Reseña de “Ida” (2013), de Pawel Pawlikowski

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No es todos los días que uno tiene la oportunidad de ir al cine a ver una película polaca en blanco y negro y en 4:3. Esta película en particular está protagonizada por una monja judía huérfana y tímida que busca a sus padres, y una jueza prostituta alcohólica que fuma y sabe romper cerraduras. Más indie que esto, imposible.

Ida - Pawel Pawlikowski

Agradezco que UVK Multicines (hey, no me han pagado ni nada eh) se haya animado a traer Ida, de Pawel Pawlikowski, una película sin aspiraciones comerciales pero con mérito artístico, una cinta visualmente impresionante que considero vale la pena ver, aunque sea para descansar de todas las explosiones y efectos digitales y malos chistes que uno normalmente ve en los multicines.

El filme se desarrolla en Polonia de los años 60, y está protagonizada por la monja anteriormente mencionada, Anna (Agata Trzebuchowska), quien está a punto de realizar sus votos. Sin embargo, su reverenda le dice que antes de poder hacer eso tiene que ir a visitar a su familia, por lo que se va a la casa de su tía Wanda (Agata Kulesza), la anteriormente mencionada jueza prostituta alcohólica fumadora. Es aquí que le revelan un secreto a Anna: su verdadero nombre es Ida Lebenstein, sus padres eran judíos, y fueron asesinados durante la Segunda Guerra Mundial. Anna decide entonces visitar las tumbas de sus padres, y por lo tanto es acompañada por Wanda en un viaje que hará que las dos piensen tanto sobre su pasado como sobre su futuro.

Ida no es necesariamente una película accesible, al menos no de la manera en que Hollywood nos ha acostumbrado, pero a la vez no me pareció particularmente oclusiva. Sí, tiene el típico ritmo lento de filme independiente europeo, y sí, contiene relativamente poco diálogo, pero la película jamás me aburrió.

La historia que nos presenta es innegablemente interesante, y aunque la protagonista (Anna) definitivamente podría tener una mayor personalidad, la actuación de Agata Kulesza como Wanda me mantuvo pegado a la pantalla durante (casi) todo el tiempo. El contraste entre ellas es obvio pero efectivo: una es una monja con pocas experiencias, alguien que jamás ha salido al mundo y ha interactuado con pocas personas, mientras que la otra es una alcohólica llena de demonios internos y culpabilidad, alguien con muchas más experiencias y dispuesta a divertirse. No se trata de la interacción entre protagonistas más original del mundo, pero funciona.

Sin embargo, si hay algo que debe admirarse de la cinta, es su calidad técnica. La fotografía, presentada, como mencioné antes, en 4:3 (es decir, en formato cuadrado) y en blanco y negro, es simplemente bella. La manera en que el director hace uso de los claroscuros, de las sombras y de los parajes casi desérticos de la Polonia rural es espectacular. Pawlikowski definitivamente tiene buen ojo, presentándonos con encuadres únicos, muchas veces usando el “techo” excesivo para crear sensaciones interesantes, y colocando a sus protagonistas en la parte inferior del encuadre, como para hacer que uno tenga que mover la cabeza para verlos.

Su cámara se mueve muy poco (exceptuando el plano final de la película), pero me encantó como los objetos y las personas se mueven dentro del encuadre; muchas veces la cámara se enfoca únicamente en una de las protagonistas, con los personajes secundarios entrando al encuadre esporádicamente, o incluso solo metiendo manos o saliendo de espaldas. Se trata de un look memorable y distintivo, y casi hipnotizante.

Ida, de Pawel Pawlikowski

Lamentablemente dudo que se le haya dado el mismo cuidado al guión. No me tomen a mal, como dije anteriormente, la película no me aburrió ni mucho menos, pero sí siento que los personajes, especialmente el de Anna, no están particularmente bien desarrollados. Me llamó la atención que ninguna de las dos protagonistas, para el final de la película, haya cambiado (a pesar de todas las experiencias que viven a lo largo de la historia), y que el director no haya logrado crear ninguna reacción emocional en mí, a pesar de las cosas horribles que se cuentan en Ida. De hecho no ayuda que Anna sea un cuasi maniquí, un personaje casi sin emociones que no logra reaccionar de manera humana a casi nada. Quién sabe, de repente se debe a una cuestión cultural (los latinos siempre hemos sido más emocionalmente abiertos que la gente de Europa del Este, supongo).

Agata Trzebuchowska tiene una mirada intensa (sus ojos totalmente negros me perturbaban a más no poder) y supongo que logra transmitir muy bien la manera en que las monjas son reprimidas emocional y sexualmente en los conventos, pero simplemente no me convenció como protagonista. Ya he hablado de su falta de reacción emocional a… bueno, cualquier cosa, pero aparte de eso, también la sentí tiesa y aburrida. Me resultó casi imposible empatizar con su personaje; quizás hubiera sido más interesante si la película se hubiera enfocado en Wanda, quien resultó estar mejor desarrollada e interpretada. Aparte de ellas dos, el único otro personaje importante en Ida es Lis (Dawid Ogrodnik), un saxofonista especialista en jazz y rock and roll. No se trata de un rol particularmente memorable, pero al menos les da a las chicas alguien más con quien interactuar. Eso, y protagoniza una memorable escena que incluye una magnífica pieza del genial John Coltrane.

“Ida” es una película que creo vale la pena ver en el cine por sus cualidades técnicas e historia de interés, pero que sin embargo pudo haber resultado mejor con algunos cambios en el guión y mejorías en la dirección de actores, especialmente en lo que se refiere a su religiosa protagonista. Además, aunque uno creería que la fuerza narrativa detrás del desarrollo de la trama es la búsqueda de los padres de Anna, al final resulta que no es así, lo cual hace que “Ida” termine de manera algo anticlimática y hasta predecible.



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