La conquista del honor (2006)

Flags of our fathersFlags of Our Fathers
Dir. Clint Eastwood | 132 min. | EEUU

Intérpretes: Ryan Phillippe (John “Doc” Bradley), Adam Beach (Ira Hayes), Jesse Bradford (Rene Gagnon), Barry Pepper (Mike Strank), Jamie Bell (Ralph “Iggy” Ignatowski), John Benjamin Hickey (Keyes Beech), John Slattery (Bud Gerber), Melanie Lynskey (Pauline Harnois), Neal McDonough (Capitán), Paul Walker (Hank Hansen), Robert Patrick (Coronel Chandler Johnson).

Estreno en Perú: 25 de enero de 2007

El episodio de la Batalla de Iwo Jima perennizado en la famosa fotografía de los soldados levantando la bandera triunfal es el motivo que dispara este ambicioso y cuestionador proyecto de Eastwood, quien fiel a sí mismo nos presenta la historia detrás de la creación del mito, del tan exaltado acto patriótico. Es el inicio de un film complejo y hasta cierto punto fracturado (como no veíamos en Clint desde Midnight in the Garden of Good and Evil), una nueva mirada melancólica y desencantada que somete a cualquier auténtico grito de romántica victoria. En su parte americana, la mirada que nos ofrece Eastwood sobre el enfrentamiento en la lejana isla, sus consecuencias en los participantes y la escritura de la leyenda para ser memorizada por el pueblo norteamericano guarda solamente una sombra decepcionante. He allí que el titulo original aluda a las dos banderas que se izan y que habrán de representar lo opuesto la una de la otra: la primera verdaderamente heroica y de breve ondeo mientras que la segunda es una representación, una farsa que habrá de quedar registrada ante la mirada de la gran mayoría como símbolo mismo de la perversión de las “grandes causas” y que marcará para siempre las vidas de los padres y la nación.

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No es de extrañar que el tan esperado díptico sobre la segunda guerra mundial en sus dos polos opuestos se haya iniciado con este filme crítico de las primeras planas jubilosas y exageradas, pero conmovedor con las voces que se escuchan detrás, las de los testigos anónimos y los que lo son menos. Es nuevamente la mirada a la verdad pérdida, escondida lejos del alcance del niño (la gran masa) incapaz de comprender los motivos o mecanismos de la vida (a la vista del gran padre). No es de extrañar entonces que las expectativas por ver un filme al estilo de Saving Private Ryan (como tanto se cacareaba) se vean absolutamente frustradas (a pesar de la presencia del mismo Steven como productor). Acaso si el recuerdo de los sucesos en cuestión se vuelve más difuso así mismo la película se organiza como un reportaje que busca reconstruir el rompecabezas separado bajo el trueno conjugado de cañones, metrallas y gritos. El molde mayor de Citizen Kane es convocado pero de una manera todavía más oscura e inclemente. La imagen inicial del soldado corriendo por las negras (fúnebres) tierras de la isla nos lleva a su seno en el recuerdo de uno de los sobrevivientes en el tiempo presente de la película y de ahí al inicio de la búsqueda por esa verdad fragmentada en los espíritus de los envejecidos combatientes que nos devuelven a los esperados días en las vísperas al choque. El desconcierto generado ya en los espectadores permanecerá invariablemente a lo largo del metraje hasta cierto punto dejando la impresión deliberada de irregularidad (en un cineasta tildado de clásico a secas).

Flags of our fathersLos puntos de vista empiezan a diversificarse conforme vamos conociendo a los protagonistas de la historia, así como también los tiempos de la película que llegan a ser hasta tres. Y así de a tres se concentra la mirada protagónica: Doc, Rene y Ira son los portadores de las piezas esparcidas de los sucesos antes y después de la subida al Monte Suribashi. Y la película se estructura a la medida en que los recuerdos vuelven hacia ellos mientras todos los vitorean como portadores del orgullo nacional y muchos intereses más. El contundente retrato de la batalla y sus preparativos es al mismo tiempo muy ambiguo, los soldados marchan con la esperanza de la victoria, pero esperando no ser elegidos como los primeros en avanzar, los cánticos y alegría durante el viaje acallan terriblemente los gritos de auxilio de un soldado caído al agua, ensoñación y tristeza entremezcladas en los rostros de los jóvenes bajo los claroscuros que dominan toda la película apagando la última llama con un solo deseo en común. Opacidad que encuentra su expresión misma en las esperadas secuencias de combate, la épica filmada bajo el signo de lo mortuorio, lo seco y estéril como las costas de la isla de Iwo Jima. El desarrollo de éstas siendo impactantes y reveladoras del sentido del espectáculo que tiene el director son casi siempre entrecortadas y fugaces con excepción de la secuencia del desembarco que frustra nuevamente a los que esperan que se desate la acción de una vez por todas. El cine de Eastwood ha dejado hace mucho de ser complaciente.

Estas imágenes en el campo de batalla serán alternadas con las de otra campaña a la cual la película le dedica mucho más espacio. Los tres compañeros convertidos en héroes (a su pesar) serán los portavoces y representantes mismos del significado de aquélla foto convertida en material de propaganda y negocio. Ya no tiene importancia alguna quienes fueron los que enfrentaron a la muerte para ganar la cima y colocar el símbolo patrio, sólo vale aquello que se pueda aprovechar o moldear para crear el espectáculo (crítica dura a la fuente misma del país del norte que no deja de tocar a los espectadores que esperaban algo más convencional). Así se inicia toda una gira alrededor del país en el que tendrán que asumir su lugar dentro de la ilusión, la mentira (la foto), como la misma bandera que levantaron nuevamente por capricho de quien ellos mismo ni saben. Dos momentos extraordinarios son la expresión misma de este implacable retrato del consumismo como mecanismo del poder: la ascensión a ese monte de utilería en medio del partido de baseball con fuegos artificiales y aplausos del populorum, que se repite como leitmotiv, en el cual irán también remontando en sus memorias las verdades ocultas y nada útiles a la causa. La otra es la secuencia de la recepción donde se reunirán con las madres de los ausentes, incómodo momento para los promotores del show ante expresiones como un sentido abrazo de dolor.

Flags of our fathersEastwood vuelve nuevamente a ofrecernos su mirada madura y tal vez hasta amarga hacia su nación, sus personajes se vuelven la encarnación misma de los sueño o ideales despedazados y hace de ellos una elegía, una triste balada (como otras de sus mejores películas). El camino que seguirá el film se alarga con detalle (nuevamente la influencia de su maestro Leone reprocesada de manera muy personal) hasta lo último que averiguará el buscador en tiempo presente que no es otro que un descendiente de estos padres, antes niños rápidamente alejados de la luz pública cumplida su función y deberes para con “la patria”. No son pocas las controversias ante este film que a nuestra vista asoma como la gran película que realmente podríamos haber esperado de un talento sabio y humanista que como el envejecido Doc prefiere dejarnos con la imagen final de un juego de niños lejos del alcance de un oscuro padre (al de antes como el de ahora). Sólo por ellos mismos y sus seres queridos es por quienes darían la vida es la sentencia y gran revelación dentro de la guerra como ese bellísimo cierre que transforma la tierra de la muerte a la bullente carcajada de la vida chapoteando en sus playas.

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