Akira Kurosawa | Cinencuentro

Akira Kurosawa

Tras cinco años de ausencia de la producción cinematográfica, Akira Kurosawa regresó en 1975 dispuesto a superar la mala experiencia de Dodes’ka-den, otra de sus mejores películas largamente subestimada al momento de su estreno. Su fórmula para exorcizar el trago amargo fue continuar con las exploraciones estilísticas que le interesaban en esa etapa.

La oportunidad se le presentaría con esta película rodada en los más inhóspitos parajes de Siberia, bajo la producción de la Mosfilm. Dersu Uzala se inspira en las memorias del explorador y militar Vladimir Arseniev, cuyo viaje para trazar mapas de la zona estuvo guiado en su mayoría por el personaje al que alude el título, un cazador vagabundo que trastocará su forma de entender el mundo y que la película convierte en motivo de una reflexión sobre el cine de aventuras tanto como de la progresiva disminución de los espacios para el asombro y el descubrimiento.

Antes que cualquiera de sus otros registros, para Kurosawa, la figura de Toshirô Mifune siempre debe haber sido la ideal para representar su versión orientalizada del maverick westerniano, ese personaje indomable, lleno de secretos, pero que en algún momento podía delatar los signos de la eterna búsqueda de la justicia y el honor, tal cual los seguidores de las consignas del Bushidō.

Algo que me llamó la atención al respecto desde la primera vez que vi Rashomon o Los siete samuráis fue precisamente que en medio de los súbditos semi rapados de ese Japón antiguo recreado por la Toho, Mifune aparecía siempre desafiante con el gesto y la presencia toda de quienes suelen morir en su ley, íntima e indescifrable.

El francés Chris Marker se introdujo en 1984 dentro del rodaje de la nueva cinta épica que Kurosawa venía preparando tras la monumental Kagemusha. La película en cuestión sería Ran y como la anterior presentaría una visión desoladora pero a la vez misteriosa del fenómeno de la guerra y sus motivaciones. Es a partir de esa idea que el propio documentalista se dedica a indagar sobre ese hombre detrás de los antojos oscuros y los guantes, siempre meticuloso en extremo, capaz de solucionar alguna cuestión creativa con solo una frase, tal y como su experiencia profesional se lo permite, aunque también asome en él la sobra de lo enigmático, ya sea cuando la cámara lo registra de cerca o de lejos como parte de ese mundo de laborioso artificio, todo un castillo de fantasía creado en el Monte Fuji.

Casi parece mentira el hecho de que hoy martes 23 de marzo estemos recordando que el tenno japonés del cine nació ya hace un siglo, pues su influencia se sigue sintiendo muy cercana, atemporal, clásica y muy contemporánea al mismo tiempo. Akira Kurosawa descendía lejanamente de un linaje de samurais, dato que tal vez no sería tan relevante si no fuera porque, aparte de que estos personajes se popularizaron a nivel mundial por sus películas, al director le tocó sobrellevar experiencias vinculadas al dolor y pruebas a un código personal de honor que contrastan visiblemente con la impresión que tenemos mayoritariamente de su exitosa trayectoria.

Admirador de la cultura occidental, Akira Kurosawa siempre trabajó los motivos y esquemas de las narraciones de género, desde el drama social o la aventura épica con toques picarescos. Pero en ocasiones, sus ambiciones artísticas lo llevaron presentar retratos menos complacientes de la condición humana, que lo llevaron por la senda de la tragedia clásica en 1957 con esta adaptación del Macbeth shakespeariano que a la larga terminó por convertirse en una de las mejores que se hayan hecho en el cine. Con algunas modificaciones en la trama y los personajes, aquella historia sobre el destino envilecido de un líder se traslada hacia el Japón medieval y reconvierte al protagonista en Washizu, interpretado por un soberbio Toshirô Mifune.

Como en toda la obra de Kurosawa, su replanteamiento de historias foráneas termina asombrosamente otorgándoles una identidad muy local, pero en el caso de Trono de sangre consigue la proeza de también conservar su esencia.

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