Mi amiga Lizzy

Quiero que me tomes de la mano y no me dejes nunca.
Eso es lo que pienso mientras Lizzy me lleva, con su sonrisa de niña buena, a caminar por el Jirón Quilca, con dirección al Teatro Colón, aquel obligado ex-centro de reunión para amantes del porno, pajeros y curiosos, lugar al que, lamentablemente, nunca asistí.
No puedo creer que nunca hayas venido al Cine Colón, me dice Lizzy, y yo pienso no me importa nunca haber venido aquí, me importa que ahora me estás llevando tú, pero no se lo digo, porque no quiero incomodarla con mi cariño o con palabras que verbalicen algo que el contaminado ambiente del centro de la ciudad ya alberga: el inmenso aprecio que tengo por ella.
Que gracioso conocerte, dice Lizzy, y recuerda aquel día soleado -no hace mucho- en que salimos a conversar frente a mi inquieta cámara. Me gustó mucho la entrevista, comenta alegre y, una vez más, pienso qué simpático es que todos crean que yo hago “entrevistas” cuando, en realidad, son simples conversaciones ante una cámara casera. Más gracioso es conocerte a tí, le respondo educado y, otra vez, nos miramos fijamente sonriendo sin nada que decir, y aunque el invierno de Lima no es tan extremo, yo decido romper el hielo creado por razones presuntamente extra-climáticas diciendo que lindo es conocerte, Lizzy, la abrazo calientito y la llevo a uno de mis bares favoritos.
¿Qué pasó en el bar? ¿Y después? Sigue leyendo tras el salto »

Lunes, 9 Julio 2007, 9:40 pm
Comentarios(13)

Y en los Estados Unidos las autoridades están indignadas, casi tanto como 
Hace poco les hablaba acerca de 
































