre o por qué han llegado hasta allí. La convivencia comienza entonces desde una separación evidente, con individuos que comparten un mismo espacio sin que eso signifique necesariamente que estén dispuestos a conocerse. Será el paso de los días, junto con una serie de situaciones que empiezan a alterar esa dinámica, lo que permita que Cristian y Olga estrechen progresivamente su vínculo.

Es en ese acercamiento donde Eimbcke comienza a sacar a relucir su costado más sensible como director. De manera similar a lo que Alexander Payne planteaba en Los que se quedan (The Holdovers, 2023), reúne a personajes que inicialmente no esperaban pasar sus días juntos y permite que la convivencia vaya exponiendo sus respectivas carencias. Cristian es un niño muy apegado a su madre y, tanto por esa ausencia como por su propia edad, manifiesta una desesperación evidente por saber qué está ocurriendo. A eso se suma encontrarse en un lugar completamente desconocido, razón por la cual la curiosidad se convierte en una de sus principales maneras de relacionarse con el entorno. Constantemente explora, se mueve y realiza acciones que no siempre son las más apropiadas, desde treparse por los muros hasta orinar en la calle. Su comportamiento conserva así una dimensión traviesa propia de la infancia que contrasta directamente con el rígido aislamiento que Olga intenta preservar.
Entre los intereses del niño sobresale además su obsesión con un videojuego, elemento que posteriormente permite establecer una relación entre él y Olga. Este tipo de detalles contribuye a revelar qué es lo que realmente quiere contar Eimbcke mediante recursos como la mirada infantil, el encierro voluntario de su protagonista e incluso esas pequeñas deficiencias que forman parte de algo mayor dentro del propio sistema mexicano. Detrás de todos ellos aparece una profunda añoranza por aquello que se desea o se intenta recuperar, además de las barreras que impiden satisfacer ese anhelo. Olga y Cristian experimentan esa carencia desde lugares completamente diferentes, pero ambos se encuentran atravesados por la necesidad de alcanzar algo que en ese momento permanece fuera de sus posibilidades.

A partir de esas diferencias, Moscas encuentra para mí su idea más potente y es la necesidad de volver a entendernos como sociedad y reconocer quién se encuentra al lado. Olga ha perdido las ganas de creer en las personas y ha cerrado prácticamente todas las puertas de la fortaleza que construyó para sí misma. Frente a ella aparece Cristian, alguien movido por el impulso contrario, siempre dispuesto a explorar aquello que permanece oculto y atravesar cualquier barrera que pueda acercarlo a lo que necesita. La experiencia acumulada de una mujer que aprendió a desconfiar se enfrenta a la impaciencia de un niño que quiere tocarlo y verlo todo. El director desarrolla esa oposición mediante un relato que por momentos resulta jocoso y en otros adquiere un carácter enternecedor, hasta descubrir que la distancia entre ambas maneras de relacionarse con el mundo quizá no sea tan grande como parecía.
Dentro de ese proceso aparece además una dimensión lúdica. A través de los pocos lugares de la ciudad que llegamos a conocer, el entorno comienza a adquirir ligeras transformaciones conforme Cristian se familiariza con él. La ciudad deja de ser únicamente un escenario desconocido para convertirse en un territorio que el niño aprende a recorrer y entender. Ese descubrimiento tampoco está exento de golpes. Eventualmente deberá comprender, incluso a la fuerza, que una bondad completamente pura no siempre basta para sobrevivir. Su apertura hacia los demás puede exponerlo a aquello que el mundo tiene de menos amable, del mismo modo que la experiencia de Olga demuestra hasta dónde puede llevar el impulso contrario cuando la protección termina convirtiéndose en aislamiento.

La película evita así que una de esas perspectivas se imponga completamente sobre la otra. No se trata simplemente de que la experiencia adulta deba corregir la inocencia infantil ni de que la curiosidad de Cristian tenga como única función devolverle a Olga aquello que perdió. Lo que ambos necesitan es encontrar un punto intermedio entre esas formas de relacionarse con quienes los rodean. En ese aprendizaje recíproco, la convivencia deja de consistir únicamente en compartir un departamento y pasa a convertirse en una oportunidad para modificar la manera en que cada uno responde ante sus propias carencias. Es precisamente esa capacidad de permitir que dos perspectivas aparentemente incompatibles se alteren mutuamente lo que sostiene buena parte de la dimensión humana del relato.
Es cierto que, especialmente conforme se aproxima el final, la cinta empieza a apoyarse demasiado en recursos que pueden rozar lo meloso. Algunos momentos parecen buscar de manera más evidente las emociones propias de un drama familiar relativamente clásico. Eso no constituye necesariamente un problema por sí mismo, aunque sí termina suavizando parte de aquello que hasta entonces la película había conseguido equilibrar con mayor naturalidad. El costado áspero de la historia y su ternura habían logrado convivir sin que uno necesitara imponerse por completo sobre el otro, mientras que hacia el cierre esa proporción parece inclinarse con mayor claridad hacia la búsqueda de una respuesta emocional.
Fuera de esa reserva, el trayecto conserva suficiente humanidad para confirmar la sensibilidad de Fernando Eimbcke al momento de observar las relaciones entre sus personajes. Moscas encuentra su fortaleza en algo aparentemente sencillo: dos personas que, por circunstancias que ninguna había previsto, terminan obligadas a reconocer la existencia de quien tienen al lado. La imagen inicial de aquello que solo queremos apartar para recuperar nuestra tranquilidad adquiere así otra dimensión dentro de una película preocupada por la facilidad con la que los demás pueden convertirse en ruido de fondo. Relacionarse implica exponerse tanto a la bondad como a aquello que puede hacernos daño, mientras que renunciar por completo al contacto significa perder también la posibilidad de encontrar algo valioso en los demás.



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