Trono de sangre

Casi parece mentira el hecho de que hoy martes 23 de marzo estemos recordando que el tenno japonés del cine nació ya hace un siglo, pues su influencia se sigue sintiendo muy cercana, atemporal, clásica y muy contemporánea al mismo tiempo. Akira Kurosawa descendía lejanamente de un linaje de samurais, dato que tal vez no sería tan relevante si no fuera porque, aparte de que estos personajes se popularizaron a nivel mundial por sus películas, al director le tocó sobrellevar experiencias vinculadas al dolor y pruebas a un código personal de honor que contrastan visiblemente con la impresión que tenemos mayoritariamente de su exitosa trayectoria.

Admirador de la cultura occidental, Akira Kurosawa siempre trabajó los motivos y esquemas de las narraciones de género, desde el drama social o la aventura épica con toques picarescos. Pero en ocasiones, sus ambiciones artísticas lo llevaron presentar retratos menos complacientes de la condición humana, que lo llevaron por la senda de la tragedia clásica en 1957 con esta adaptación del Macbeth shakespeariano que a la larga terminó por convertirse en una de las mejores que se hayan hecho en el cine. Con algunas modificaciones en la trama y los personajes, aquella historia sobre el destino envilecido de un líder se traslada hacia el Japón medieval y reconvierte al protagonista en Washizu, interpretado por un soberbio Toshirô Mifune.

Como en toda la obra de Kurosawa, su replanteamiento de historias foráneas termina asombrosamente otorgándoles una identidad muy local, pero en el caso de Trono de sangre consigue la proeza de también conservar su esencia.

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