Simón dice: “Necesito un boleto Buenos Aires-Polvos Azules-Buenos Aires”

Interior avión

Estoy incómodo. Detesto los asientos de avión y -sobre todo- detesto sentarme en el medio, con un pasajero a cada lado. Lo bueno es que, a mi derecha, está sentado Simón. Lo malo es que pronto empezará a odiarme, secretamente, por mis constantes visitas a ese espacio de ridículas dimensiones que en los aviones se atreven a llamar “baño”.

Simón me aconseja que deje de pensar en Florencia, una bonarense de la que me enamoré a escondidas durante el Festival. Me regala una sonrisa y me recuerda que solo faltan cinco horas para llegar a “la capital cinéfila de Sudamérica”, que es como él llama a Lima. Yo le devuelvo la sonrisa, reitero mi declaración de amor, y le pregunto qué dirían los críticos de cine argentinos -que lo odian- acerca de Simón declarando capital cinéfila a mi querida Lima Limón. Él, sereno como siempre, hace una mueca de resignación, mira para un costado, y me canta un pedacito de un tema del grupo reggaetonero Calle 13 (que le encanta): “No guardo rencor, eso es cosa de necios. A todos mis enemigos les tengo un largo aprecio“, y echamos nuevamente a reir.

Y es que es contradictorio que Simón quiera venir a Lima cuando, más bien, muchos limeños-cinéfilos-renombrados quieren irse a Buenos Aires o, en buena gana, a cualquier lugar donde haya una “mayor oferta cinematográfica”. Él no lo entiende. Claro, en su país hay importantes festivales de cine, muchas salas alternativas y, en general, bastante actividad relacionada al cine “de arte”, pero él no quiere estar todo el día encerrado en una sala de cine ni, mucho menos, tramitar viajes entre museos y cineclubes para visionar, probablemente apresurado y de manera incompleta, selectos ciclos de cine. Además estudia, trabaja y tiene una preciosa novia, así que ocupa su tiempo en muchas cosas.

Yo no tengo novia y ahora, nuevamente, recuerdo a Florencia. Simón sonríe y me pide que cambie de tema, que le cuente acerca de Polvos Azules. Ha recibido tantas versiones acerca de nuestra popular filmoteca -ahora caigo en cuenta que tiene fama internacional- que ya no sabe como imaginársela. Por momentos la describe como esos mercaditos que están cerca a la estación del subte -si en Lima hay combi, en Buenos Aires hay tren subterraneo- establecimientos que venden toallas, maletas, candados, pero se da por vencido y me confiesa, muy modesto él, que no se imagina comprando una mochila para luego, en el stand de al lado, conseguir la filmografía completa de Truffaut. Eso no es así, dice.

Hubo una época en la que Simón peleaba con los críticos de cine de su país, no en vano ahora le tienen muy poco cariño. Simón fue el único que, en medio de todo aquel círculo intelectual, declaró abiertamente un tremendo aburrimiento y, peor, unas ganas enormes de no pertenecer a “aquel microcosmos repleto de argollas”, como le llama. Prefirió cortar por lo sano y tomar la actitud de un ciudadano común y corriente que no le hace caso a un crítico de cine y, mejor aún, que ni siquiera sabe de su existencia. Él solo quiere ver películas. Yo le cuento que Armando Robles Godoy, uno de nuestros escasos maestros, ridiculizó hace unas semanas, durante una presentación en El Cinematógrafo, a los sagrados señores de la crítica. Simón celebra mi anécdota, pero me confiesa que no conoce a Robles. Yo lo tranquilizo y le comento que ni en el Perú lo conocen bien. Me pregunta si sus películas están en Polvos. Le digo que no. Se desilusiona. Le echo ánimos y le cuento que puedo utilizar algunos contactos para que pueda visionar sus cintas. Él se alegra y me pregunta qué es lo que tanto me gusta de Florencia.

