Aldo Salvini es uno de los cineastas cuyo estilo es de los más identificables y originales en el Perú. Desde sus cortometrajes iniciales (el notable El gran viaje del capitán Neptuno, 1990; o el inquietante La misma carne, la misma sangre”, 1992) ya se vislumbraba un sello particular, arriesgado, muy lejos de la línea comercial que Hollywood impone y difunde desde el norte de nuestro continente. Lo que Salvini ha logrado con el film El corazón de la luna (2021) es encomiable: mezclar la ciencia ficción con el drama psicológico de una manera sorprendente. Y sin un solo diálogo a lo largo de los 80 minutos de la película.
Los personajes principales, que son la pequeña anciana (magnífica actuación de Haydeé Cáceres) y el enorme robot conocido como Yawarbot (convincente Bruno Balbuena), crean un mundo propio entre ambos durante sus interacciones, mientras él la protege o la ayuda como si fuera un familiar suyo. Y ella, a su avanzada edad, sin ningún pariente real cerca, se deja proteger.

El guion (también de Aldo Salvini) muestra en diversos momentos el grado de afectación emocional que ha sufrido la protagonista, aunque todo este dolor se entiende de mejor manera recién a la mitad de la película, cuando el espectador descubre que ella sufrió la pérdida de su único hijo años atrás. Y fue esta desgracia lo que la llevó a perder el habla, a volverse amiga inseparable y protectora de una hormiga, y a vivir en una soledad absoluta en su modesta casa (pero sin sentirse mal por haberse apartado del mundo). Ella nunca busca llevar a nadie a su casa para que le haga compañía. Sobrevive con su pena como si viviera en una isla lejana y no pudiera evitarlo.
De otro lado, la estupenda dirección de fotografía de la experimentada Micaela Cajahuaringa (algunos de sus trabajos destacados están en Paloma de papel de Fabrizio Aguilar y El destino no tiene favoritos de Álvaro Velarde) crea un ambiente visualmente muy adecuado y propicio para las vivencias de la anciana, dando la sensación al espectador de ser testigo de una vida marginal, ajena a cualquier interés económico o aspiración de ascenso social en la ciudad donde habita. Ella vive en su propio universo, en su propia medida del tiempo, bajo las sencillas reglas que ella quiere seguir. Hay muchos primeros planos y planos detalle utilizados que potencian la manifestación de su variable estado emocional, casi de manera expresionista. La cámara de Cajahuaringa es un personaje más en este film. Su presencia se siente.

Asimismo, la dirección de arte de Hiromi Shimabukuro le da mucha vida y verosimilitud a las locaciones del film, a pesar de su historia algo sombría. Mientras que el Yawarbot diseñado por Edi Mérida mezcla de manera acertada elementos japoneses y peruanos. Igualmente, los muñecos elaborados en stop motion por Juan Carlos Yanaura demuestran creatividad (como el triple ojo que avanzaba sobre una especie de araña y lanzaba rayos desde cada ojo o la máscara de La Diablada puneña que caminaba) y son buenos rivales de pelea para Yawarbot.
Sin duda, la ciudad donde se desarrolla El corazón de la luna por momentos recuerda a Blade Runner (1982), de Ridley Scott. Y en otros instantes los movimientos de cámara remiten a los films del italiano Mario Bava.
En los zapatos rotos de la anciana, en su rostro que sobrelleva el dolor, en su mirada que ha resistido los embates más violentos de la vida, en su caminar que delata el peso de los años, se halla una mujer que intentó seguir adelante a su manera, aferrándose a una hormiga y un robot que se convirtieron en sus mejores amigos, en sus anclas a una realidad que no había sido (y no era) nada gentil con ella.
Finalmente, El corazón de la luna recibió premios en Reino Unido, Estados Unidos, Brasil y Perú. Además, fue nominado a uno más en España. Cuatro de esos premios fueron (con justicia) para Haydeé Cáceres, quien realizó aquí una actuación que será recordada por mucho tiempo.


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