30° Festival de Lima: “Las corrientes” (2025), el deseo de huir


No es fácil convivir con el temor de perderlo todo. Cuando uno cree haber alcanzado una cierta estabilidad, resulta natural pensar que esa condición difícilmente vaya a cambiar o que, en el peor de los casos, solo evolucionará con el paso del tiempo. Bastará con que la posibilidad de perderla atraviese la mente para que aparezca un impulso difícil de explicar: el deseo de desaparecer, por lo que, una vez que ese pensamiento se instala, probablemente resulte muy complicado luchar contra él. Me parece que esa es la inquietud que Milagros Mumenthaler propone en Las corrientes (2025).

La película sigue a Lina (Isabel Aimé González-Sola), una mujer que, cuando la conocemos, parece tener su vida completamente en orden. Sin previo aviso, decide arrojarse a un río en Suiza con la intención de ahograse. No obstante, en el último instante se arrepiente y vuelve a la superficie. Más adelante, cuando regresa a su casa en Argentina, comienza a experimentar una sensación de extrañeza que afecta tanto la manera en que se percibe a sí misma como la relación que mantiene con el entorno que la rodea. Aquello que antes parecía formar parte de una rutina perfectamente estable empieza a resultarle incómodo y ajeno, lo que la lleva a buscar distintas formas de escapar de esa realidad, simplemente porque sí.

Y quiero detenerme precisamente en ese «porque sí». Me parece importante hacer énfasis en esa expresión, porque creo que allí reside buena parte de la propuesta del filme. En cierta medida, podría pensarse que Las corrientes se aproxima a otras obras recientes sobre maternidades complejas, como If I Had Legs I’d Kick You (2025), de Mary Bronstein, o Mátate, amor (Die, My Love, 2025), de Lynne Ramsay. Lina es una mujer exitosa que, además de ser madre, vive junto a su esposo Pedro (Esteban Bigliardi) y a su hija pequeña. A simple vista, el relato parece dirigirse hacia ese territorio. Aunque más que centrarse exclusivamente en la maternidad, la película parece interesarse por un impulso mucho más difícil de explicar y es el miedo que comienza a despertarle la simple idea de seguir sosteniendo esa vida y esa familia, una sensación que aparece de manera repentina y que termina apoderándose de ella sin una causa evidente.

A partir de ese punto, el relato parece invitar al espectador a descifrar qué es lo que realmente le ocurre a Lina. ¿Se trata únicamente de una fobia al agua? ¿Existe un conflicto mucho más profundo? En el mejor de los casos, esa pulsión tampoco implica necesariamente renunciar a la vida. Más bien funciona como una necesidad constante de escapar de aquello que, hasta hace muy poco, parecía ofrecerle estabilidad.

Mumenthaler va construyendo ese estado de crisis a través de pequeños momentos cotidianos que observamos en el día a día de Catalina, tanto en la intimidad que comparte con su pareja como en su trabajo. Poco a poco, todo empieza a fastidiarle sin que exista una razón concreta que justifique ese cambio. Y vuelvo a insistir en ese «sin más» porque considero que allí puede encontrarse una de las claves del filme. A diferencia de los ejemplos que mencionaba anteriormente, donde el caos suele construirse mediante conflictos muy específicos que evolucionan a lo largo del relato, aquí el malestar parece instalarse desde el comienzo y permanecer prácticamente inalterable.

Ese planteamiento también se refleja en la manera en que la cinta trabaja uno de sus principales elementos simbólicos: el agua. Si en un primer momento aparece bajo la forma de un río, más adelante reaparece convertida en una cañería, una tina o la lluvia. Aunque esas manifestaciones cambien, la idea que representan permanece prácticamente intacta. Existe un intento por variar el modo en que ese motivo regresa a la historia, pero el conflicto que lo sostiene nunca parece transformarse de manera significativa. Por esa razón, el relato termina resultando bastante plano, ya que la pregunta sobre qué es lo que realmente le ocurre a Lina permanece exactamente en el mismo lugar durante buena parte de la película. Los temores que la acompañan y ese impulso constante por huir se repiten una y otra vez sin producir una sensación clara de evolución.

Eso no significa que la película carezca de recursos interesantes. Hay una búsqueda sensorial evidente que consigue transmitir con bastante eficacia ese dolor interno difícil de explicar. Los pequeños sonidos adquieren una intensidad poco habitual y las presencias que rodean a la protagonista se vuelven progresivamente más agobiantes, reforzando la sensación de incomodidad que atraviesa al personaje. Son decisiones formales que ayudan a comprender un estado emocional que la película nunca intenta verbalizar de manera directa y que, en varios momentos, logran acercarnos a aquello que ella experimenta.

Aun así, tengo la impresión de que lo que hace la cineasta termina instalándose en un terreno bastante chato, sobre todo porque contaba con varios elementos que podían haber enriquecido mucho más el desarrollo del conflicto. Uno de ellos es la presencia de la madre de Lina, que abre la posibilidad de preguntarse si aquello que le ocurre podría responder a un rasgo hereditario o si, por el contrario, se trata de algo que simplemente aparece sin una explicación concreta. Ese es un camino que se insinúa, pero que se abandona demasiado pronto. Lo mismo ocurre con otros elementos que también parecían tener margen para crecer, como la manera en que el espacio podía convertirse en una fuente todavía mayor de agobio. Son ideas que se presentan, generan expectativas y desaparecen con la misma rapidez con la que llegaron, mientras la película vuelve una y otra vez al mismo estado emocional inicial.

Es ahí donde, a mi juicio, Las corrientes termina revelando sus principales limitaciones. Se consigue presentar con bastante claridad esa sensación de crisis inesperada, nacida quizá del peso de una rutina o de una responsabilidad tan grande que la simple idea de abandonarla comienza a hacerse presente. Ese punto de partida resulta genuinamente interesante y, durante sus primeros momentos, parece abrir múltiples posibilidades para el desarrollo del personaje. El problema aparece cuando esa promesa deja de expandirse y el relato permanece girando alrededor de la misma inquietud sin encontrar nuevas formas de profundizarla.

Por eso considero que estamos frente a una película fallida. No porque aquello que plantea carezca de interés, sino porque termina desaprovechando buena parte del potencial que tenía entre manos. Muchas de las herramientas que introduce a lo largo del camino parecían destinadas a complejizar el conflicto de la protagonista y a enriquecer la experiencia del espectador. Sin embargo, pocas llegan a desarrollarse realmente y el relato acaba regresando una y otra vez al mismo punto de partida. Esa decisión hace que varios de sus elementos, en lugar de fortalecer la propuesta, terminen jugando en su contra y evitando que la película alcance la dimensión que, por momentos, parecía prometer.


Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *