Festival de Morelia 2016: Críticas de “Todo lo demás” y “Mexicanos de bronce”

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Todo lo demás (2016), de la directora Natalia Almada, es una lectura a “Jeanne Dielman” (1976). En el filme mexicano veremos a la actriz Adriana Barraza inmersa en la rutina de una solitaria empleada pública. Los espacios que recorre en su mayoría son lugares públicos; es decir, áreas abarrotadas por una gran colectividad. A pesar de esto, vemos a la protagonista luciéndose extraviada en el vacío. Su interacción con el resto no se ajusta más que a lo acostumbrado. Tendrá que suceder un acontecimiento en la intimidad de la mujer para que recién ponga atención a esa carencia. Entonces se mantendrá en vela y atenderá más a ese sueño recurrente (o tal vez pesadilla), se maquillará, se esforzará por interactuar con el mundo.

Así como en el filme de Chantal Akerman, en “Todo lo demás” la angustia habla sin mediar tantas palabras. La afección del filme, sin embargo, se ve cuando la directora se dispone de los atajos que harán más “palpable” dicha angustia. Esto, lastimosamente, sucede desde el principio de la película. Un gato, los programas anticuados en la televisión, la lluvia, los mismos sueños. Natalia Almada se ve además en la obligación de revelar algo de la coyuntura de su país. Es esa necesidad por responder a una colectividad; en este caso, gesto innecesario dentro de un mundo que apuntaba a la gráfica individual.

Adriana Barraza en "Todo lo demás" (2016).

Adriana Barraza en “Todo lo demás” (2016).

En el documental Mexicanos de bronce (2016) el director Julio Fernández Talamantes se infiltra en una de las cárceles del país norteño con la intención de explorar la rutina de un grupo de reclusos dedicados al rap. En la introducción del filme conoceremos el perfil de algunos de sus integrantes. Poco se comenta sobre sus delitos o antecedentes penales. Lo esencial en este inicio es el ascenso optimista de cada uno a propósito de esa práctica musical que adoptaron tras las rejas y que además resulta ser un empuje moral para un futuro escrito (ante una larga pena por cumplir) o uno incierto (ante una próxima salida).

Para una siguiente parte, la historia parece centrarse a un solo personaje. A partir de entonces el documental comienza resultar algo disperso. “Mexicanos de bronce” por momentos luce como un documental sobre un colectivo, sin embargo, se siente más inspirado ante un testimonio individual sobre ese mismo optimismo que se agota o que se convierte en fantasía dentro de “lo real”. Su final parece rememorar a los de documentales como Streetwise (1984) o La vida loca (2008), en referencia al pronóstico trágico e incorregible.

Mexicanos de bronce (2016), de

Mexicanos de bronce (2016), de Julio Fernández Talamantes.



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