BoratBorat
Dir. Larry Charles | 84 min. | EE.UU.

Intérpretes:
Sacha Baron Cohen (Borat Sagdiyev)
Ken Davitian (Azamat Bagatov)
Luenell (Luenell)

Fecha de estreno en Perú: 8 de marzo de 2007

Borat es un exótico reportero de Kazajistán surgido del repertorio del comediante Sacha Baron Cohen y su exitoso Da Ali G show, que como otros especimenes similares se ha mandado con la aventura de la película propia. El suceso casi irrepetible y la manera como ha sido concebido viene siendo ya motivo de veneración por muchos indie cineastas, pero como casi todas las anomalías del box office de los últimos años (The Blair Witch Project, The Pasion of the Christ) está llena de trucos que pueden hacerla surgir como verdadero hallazgo o triunfo estético en el panorama diverso y muchas veces difuso del cine norteamericano. El viaje de Borat es una mezcla del caos a lo Mr. Bean sazonado con el escarnio a las supuestas diferencias culturales casi al nivel de las burlas a los defectos físicos que abundan en su matriz televisiva. Borat es una especie de indefinido viaje sonambúlico entre ambos formatos y de ahí que con astucia se haya ganado un lugar privilegiado con el público masivo y el que no lo es tanto.

Borat

Borat tiene la apariencia de haber surgido tras la visión de la caravana de gitanos de Kusturica. El caos y potencia de ese baile frenético al que nos someten las películas del bosnio es un universo tan propio y por ello coherente que al apelar a él, nuestro comediante británico, sólo puede (y quiere) hacerlo en sus rasgos más evidentes. La película gira entorno al provinciano aterrizado a la gran ciudad pero en una burla amplificada por el grotesco en decibeles que a varios les pueden parecer al límite de lo soportable. Pero Borat fuerza a tal grado su absurda vulgaridad que resulta tremendamente divertido. El apenas diseñado guión es sólo la coartada para una serie de episodios a manera de sketchs en los que el protagonista y su fiel escudero Azamat juegan a ser adanes reprocesando su escaso (y mas que retorcido) conocimiento, el cual remite otros tantas historias vistas anteriormente y vueltas completamente inocentes por esta película. En el mundo de Borat la moral no tiene dualidades y esa es su pretendida contribución o revelación como film “original”.

Borat es a la vez una satisfacción y una trampa como espectáculo. Llama la atención su cierto ingenio (especialmente en el contrapunto de sus imágenes y la por lo menos peculiar narración del reportero-bufón), pero también su escandalosa chacota (que más que llegar al nivel y objetivo anarquista de Pink Flamingos se queda en los alardes de espantajos a lo Jackass o los hermanos Wayans). Es una película que consigue con mucha facilidad los sentimientos encontrados de los espectadores, peor de los que se sienten o sentimos más entendidos por así decirlo. El delirio festivo o la indignación contenida hace presa de quien la ve, no va más y en ello se esmera su artífice con toda la ambición de un verdadero auteur, al menos uno atravesado y adoctrinado por el circo “mediático”. A pesar de ello el nivel transgresor al que llega en la pacata cartelera norteamericana no deja de incluirse en la antología con mucha facilidad. En medio del paraíso de la corrección política el visitante del oriente (que hace igual alusión a Afganistán, Irán y demás), luce con tranquilidad su misoginia, suciedad y perversión como la suma de la imagen del honorable pueblo americano a las culturas de vida inferior a las cuales se ven obligadas a “apoyar” quiéranlo o no.

Borat A través de este viaje se suscitan toda una serie de episodios cada cual más irreverente que el anterior. Borat corretea a los sorprendidos neoyorquinos que huyen de sus saludos a besos; pasea su gallina como le da la gana, en calidad casi de bono de viaje, para escándalo de cualquier amante de los animales; se pasea entre los festivales gays seducido por el “cariño” de éstos; arremete con todo tipo de teorías machistas ante las representantes de un grupo feminista; se dispone a cantar frases antipatrióticas a los asiduos al rodeo; se impone la tarea de conquistar a la reina masiva y artificial Pamela Anderson y hasta se ve en la penosa labor de enfrentar a un par de viejecitos judíos que ocultan (a su forma de verlo) sus perversas intenciones detrás de la máscara de la afabilidad en un limpio y tranquilo suburbio de sitcom. Todo ese show irrisorio merece otra categoría que solo la de humor grueso. Es el que parte de lo enfático como muchos han hecho anteriormente (como los Farrelly por ejemplo) pero con una causticidad tan rotunda que no deja de arrancar muecas de todo tipo e intención. La secuencia más memorable, la de la cena en casa de la (nuevamente) bienintencionada instructora de etiqueta pone de manifiesto ese mecanismo humorístico del que se vale Baron Cohen. Es una búsqueda de la ofensa total en la que, convocando intentos más oscuros o siniestros, ya no bastan el ingreso de las secreciones sino de mucho más a vista y desconcierto de lo más “lindo” de la nación (señoras bien y hasta pastores evangélicos).

La burla entonces asume un giro imprevisto, va tornando su vista a los no menos pintorescos ritos de esta cultura bienhechora. La proliferación y diversidad religiosa tan grande como las comunidades y fraternidades de cualquier otro tipo se convierten en el blanco de las “gracias” de Borat perdido en una incierta road movie (que es otra tradición tan americana que convoca su película) hasta su singular y no menos insólito objetivo. Borat no dejará de contemplar la rápida aparición de epígonos que intenten asirse a su modelo de reportaje por irrepetible que pudiera resultar. Las posibilidades están abiertas mientras todavía este show da vueltas en boca de todos así la amen o la odien. Se puede decir entonces ¿que eso la convertirá en clásico?. Nunca se sabe, a veces no es necesario ser talentoso para ser influyente, sino recuerden al tan mentado Ed Wood que así como lo vemos inspiró más de un momento genial en el cine de David Lynch.

» Lee más sobre Borat