[Crítica] “La Bruja” nos recuerda el fundamentalismo religioso de campañas tipo “Con mis hijos no te metas”

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Si Hasta el Último Hombre, la película de Mel Gibson, muestra la faceta más deseable de la religión, “La Bruja”, opera prima de realizador Robert Eggers, nos muestra –sin pretenderlo– su aspecto más negativo. Ambientada en el escenario de migrantes puritanos en la Nueva Inglaterra del siglo 17, el filme construye un clima de terror apoyándose en el fanatismo religioso, algunas de cuyas manifestaciones –superstición, sospecha, paranoia, ignorancia– las podemos ver en el Perú (y otros países de América) del siglo 21, entre manifestantes evangélicos que protestan contra la llamada “ideología de género” que buscaría “homosexualizar a los niños” desde el Estado.

Esta película se concentra en la ambientación histórica, la presencia sobrenatural asociada a la naturaleza y los componentes humanos.

En un género como el del terror, donde abundan las cintas de brujería y posesión diabólica, llenas de trucos y efectos especiales, el realizador Robert Eggers marca una diferencia al recuperar las fuentes básicas del género, tal como lo informa un cartel en los créditos finales. Ahí se indica que el filme está basado en antiguos cuentos y leyendas sobre brujería, los que son bastante reconocibles. Este es un caso de recuperación de lo esencial, limpiando al género golpes de efecto, sustos inesperados o gatos negros. En cambio, el director diseña una puesta en escena libre de efectismo y se concentra en la ambientación histórica, la presencia sobrenatural asociada a la naturaleza (el bosque) y los componentes humanos (personajes e imaginarios).

La película se focaliza en una familia de migrantes británicos llegados a Norteamérica y expulsados de una comunidad puritana local. La familia se instala cerca de un bosque encantado en donde comienza a sufrir el asalto de una bruja local y de su jefe, el demonio. Pero lo fascinante es cómo el mal envuelve a los personajes atizando sus creencias religiosas, las que rayan en el fanatismo. Lo extraordinario no es tanto lo sobrenatural sino lo propiamente humano. Se instala en esta familia un clima de sospechas a partir de malentendidos y conflictos de muy limitado alcance pero que se amplifican y diversifican de tal forma que se generan consecuencias inesperadas; las que, a su vez, desatan acusaciones mutuas, pánico y paranoia. A tal punto que las crecientes invocaciones de los miembros de la familia al dios cristiano aumentan en la misma proporción que los avances hechos por las fuerzas infernales (brujas y macho cabrío). Es más, la propia religiosidad pareciera transmutarse en su opuesto, el culto satánico que finalmente se impone sembrando la muerte a su paso.

El mal crece desde lo físico (enfermedad), avanza hacia lo mental (alucinaciones, locura –demonios interiores–) y va hacia el encuentro con lo sobrenatural (demonios externos). Eggers no oculta a los agentes del mal, los hace aparecer con naturalidad y siguiendo una lógica dramática donde los personajes sufren un proceso de autoconocimiento, descubriendo (aterrados) la maldad que llevan dentro. Lo hacen a través de sus actos, desencadenados por ese clima de terror y paranoia que van construyendo. Resulta lógica, entonces, la existencia de seres y poderes sobrenaturales. El director ha conseguido expresar este proceso y la interacción con lo demoníaco mediante el trabajo corporal de los actores, sin necesidad de llegar usar recursos tipo “El Exorcista” y similares.

Cabe aclarar, sin embargo, este es solo un aspecto de la cuestión. La película es algo ambigua respecto al tema de la religión. De hecho, nunca se explican claramente los motivos de la expulsión de la familia de la comunidad puritana al inicio del filme; solo se sugiere vagamente que sería por diferencias religiosas. Podría suponerse que, al ser expulsada, la familia pierde el favor divino, le caería una especie de maldición y ello explicaría el gradual avance de las fuerzas del mal sin que sus víctimas puedan evitarlo; más bien, como describo más arriba, terminan por estimularlo. De esta manera el director también tiene el campo libre para mostrar dramáticamente lo que es su objetivo primordial: una historia basada en las leyendas sobre brujería.

La película rehuye todo efectismo y se apoya en la expresión corporal, la fotografía y la música.

En tal sentido, cabe aclarar que Eggers no busca pelearse con la religión, ni cuestionarla; solo la presenta como un elemento más de ese mundo fantástico y terrorífico que le interesa desarrollar, con su respectiva contextualización histórica. Lo cual no impide la posibilidad de referenciarla –hasta cierto punto– con tendencias religiosas en el presente, como lo discutiremos sucintamente más adelante.

Mención especial tiene el trabajo de fotografía de un bosque y una casa que van de lo verdoso y grisáceo a la penumbra y la oscuridad; así como una representación realista de las condiciones de vida en la época y grupo humano específicos (pobreza extrema). Igualmente, destaca el aprovechamiento eficaz de los exteriores (el bosque adyacente) y la música casi puramente coral, algo desbocada, la cual incrementa la sensación de lo fantástico y maligno en el marco de lo cual se desarrolla la acción.

El trasfondo, obviamente, es que se asocia lo demoniaco con la naturaleza desconocida –el inexplicable fracaso de la cosecha, por ejemplo– por gente que vive en condiciones de miseria y precariedad materiales. Sobre esta base (ignorancia) se generan, incontrolables, los temores que asumen una forma religiosa de origen calvinista.

Antes que una película de terror, esta es una cita sobre el cine de terror como género, con énfasis en los filmes sobre brujería. Más que asustarnos nos asombra y fascina porque apunta hacia un arquetipo universal que nos retrotrae a las narraciones de nuestra infancia y a los terrores de entonces (temor a lo desconocido, a la oscuridad, a lo oculto); y también porque su buen balance entre reconstrucción histórica y producción artística complementa la manera realista con que reconstruye la época en que transcurre la acción con ese mundo legendario propio de aquellas narraciones fundacionales.

