Good (2008)

good-posterDir. Vicente Amorim | 96 min. | Reino Unido – Alemania

Intérpretes: Viggo Mortensen (John Halder), Jason Isaacs (Maurice), Jodie Whittaker (Anne), Steven Mackintosh (Freddie), Mark Strong (Bouhler), Gemma Jones (Madre), Anastasia Hille (Helen), Ruth Gemmell (Elizabeth), Ralph Riach (Brunau), Steven Elder (Eichmann)

Estreno en España: 22 de mayo del 2009

Quizá si no fuera porque Amorim embarcó en su proyecto a una moldeable estrella como es Viggo Mortensen, su película hubiera pasado desapercibida por las pantallas, o simplemente estaría en el cajón de las miles de cintas no estrenadas. El proyecto de Amorim, adaptación de una obra de teatro, utiliza la alegoría con algunas imágenes metafóricas que etiquetan a esta historia con su particularidad, y que aterrizan en un crescendo emocional final. Por lo dicho, la historia se sustenta poco en el antes y el después de las circunstancias del protagonista, un intelectual arrastrado (queriendo y sin querer) al nazismo.

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Alejarse de la realidad

Apuntaba Roberto Alcover Oti en Dirigido por… que el cineasta Bryan Singer, transmutado en un inesperado esteta, había logrado que la reciente Valkiria desactivara la capacidad de reflexión por medio del artificio, exponiendo unos hechos sin otro objetivo que el puro entretenimiento. Es decir, nada nos avisa del caos moral existente entre los propios nazis. Se sigue dando por seguro que las temáticas sobre el Holocausto judío, que son un mar sin fondo, siguen atrayendo audiencias, y siguen siendo una apuesta ganadora en taquillas, tanto desde el punto de vista económico como artístico, aunque el segundo se supedite cada vez más al primero. Los enfoques son poliédricos y heterogéneos, pero resulta anecdótico lo poco que se ha auscultado y explorado el interior del apiario nacionalsocialista, instrumentando una reflexión más ambigua de ciertos elementos atrapados en su propia tela de araña, el conocido como buen hombre, entonces y ahora, que en una rocambolesca atmosfera de matices engañosos caen en las marañas de la manipulación maldita del poder.

Hollywood ha mantenido tenazmente esa táctica tan suya del maniqueísmo de fronteras bien delimitadas, desde que la pusiera en práctica D.W. Griffith, con tan buenos resultados para las audiencias populares de aquel nuevo medio de entretenimiento, el cine. Y si bien los buenos han sido atornillados con un abanico de mayores posibilidades, haciendo incluso que sus pecadillos sean adorables, los malos han sido pergeñados en una negra y absoluta maldad bíblicamente diabólica. Y que decir tiene que la duda, casi nunca, ha hecho acto de presencia en el jugoso material sobre las variadas colmenas que fueron conformando las SS, quienes, obviamente, habían de servirse de una pléyade de profesionales de élite para dar entidad de respetabilidad y adecuada corrección a la nueva causa de crear la sociedad perfecta. Filósofos, catedráticos, cineastas, (entre los que todos tenemos nombres muy repetidos), físicos y químicos, o escritores como el protagonista de Good, del director brasileño nacido en Austria, Vicente Amorim. Quizá si no fuera porque Amorim embarcó en su proyecto a una moldeable estrella como es Viggo Mortensen, su película hubiera pasado desapercibida por las pantallas, o simplemente estaría en el cajón de las miles de cintas no estrenadas. Pero Viggo es de esas deliciosas criaturas que tanto fichan en grandes aventuras mainstream, como juegan pequeños encuentros de segunda división, y parece apetecer las mieles de lo pequeño, regalándose con ello un cariz de cercanía y admiración que pocos actores, muchos más distantes, consiguen. Adorable Viggo que nos susurra un español con acento argentino.