Simón cuestiona si no es absolutamente ridículo lo que está haciendo: viajar a Lima, por un día, sólo para visitar Polvos Azules y “barrer” con toda la mercadería dividitográfica. Yo le comento que es casi tan ridículo como lo que he hecho yo, que he viajado hasta Buenos Aires, por dos semanas, para estar absolutamente desconectado de la ciudad y concentrarme en el festival, no necesariamente en las películas, sino en pasarla muy bien. Si podés, podés, me dice, y me recuerda el concierto de Nacho Vegas, la musicalización de Brand upon the brain -con narración de Geraldine Chaplin– y, en general, a toda la gente divertida e interesante que he conocido. Le doy la razón, pero le recuerdo algunos comentarios de lectores que dicen que yo era poco riguroso con mis reportes y que parecía que había viajado a Buenos Aires para estar en el shopping y pasarla bien. Simón me mira con extrañeza y pregunta: ¿Y acaso no habés venido hasta aca para pasarla bien? En ese momento sonrío y me alegro de ser su amigo y que existan personas como él. De pronto, guarda silencio y, unos minutos después, se queda dormido, probablemente soñando con las miles de películas con las que va a regresar a Buenos Aires.

Simón diceA mi me resulta complicado dormir en los aviones. Odio los asientos y el aire acondicionado inspira de manera temible mi alergia. Como en el final de cualquier película, empiezo a recibir, de manera violenta y desordenada, imágenes de mi viaje a Buenos Aires: la pensión que nos alojó, las caminatas con mi amigo Rodrigo hacia la estación del tren, el inmenso shopping center que alojaba el Festival, las heladas salas de cine y, como cada noche, el regreso a casa sabiendo que el día siguiente sería exactamente igual al anterior. Tomo un poco de aire, pensando “misión cumplida” y, a punto de cerrar mis ojos, Simón toca mi hombro y reclama que jamás le dije qué es lo que me gustaba de Florencia. Yo bajo la mirada y le cuento que, cada vez que ingresaba al salón de periodistas, Florencia -una de las encargadas del lugar- parecía estar en otro mundo: chateando, escribiendo correos, navegando en cualquier página de internet, es decir, pensando en cualquier cosa menos en cine. Eso, le cuento a Simón, mezclado con su curioso corte de pelo y su mirada de niña distraída, me gustaba mucho, pues siempre me he sentido atraído por las personas un poco “desconectadas” de la realidad. Simón asiente, respetando mis cursilerías, y en el momento que creo está a punto de darme unas palabras de aliento, toma un sorbo de su matecito, me mira y me dice: Ché ¿me contás más de Polvos Azules?

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6 comentarios

  1. Lourdes Vásquez
    4 de mayo de 2007 at 2:53 — Responder

    Muy buena crónica. Está bien escrita. Exitos y adelante!.

  2. Rodrigo
    4 de mayo de 2007 at 12:24 — Responder

    La dama en mencion tenia cierto look a la señorita Amelie Poulain, bastante cinematografico, aunque el cine parecia importarle poco, fenotipo femenino frecuente en los días del BAFICI y en algunos barrios afrancesados de Buenos Aires, para más referencias.

  3. 4 de mayo de 2007 at 17:31 — Responder

    Buena, L.B. Y como dato para Simón,en caso todavía le sirva, sí venden en Polvos Azules las pelas del dinosaurio Robles Godoy: compré hace poco LA MURALLA VERDE y EN EL CIELO NO HAY ESTRELLAS.

  4. Lourdes Vásquez
    4 de mayo de 2007 at 17:48 — Responder

    nada de dinosaurio! el maestro está fuerte como un roble. Si ya no lo vemos haciendo películas, es por que explicó que ha su edad hacer películas con la consabida producción que esto implica, es un ajetreo que acá en perú, le parece insoportable.
    Luis Carlos; y que dijo Armando sobre los críticos? cuéntame por fa.
    Saludos.

  5. D.C
    5 de mayo de 2007 at 7:51 — Responder

    “oscar”, ¿en dónde fue q compraste las pelas de Godoy? ¿A Florencio, a los gemelos del sotano o a algún vendedor menos celebre? Manda el dato completo porfa.

  6. 26 de mayo de 2007 at 13:05 — Responder

    Un par de cosas, hace poco entrevistamos a Robles Godoy, está recontra paradote. La entrevista se la hicimos sobre un íntimo amigo, el psiquiatra: Mariano Querol. Pueden ver el breve detrás de cámaras aquí: Armando Robles Godoy, antes de la entrevista.

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