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Madeinusa y Fausta

La primera diferencia importante es que Madeinusa transcurre en el espacio rural andino, mientras que el espacio urbano sólo es referenciado mínimamente, principalmente mediante el despistado visitante que afana a la heroína durante el tiempo santo (Salvador). En cambio, en La teta asustada, el ámbito dominante, físicamente, es el urbano (en sus vertientes popular y señorial), mientras que lo andino está representado simbólicamente en las acciones, canto, gestos y silencio de su protagonista. En segundo lugar, Madeinusa es una historia con mucha acción externa, ya que su heroína se revela como una mujer con agencia, que planifica y ejecuta acciones para lograr su objetivo. Mientras que en el filme que comentamos, el centro se configura en la acción interna, ya que Fausta busca encontrarse a sí misma (y cumplir una hierofanía privada); en tal sentido, estamos ante un ejercicio introspectivo. La historia de Madeinusa es la de una liberación de imposiciones externas procedentes de un sistema patriarcal; mientras que el relato de Fausta es la liberación de miedos internos, impuesto por un hecho traumático y que la conducirá a un crecimiento humano (léase, florecimiento).

Pero pese a estas diferencias hay un punto fundamental entre ambos personajes. Ninguna de las dos traiciona en ningún momento sus raíces culturales, sino que las combinan con sus necesidades de liberación personales. En ninguna de las dos cintas encontramos, pese a las apariencias, mundos cerrados sobre sí mismos. En Madeinusa todo la puesta en escena del mito (que, por cierto, es sincrética) sólo es ‘cerrada’ durante el tiempo santo; luego del cual ocurren acciones decisivas para la protagonista. Ella misma, al igual que el resto de la comunidad, conocen muy bien la existencia del mundo urbano ‘externo’, del cual la heroína tiene una cajita con diversos objetos y de donde procede su propio nombre. Es el mismo caso de Fausta.

Una tercera diferencia es que en la opera prima de Llosa, como hemos señalado más arriba, la protagonista desafía claramente su situación de subordinación, repito, sin traicionar sus raíces, sino más bien apelando a ellas para librarse de un destino de violación e incesto. Para ello no le interesa chantarle un crimen al representante del mundo urbano y limeño; lo cual ya es bastante para una mujer perteneciente a un sector socialmente excluido, como es el caso de una comunidad campesina en extrema pobreza. Esta es una forma radical de enfrentamiento a una situación de exclusión (en su caso, doble: al interior de su comunidad y en el exterior, por determinaciones socioeconómicas y de relativo aislamiento geográfico). En La teta asustada, en cambio, el desafío es mucho menor; es aún una mezcla de desconfianza en el Estado y consecuencia de una autoafirmación personal. Sin embargo, en esta segunda cinta Llosa adelanta y desarrolla el tipo de sociedad a la cual se integrará Fausta y que podría ser el punto de llegada para Madeinusa. Este mundo popular, emprendedor, multicultural y solidario constituye una profundización de la visión de la directora con respecto a su primer filme, que se queda en la liberación radical, pero sin señalar un norte posible y deseable. En este sentido, ambas cintas –siendo distintas– son complementarias.

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El reconocimiento del Otro

En el campo de las semejanzas, lo más importante es que directora escoge –provocadoramente– algunos temas relativamente marginales en determinados grupos étnicos, pero que le dan la oportunidad de mostrar el tema de la exclusión social.

En Madeinusa tenemos, por ejemplo, el tiempo santo, en el cual se rompen los tabúes y en la comunidad desencadena una orgía que todos asumen libre y voluntariamente, como representación de un mito primordial; situación repetida cada año per secula seculorum. Esta festividad, tal cual la presenta Llosa, ocurre en algunas comunidades de nuestro país, con algunas variantes y sin los detalles ficcionados por la directora; pero manteniendo lo esencial, la ruptura de tabúes, el intercambio de parejas, etc. El filme no cuestiona la festividad, sino el incesto; de hecho, la protagonista no tiene inconveniente con acostarse incluso con un visitante foráneo (Salvador), pero se niega a hacerlo con su padre. Esto ofendió a algunos que consideraban que se presentaba a los comuneros con “primitivos” (digamos, de paso, que esta festividad ocurre en muchos otros lugares del planeta y que la estructura del mito es universal). Sin embargo, cuando Josué Méndez presentó en Dioses estos mismos episodios (con incesto incluido) –aunque en un grupo social ubicado en las antípodas a los de Llosa–, nadie se ofendió ni lo cuestionó. Parece ser que los ricos sí tienen carta libre para cualquier depravación, en cambio los campesinos pobres nunca se desbandan. Esta diferencia de percepción indica una visión idealizada (o quizás ideologizada) de este grupo social; pero también indica una incapacidad para reconocer al Otro en su integridad, tal cual es. Y así como muchos adolescentes ricos no viven de orgía en orgía, así tampoco muchos comuneros tampoco lo hacen; lo que no quita que estos comportamientos puedan ocurrir y de hecho ocurren. La incapacidad para entender esto no es otra que la de no reconocer al Otro y supone la existencia de prejuicios excluyentes.

