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La mujer sin cabeza de Lucrecia Martel

La reciente película de Lucrecia Martel –ya exhibida y abucheada en Cannes 2008– es la historia de una mujer que padece estragos de amnesia luego de un incidente automovilístico. Así, el título horroroso que lleva (La Mujer sin cabeza) hace alusión a esta pérdida de memoria y no a lo que nos conduce nuestro imaginario “gore”. Verónica es la protagonista del filme. Una odontóloga mujer madura, encarnada por la guapa María Onetto que se amolda con sutileza a un personaje indeciso. Estoy convencido de que la innecesaria modosidad narrativa, sembrando intrigas, ampliando laberintos en lugar de comprimirlos, es lo que termina de arruinar esta producción de 88 minutos.

La Mujer sin Cabeza hace equilibrio sobre uno de los monomios más traicioneros del género narrativo: Sobreexposición de la historia – Finales abiertos. Hace equilibrio, dije, y cae. El tema central bien pudo sustentarse sobre sí mismo sin tanta insustancialidad (una cáustica infidelidad, regodeo con el moderno quehacer femenino en provincias, dilatación de secuencias). Esta propuesta viene plagada de agotadores recorridos fílmicos que intentan cocer una historia demasiado extensa, de apenas interés. Y ahora que lo digo, resalto la frase que me latía mientras cambiaba de posición en mi butaca: “esto bien pudo no estar”.

Entonces, ¿por qué me sigo “desgastando” escribiendo sobre ella? Pues porque algo de valor le hallé. La Mujer… pudo haber sido narrada pensando en violentar la apacible vida de una odontóloga de provincia, desatando breves y demoledores laberintos sicológicos en torno a aquello que pensaba había cometido. Algo “noir” quizás. También pudo convertirse en una rica historia visual, diferenciando texturas y matices propios de la confusión, en lugar de sólo aferrarse a primeros planos maniqueos. Pudo haber sido más osada y no tan predecible en cuanto a Verónica, que parecía apenas afectarse por su padecimiento, en lugar de salir en busca de lo olvidado. Al final me quedé con la sensación de que el formato de un cortometraje le hubiera conferido algo de la intensidad que se extrañó. 20 minutos y no 88. Todo ello, además de haber optado por un desenlace definido, y no la vaguedad de algunas suposiciones.

Lo rescatable: la escena en que Verónica, atropellada por la amnesia, se enfrenta en su consultorio a un paciente: un niño con la boca abierta sobre el sillón, aguardando ser tratado por ella, su odontóloga. Y lo mejor, de labios de la lésbica sobrina, una línea que alguna vez tomaré prestada: “las cartas de amor se responden o se devuelven”. Nada más.