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Hay películas que contando el pasado, hablan y advierten del presente. Good es una de ellas. Advertirles, para empezar, que no están ante una película al uso. La cinta de Amorim se sustenta en una reflexión sobre lo ético y lo moral, sin dar relumbre a la puesta en escena y su equilibrio estético y narrativo. Lo que produce, entendido el cine bajo los parámetros de la seducción, un resultado irregular de extraña mirada que bebe en la estética teatral de pocos personajes y escasos espacios, pero de un poso más profundo de lo que su “aparente” inanidad da a entender durante el discurrir del film, y en el cual el peso específico de la emotividad provocada en el espectador recae en el trabajo sutil y minimalista de los actores. El proyecto de Amorim, adaptación de una obra de teatro, utiliza la alegoría con algunas imágenes metafóricas que etiquetan a esta historia con su particularidad, y que aterrizan en un crescendo emocional final. Por lo dicho, la historia se sustenta poco en el antes y el después de las circunstancias del protagonista, un intelectual arrastrado (queriendo y sin querer) al nazismo. En sí, se pasan algunos apuntes, algunos dardos, de su situación personal que más bien quieren dibujar su personalidad pusilánime y titubeante, pero al mismo tiempo bondadosa. El tema central de la película es la manera en que los gobiernos se anexionan ciertos intelectuales para acabar de convencer a sus ya deslumbrados seguidores y apropiarse de los dubitativos, y evitar las controversias que todo profesional de élite lleva (o debería) portar en su equipaje.

Good es una película que tiene mucha sustancia que degustar, que deconstruir, y mal me temo que me voy a alargar en este comentario más de lo conveniente. Pero hago mías las palabras de Alejandro G. Calvo de que una crítica debería ser siempre algo más, sin aleccionar ni ordenar, siendo autómata pero permeable, nunca estática, siempre viva e incompleta, incluso equivocada, contradictoria e indignante sin límites en el horizonte, alejada de la burocracia que impone la cotidianidad de lo leído en todos los medios. Adiós a los que se cansaron, y paciencia a los que continuan aquí.

Se repite hasta la saciedad que el nazismo surgió de las urnas, que un pueblo agotado y desmotivado necesitaba de ideas carismáticas y relucientes que prometían ordenar el caos natural, el del hombre en su convivencia global. !Ordenar el caos inherente a la humanidad!. Para ello nada mejor que construir conceptos. Seducir a las masas con la sociedad ideal, y atrapar a los intelectuales con deslumbrantes materialismos, prebendas y privilegios, agasajos y admiración. Nada que les guste más. Ayer como hoy.

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John Halder (Viggo Mortensen) es uno de esos intelectuales. Escritor y profesor universitario, sus ideas sobre la eutanasia por motivos humanitarios, plasmadas en una novela de ficción, son utilizadas convenientemente por los nazis. Considerado un elemento provechoso, es atraído poco a poco al partido del que finalmente forma parte. La cámara respira la inseguridad de su carácter y transmite, más con los silencios de Viggo/Halder que con las palabras, su arribismo un tanto ingenuo. Pero hay algo diferente en esta lenta transformación de Halder, mientras la realidad se le resiste, su inconsciente sale a la superficie con alucinaciones esporádicas en las que la música es protagonista. Algo que el director ha colocado sin avisar, y que sorprende sobremanera a la audiencia. Pero aclaremos algo, este curioso toque surrealista, si bien en un principio parece romper con la fluidez dramática, resultará ser un instrumento perfectamente válido y sugestivo en el final.

Amorim juega tranquilo, no quiere construir una crescendo explosivo a lo gran melodrama. Mantiene la intensidad con una velocidad parsimoniosa para abocar a un desmoralizante choque con la realidad, y lo hace con una estética que no deja de ser seductora en la creación de ambientes, con un buen trabajo de vestuario y una correcta utilización del rodaje en Budapest. Halder representa a esos nazis ambiguos, que con la intención de mejorar su status, utilizan su conveniente y cómoda ceguera, acabando en una situación sin salida. No sin ciertas frustraciones provocadas por la construcción de la historia, vemos como Halder pasa del caos familiar en el que se encuentra, a un orden familiar nuevo, de la mano de Anne, joven seductora y seducida por el nazismo, para comprobar como este orden le helará la sangre. Good es una opción recomendable que habla del presente y de la moralidad de los intelectuales en su relación con el poder. Es un desafío, un reto diferente para el espectador. Un antídoto contra los aguados mainstream. Deja trás si una larga estela de reflexión. Deja trás si una larga estela de reflexión sobre lo que apuntaba al comienzo, el caos moral entre los propios nazis.

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