Las invocaciones religiosas solo aceleran el avance de las fuerzas diabólicas

Es este sentido, La Bruja supone una revitalización del género, con referencias claras a esos patrones inconscientes universales pero también a ese presente conspiranoico que parece estar invadiendo nuestro mundo en la actualidad. A diferencia, por ejemplo, de La La Land, cinta que también pretende una recuperación del musical clásico hollywoodense, pero que se limita a reciclar códigos del pasado –en un ejercicio de ombliguismo industrial brillante pero vacío, salvo por la taquilla– sin ninguna reflexión seria sobre asuntos de entonces y menos sobre el presente.

De otro lado, es imposible no establecer algunas conexiones entre componentes de este filme y manifestaciones contemporáneas de fundamentalismo religioso en la actualidad en Perú.

En Lima, su capital, no tenemos ese tipo de bosque de Nueva Inglaterra, pero sí un entorno inesperadamente tenebroso: calor extremo e inusual (“infernal”), elevada radiación solar, lluvias y desbordes de ríos que causan destrucción, cielo ocasionalmente encapotado, ventarrones, pequeños pero constantes sismos, restricciones de servicios básicos; en fin, elementos que podían hacer parte de filmes demoniacos. Y así como el bosque de La Bruja ha caído en manos del demonio (superstición siglo 17), los males que azotan Lima –según los miembros más delirantes de un conglomerado de iglesias evangélicas– serían un castigo de Dios por la implantación de una supuesta “ideología de género” en los colegios públicos (superstición siglo 21).

Mientras que en “La Bruja”, los hermanos menores sospechan de la hermana mayor y, luego, la madre de su hija, así también los evangélicos desconfían del Ministerio de Educación y del propio gobierno. Y cuando –en el filme– la hija se defiende, sus argumentos no aclaran las sospechas sino que las incrementan, abonando al clima de desconfianza y paranoia. Lo mismo ocurre en Perú: cada aclaración del Ministerio de Educación incrementa la desconfianza y la paranoia. Los evangélicos sienten que su libertad de expresión se ve limitada, dicen, por no poder criticar (léase, denigrar ni agredir públicamente) a las personas LGBTI. Luego pasamos al nivel de las alucinaciones, mejor dicho, de lo alucinante: un congresista evangélico del propio partido de gobierno pide la vacancia presidencial y la insurrección con fecha fija.

Esta paranoia está alimentada por la idea de que existe una conspiración mundial para imponer la “ideología de género” y la “homosexualización de los niños”, integrada por gobiernos, ONG y laboratorios transnacionales con el objetivo de “destruir a la familia”. Este es el equivalente, en el siglo 21, del episodio de destrucción de la familia que se narra en “La Bruja”, en el siglo 17.

Un inocente animalito puede simbolizar al maligno. Lo mismo ocurre con la religión en manos de fanáticos.

En la película que comentamos, detrás de todo se encuentra el demonio y –obviamente– la susodicha. Y en la actualidad ¿quién estaría detrás de toda esta supuesta conspiración mundial? ¿quién movería los hilos de gobiernos, transnacionales farmacéuticas y medios de comunicación masivos globales? Según las iglesias evangélicas (y sectores de la católica), las feministas radicales y los activistas LGTBI. Es decir, que el equivalente actual de las brujas de hace cuatro siglos son… ¡las feministas y los gays!

Como vemos, el fanatismo religioso exacerbado termina por anular todo vestigio de amor al prójimo, bondad, tolerancia y hasta cordura mental que puede atribuirse a la religión. En su remplazo tenemos más bien acusaciones de posesión demoniaca en el Estado, sospechas de complicidad con presuntos poderes ocultos transnacionales, temores (interiores y externos relativos a la sexualidad), emociones descontroladas, reacciones impulsivas y odio infundado. Todo lo cual se manifiesta en sectarismo, discriminación, machismo, homofobia y misoginia. Quizás, en este sentido, el siglo 17 no está tan lejano como parece.

Hasta aquí llega la comparación entre esta obra y algunos aspectos de la misma con fenómenos de nuestra realidad contemporánea. Esta es la faceta de la religión que Mel Gibson descarta en su –por otra parte notable– filme Hasta el Último Hombre, que comentáramos días atrás.

En suma, “La Bruja” es una película que recupera las fuentes populares del cine y la literatura de terror clásicos; con inocultables referencias a gentes aterrorizadas (gratuitamente) por razones religiosas en el presente. Muy recomendable.

La bruja

Estados Unidos, Canadá, 2015, 90 min
Dirección: Robert Eggers
Interpretación: Anya Taylor-Joy (Thomasin), Ralph Ineson (William), Kate Dickie (Katherine), Harvey Scrimshaw (Caleb), Lucas Dawson (Jonas), Ellie Grainger (Mercy), Bathsheba Garnett (bruja), Sarah Stephens (joven bruja), Julian Richings (Gobernador), Wahab Chaudhry (voz de “Black Phillip”). Guion: Robert Eggers. Fotografía: Jarin Blaschke. Música: Mark Korven.



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1 comentario

  1. Mina dice:

    Así de simple: Estás contra Dios y punto; pero, despues cuando regrese, a ver si eres capaz de refutarle algo o tal vez ni siquiera lo llegues a ver ya que te habrás ido antes. Arrepiéntete que aun hay tiempo antes de que este se acabe. Lee, lee y lee, ha me olvidaba… y arrepiéntete.

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