[Crítica] ¿Puede «Obsession» (2025) ser nominada al Óscar a mejor película? 


Obsession está en todas partes. Y, al fijarse con atención en la trama, (y las secuencias que se comparten en redes sociales), tiene sentido por qué. Obsession, la historia de una mujer que despierta una repentina (y desquiciada) fascinación por su amigo de la infancia, parece apelar a la mayoría de ansiedades y curiosidades de su audiencia: las historias de romances desenfrenados y marcados por lo perverso; el cinismo que se ciñe sobre la clásica idea del “amor para siempre”; el auge de nuevas tendencias críticas sobre los afectos y la salud mental; el temor creciente ante los riesgos de tecnologías que se entrometen con nuestros aspectos más íntimos, etc. Es, además, una película que apela a nuestro lado más morboso. ¿Quién no encuentra placer en ver a las dos personas dentro de una pareja destruirse lentamente debido al desborde de sus deseos? 

A su vez, que Obsession sea una película que roce las fronteras entre la comedia absurda y el horror grotesco parece haber ayudado a su repentino ascenso a la fama y posición como producto de culto. Que se trate de un casi “body horror”, quizás el subgénero más importante de los últimos años en el cine comercial, parece volver a sugerir la importancia de recurrir al terror para interpelar distintos aspectos de nuestros cuerpos, sobre todo aquellos que parecen socialmente peligrosos. Que su protagonista sea un hombre de unos treinta años sin éxito en el amor y cierto tinte patético solo parece insistir más en la evidente masculinidad en crisis y las tóxicas narrativas cercanas a la comunidad incel. Pueden haber muchos motivos para explicar el éxito de Obsession, pero esto no parece tan importante ahora. Quizás la pregunta más interesante, por el contrario, es hasta dónde puede llegar la atención de la audiencia. ¿Puede Obsession repetir una hazaña parecida a The Substance (2024) y superar los límites del cine de género para llegar a la temporada de premios? ¿Y, en caso lo haga, debería haber sido así? ¿Es la película una representación mordaz y adecuada del conflicto de la tecnología y el deseo masculino? ¿O acaso se torna un indicador demasiado evidente y exagerado de lo mismo, víctima de lo que quiere satirizar?

Habría motivos para pensar que es lo segundo. Al seguir de cerca la historia de Bear, el protagonista del film (Michael Johnston), un tipo socialmente torpe e introvertido, aunque de buen corazón, es posible que varios en la audiencia intuyan con éxito a dónde quiere ir el director Curry Barker con su película. Por supuesto, Bear está perdidamente enamorado de Nikki (Inde Navarrette), con quien trabaja en una tienda retro, y, por supuesto, el deseo de estar con ella parece no correspondido. Todos en la audiencia sospechan que la película forzará a Nikki a enamorarse de Bear y que, a pesar de que al inicio sugiera lo contrario, este romance se tornará una grotesca pesadilla. Hasta entonces, Obsession no parece decir nada nuevo. Pero vale la pena pensar específicamente en el cómo: el producto que se inventa Barker para hacer que el deseo de Bear se torne realidad. Sin tanta exposición, Barker nos introduce al One Wish Willow, una suerte de varita mágica que se vende en las tiendas New Age y que, por el módico precio de 6.99, puede hacer que cualquiera tenga el deseo de su vida. 

Obsession parece seguir una cierta tendencia dentro del cine de horror, un cine obsesionado por el efecto irreversible de un gadget tecnológico o producto milagroso, una suerte de fábula tecnopesimista con una cruel moraleja sobre el riesgo de perseguir los anhelos propios apoyados por alguna intervención artificial. Ya Companion (2025) sugería los estragos de una sociedad que puede cosificar el deseo sexual a partir de robots híper realistas, de la misma manera en que M3gan (2022) llevaba una premisa parecida para explicar los efectos del duelo y la manipulación tecnológica de la infancia. Sin ir más lejos, The Substance parecía llevar la noción de una cura milagrosa al extremo martirio de su protagonista, mientras que Poor Things (2023) llevaba a la mujer Frankenstein a rebelarse sexualmente contra su creador. En cada caso, la tecnología, con cierto efecto mágico e invisible a la vista, produce una suerte de brutal paradoja: al llevar el deseo a la hipérbole, al hacerlo traslúcido y real, el protagonista debe aceptar su carácter grotesco y repulsivo, su riesgo y afrenta. 

