Trono de sangre (1957)

Trono de sangre

Admirador de la cultura occidental, Akira Kurosawa siempre trabajó los motivos y esquemas de las narraciones de género, desde el drama social o la aventura épica con toques picarescos. Pero en ocasiones, sus ambiciones artísticas lo llevaron presentar retratos menos complacientes de la condición humana, que lo llevaron por la senda de la tragedia clásica en 1957 con esta adaptación del Macbeth shakespeariano que a la larga terminó por convertirse en una de las mejores que se hayan hecho en el cine. Con algunas modificaciones en la trama y los personajes, aquella historia sobre el destino envilecido de un líder se traslada hacia el Japón medieval y reconvierte al protagonista en Washizu, interpretado por un soberbio Toshirô Mifune.

Como en toda la obra de Kurosawa, su replanteamiento de historias foráneas termina asombrosamente otorgándoles una identidad muy local, pero en el caso de Trono de sangre consigue la proeza de también conservar su esencia. Y es que tratándose de una de las historias más oscuras del dramaturgo inglés, esta película posee una atmósfera turbia como pocas en la obra de Akira. A pesar de ser una cinta de época y de despliegue espectacular, el director opta por llevar su puesta en escena bajo una equilibrada alternancia del cautivante de un relato de acción y la composición teatral de la intriga central siempre observada en interiores.

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Es así que esta tragedia, más que nunca de inspiración griega, se va transformando en un fantasmagórico relato sobre el ascenso al poder y la caída moral del protagonista en el que Kurosawa vuelve a dar rienda suelta a su maestría como narrador dramático y como inventor de audaces resoluciones visuales. Tan solo el inicio de la película da cuenta de esas cualidades y anuncia esas representaciones de la desolación ante la cercanía del fin que habrían de ostentar las posteriores y más estilizadas películas de su autor. Los créditos son sucedidos por imágenes de un paisaje desértico, acaso tan propio para la aventura y las ocurrencias, al estilo de Los siete samuráis o la posterior La fortaleza escondida, pero todo se encuentra atravesado por los signos de lo aciago, o lo sobrenatural.

Trono de sangre es una película desarrollada a base de una sucesión de escenas de una ritualidad extrema, que alude en todo momento a las dualidades o contradicciones del ser tan caras al cine de su autor. Gestos teatrales que se realizan en el marco del protocolo marcial o en la intimidad de dos voces confesándose o maquinando planes o simples deseos (las conversaciones con Asaji y con Miki). Kurosawa exige al máximo a sus actores en este aspecto y es aquí donde se desmarca notoriamente de su fuente. Todo lo que podría ser extremadamente verboso es reducido a solo unos cuantos momentos necesarios, mientras su lugar lo ocupan los silencios o la quietud del conspirador y los que lo rodean, salvo la perenne y sugerente visión de caballos rebeldes, utilizados como referentes simbólicos particularmente perturbadores en la película.

Trono de sangre

Más que al tradición europea, la forma de contar esta historia por parte del director, posee las cualidades ceremoniales del teatro de su país. Así es como Washizu va cumpliendo su escalada jerárquica en los dominios del señor Tsuzuki: su gran proeza en la guerra contra los rebeldes solo la oímos de parte de los heraldos; la consumación de su crimen es solo sugerida por la enrarecida observación su habitación, el comportamiento de su esposa, los graznidos de los curvos y su regreso con las manos cubiertas de sangre; la suerte final de su amigo le es transmitida por el ejecutor de sus mandatos; y la progresiva decadencia de su gobierno nos es contada rápidamente en una reunión de ignotos vasallos. Lo único que podemos contemplar de su gloria es la consecución de los actos de formales, en los que se halaga el heroísmo pero se ocultan las pretensiones, o donde los clamores de justicia buscan acallar el temor por que se descubra la traición propia.

Al respecto de esto último, resulta notable la secuencia de la llegada de Washizu a las puertas del fuerte custodiado por Miki, uno de los varios y poderosos momentos que nunca nos permiten olvidar el portentoso talento pictórico de su director. Es así como también termina una perversa fábula como esta, en uno de los momentos más impresionantes de su cine. El embrujo que rodeaba al espectro y sus profecías (¿que acaso no serían más que la proyección de sus pulsiones viscerales?), salen del bosque para reducirlo en una danza macabra que solo anuncia el cumplimiento final de su sino, que inesperadamente, Kurosawa varía como el de otra traición mucho más devastadora y brutal. La soledad final del poder en toda su expresión. Con ello basta para entender porque Orson Welles lo apreciaba tanto.

Trono de sangreKumonosu-jô. Dir. Akira Kurosawa | 110 min. | Japón.

Intérpretes: Toshirô Mifune (Taketori Washizu), Isuzu Yamada (Asaji Washizu), Takashi Shimura (Noriyasu Odagura), Akira Kubo (Yoshiteru Miki), Hiroshi Tachikawa (Kunimaru Tsuzuki), Minoru Chiaki (Yoshiaki Miki), Takamaru Sasaki (Kuniharu Tsuzuki), Chieko Naniwa (la mujer fatasma).

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1 comentario

  1. 23 de marzo de 2010 at 11:13 — Responder

    Ya extrañaba este tipo de textos en el blog.

    Un abrazo.

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