The Illusionist
Dir. Neil Burger | 110 min. | EE.UU. – República Checa

Interpretes: Edward Norton (Eisenheim), Paul Giamatti (Inspector Uhl), Jessica Biel (Sophie), Rufus Sewell (Príncipe Leopold), Eddie Marsan (Josef Fischer)

Estreno en Perú: 4 de enero de 2007

El arte de la ilusión, de hacer posible la entrada de las fantasías a nuestro mundo de concreta realidad se encuentra en la esencia misma del cine. Esta aventura romántica y misteriosa le encuentra su parentesco con el mundo de la magia el cual encandilaba a las audiencias en el preciso momento de su nacimiento. Eisenheim, el ilusionista del título, viene a representar la cabal idea de lo insólito. Sus actos deslumbrantes irrumpen (como las imágenes en movimiento) en la conservadora sociedad del antiguo imperio austro-húngaro para fascinarla (u horrorizarla) con las posibilidades más allá de las barreras de la física, la lógica, lo social y todo aquello que se antepone a la misma realización de los sueños más desbocados. Edward Norton interpreta a este héroe convertido a la causa de una verdadera rebelión en pos de conseguir su verdadera ilusión, grande o pequeña eso no lo sabemos.

Sorprende este film del americano Burger por su astucia, coherencia y lirismo. En primer lugar, nos encontramos ante un homenaje a esos personajes de la literatura del siglo XIX, soñadores en medio de los violentos cambios de la era moderna. La película es un cuento teñido con las galas de los artificios actuales de los que se vale el director para otorgarle una apariencia añeja, que a su vez incide miméticamente tanto en los primeros andares del cine como en la amarillenta apariencia de un edición muy antigua de alguna novela de la época, impresionante trabajo de Dick Pope (usualmente habituado a lo despojado del cine de Mike Leigh). Así es como somos testigos de la aparición del extraño protagonista ofreciendo lo que mejor conoce y sin ningún problema en hacer lucir la perfección del artificio. Todo visto a través de los ojos del inspector Uhl, personaje clave en su faceta de testigo, secreto admirador y posible perseguidor a la vez. Es aquí que se distancia notoriamente de esa otra historia de magos que fuera realizada casi paralelamente por Christopher Nolan en The Prestige.

La opción de Burger es la de la solidez de la tradición clásica, distinta a las pirotecnias narrativas de la otra película. Las únicas pirotecnias que se reserva es la de los inexplicables y relucientes actos con los que el “hechicero” seduce a su audiencia de adentro y afuera de la pantalla (que crece como el naranjo de una de ellas). Convertido en toda una estrella en la reluciente Viena habrá de dar inicio a un acto mayor e intrigante. Es el regreso a su vida del amor perdido (en las facciones de Jessica Biel) que lo llevará al enfrentamiento no tan disimulado con el príncipe Leopold (Rufus Sewell en permanente papel de villano). El director entonces se preocupa por hacer lucir la absoluta diferencia entre ambos. Acaso el pragmático y vulgar heredero sea la voz reaccionaria y más potente del orden establecido negándose a creer en lo que sucede en el escenario (también dentro y afuera), mientras que el ilusionista responde ante ello de la misma manera que siempre utilizó para sobrevivir en el mundo de jerarquías y destinos preestablecidos: con la convicción de lo maravilloso.

Rencores escondidos y desprecios disimulados que no tardarán en darse una mutua mirada de separación (de clases o eras) ante la noble espada Excalibur sirviendo de burla digna de Voltaire. Pero es sólo ante el mayor despojo que el héroe asume su esencia romántica para que la película se convierte en toda la crónica de una extraña revolución. El show de prestidigitación asume una causa mayor que el entretenimiento, nos presenta los rostros de fantasmas que representan a muchos más (en pos de un cambio). La fantasía toma la forma de la provocación más subversiva y en la cual el siempre fiel inspector Uhl se encontrará atrapado tanto como en sus propias contradicciones. El acto final de Eisenheim se limita a hundir todavía más en el misterio su figura e intenciones ya proscritas. El director Burger juega hábilmente entonces con la revelación, con los giros. Ahí donde The Prestige nos entregaba la visión pesadillesca de ellos como entrada, también, a una era de consecuencias a cada presentación y revelación de sus trucos, The Illusionist nunca delata su condición de juego o artificio.

La incertidumbre ante la convicción de su parafernalia nos ha mantenido en constante interrogante hasta el término de este acto elaboradísimo. Y en ello cuentan fundamentalmente Edward Norton y especialmente Paul Giamatti. La película transcurre en tensión creciente a causa de esa interacción entre el artista y su cancerbero que en determinado momento se asumen como miembros de la misma manada incapaz de realizar sus ilusiones sino es a través de los atajos que la maña les da. Habilidades que se juegan bajo el riesgo permanente de ser descubiertas para terminar con las respuestas más obvias y por ello las primeras en descartarse (alusión a otro gran romántico como Edgar Allan Poe). La sonrisa final y el aplauso contenido de Uhl es la reacción espontánea a esta pequeña victoria en la que descubrimos que la ilusión se ha cumplido nuevamente para los vítores de otro público, después de todo el asombroso Eisenheim resultó un hombre de ilusiones más cercanas acá que al más allá.