Al ver Obsession, uno duda de si Curry Baker quiere hacer una película sobre el deseo (sus riesgos, su relación problemática con el cuerpo, la forma en que impone nociones de género), o, si, por el contrario, utiliza su crítica al deseo obsesivo como un medio para interpelar el tipo de tecnologías que lo promueven, y, en ese caso, deberíamos preguntarnos qué significa vivir en un mundo en el que puedan existir productos así. Por supuesto, la película parece cambiar muchísimo dependiendo de una interpretación o la otra: si acaso se trata de una exploración del deseo (y lo peligroso que es someter a otro a este), Obsession no parece decir nada nuevo. Sí, el deseo de Bear parece salirse de control rápidamente y Nikki parece pagar injustamente por ello, ¿pero esa no es acaso la conclusión a la que se aproxima la audiencia ni bien comprende la premisa y las intenciones de Barker? 

Si se tratase de la segunda película, una que se preocupa por los efectos violentos de las tecnologías que suplantan y recrean distintas dimensiones íntimas y experiencias de lo humano, Obsession parece mucho más relevante. Notemos, por ejemplo, que la película utiliza muy pocas referencias a otros productos tecnológicos: de hecho, la película parece ambientada en el EE UU de los 2000, mucho antes de la masiva presencia del iPhone, TikTok o la IA. Esta decisión hace que la extraña tecnología en el fin parezca aún más importante, y que toda la atención de la audiencia se preocupe por su uso. Quizás explique una de las mejores escenas del film, en la que un muy perturbado Bear lidia con un insoportable trabajador de One Wish Willow, quien lo manipula con lenguaje corporativo e innecesarias trabas burocráticas. Esta ambigüedad entre una trama y otra en general es lo que permite, además, que Obsession se mantenga en una encrucijada moral: no es claro si es que la película considera a su protagonista una víctima o victimario.

Algo poderoso que también sugiere Barker con su historia es que, por más arrebato tecnológico que se produzca, todo tipo de deseo romántico vuelve a la misma cruel paradoja: ¿cuál es el punto de enamorarse y perderse en el otro si uno ya no es uno mismo y no parece capaz de disfrutarlo? ¿Qué se gana en esos casos, sino simplemente una horrible sensación de dependencia? ¿No hay un poco de horror inherente al acto mismo de entregarse a los otros? Este es el tipo de pregunta que se hace la película, y hasta sus protagonistas. Uno quisiera creer que también se las hacen en la audiencia, pero eso requeriría un estilo más sutil y un ritmo más pausado, y es precisamente en estos puntos el que la película no parece destacar 

En lo que sí destaca Obsession, y esto sí es probable que sea un consenso entre quienes la vean, es el peculiar compromiso de Barker de tomar una idea común y previsible y reinventarla con un estilo propio, una suerte de acto de rebeldía contra el arquetipo del que se aprovecha para contar su historia. Siguiendo la tan creciente tendencia del horror de lo absurdo, cada vez más autoconsciente sin nunca caer en lo paródico, Barker llena su film de momentos cómicos y de humor negrísimo, saltos entre una canción y otra, escenas irónicas, diálogos cínicos y, sobre todo, una atmósfera melancólica y absorbente por partes iguales. Barker filma su Obsession en colores tierra, con poca luz natural, con un constante sentido de disonancia. Y, sobre todo, en contraste a otras tantas películas de horror que dependen excesivamente de lo visual, Barker parece confiar en el potencial sensorial completo que tiene una historia como esta y, sobre todo, altera la forma en la escuchamos: pocas películas utilizan la música de fondo y la edición de sonido de manera tan innovadora últimamente, una razón más para ver Obsession directamente en la sala de cine.

Puede que a este punto hayan quedado claras las razones por las que Obsession ha iniciado suficiente controversia, disputa y fascinación como para meterse en la conversación de la temporada de premios. Pero si la película más nominada de la historia es un sangriento film sobre vampiros y si alguien como la tía Gladys de Weapons (2025) puede ganar un Óscar a la mejor actriz, entonces no sorprendería que una academia mucho más abierta al cine de género, y necesitada de películas de autor que no espanten al espectador promedio, elija a Obsession como su candidata en unos cuantos meses. Para los Óscar, preferiría mucho más ver una película así, original y comprometida con sí misma, aun con sus limitaciones y algunos lugares comunes, que el enésimo dramón político o película de época, ese cine que solo parece existir para ganar premios. Obsession más que una lección sobre el deseo es, más bien, una lección sobre hacer buen cine y, por tanto, un mundo aparte, con sus propias formas de concebir a los personajes y sus dilemas y con una merecida vocación por narrar visceralmente sus tribulaciones.

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