Otra reacción polémica en esta película es la de quienes consideran que su protagonista actuó hipócrita y traicioneramente con el personaje limeño. Este sí es un razonamiento típicamente excluyente, ya que deja de lado la capacidad de agencia de Madeinusa. Supuestamente, una joven campesina debe ser sumisa e incapaz de plantearse objetivos, ejecutar las acciones correspondientes y lograr su meta. En cambio, sí puede ser embustera. Sin embargo, aquí la directora va más allá del señalamiento del prejuicio y la incapacidad de reconocimiento del Otro; y pasa al nivel de la advertencia y desafío abierto. Así, como mujer, su heroína se libera de la opresión paterna y toma las riendas de su destino; y como representante de una cultura oprimida (ignorada, silenciada o marginada), usa esos mismos patrones para utilizar y, luego, castigar al representante de la cultura dominante (urbana, limeña).

Lo mismo ocurre en La teta asustada, donde Llosa escoge un aspecto menos conocido (y contabilizado), aunque muy grave, del conflicto armado interno: la violación masiva de mujeres rurales. La sola enunciación (y reiteración) del fenómeno al inicio de la película busca prevenir su eventual invisibilización, al presentarlo como otra invención de la directora, cuando se trata de una situación estudiada y que, bajo otras modalidades, afecta también a mujeres en la misma condición en otros países y grupos étnicos. Lo insólito es que el rechazo a la cinta haya empezado desde antes que fuera vista; aunque no sorprende que haya estado encabezada por un diario que predica la impunidad o encubrimiento de los perpetradores de graves violaciones a los derechos humanos.

Otros critican su enfoque humorístico sobre la población de Manchay, nuevamente, por poco respetuosa; y lo consideran como una mirada externa y burlona de una pituca miraflorina. Puede ser. Sin embargo, esto último no disminuye un ápice la profundidad y originalidad de esa mirada, aparentemente naif y superficial. A estos críticos se les podría estar escapando el hecho de que una población urbana en extrema pobreza pueda ser alegre, emprendedora y capaz de burlarse de sí misma. De hecho, hay muchas comunidades, urbanas y rurales, pujantes, solidarias y tolerantes; de igual forma que en otras se celebra el carnaval con una orgía masiva. Aunque usted no lo crea. No es solo un problema de falta de información, sino también de reconocimiento de numerosos casos de comunidades, clubes de madres, comedores populares, empresas (grandes, muy grandes, pequeñas y micro), asociaciones, etc. que salen adelante gracias al trabajo duro, la creatividad e innovación; pero también por el acopio de capital social a partir del desarrollo de la asociatividad y la insitucionalidad. Es decir, el mundo de lo popular (y la sociedad en su conjunto) no es sólo violencia, violación, incesto y orgías; también está la otra parte, la de los valores sociales de la diversidad, la multiculturalidad, el emprendimiento y la alegría, pese a la persistencia de las desigualdades y exclusiones. Meta hacia la que Madeinusa y Fausta apuntan.

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Una reflexión sobre la inclusión

Como vemos, Claudia Llosa no sólo posee un enorme talento artístico, sino esa rara habilidad para colocar sus temas y personajes de la manera más impactante y sin disminuir para nada su concepción estética. Y por lo visto, acierta varias veces, y es por ello que en su visión del país encontramos lo políticamente correcto junto a lo políticamente incorrecto, dentro de un concepto integral que zarandea y pone en cuestión prejuicios abiertos, encubiertos e inadvertidos. Pero, sobre todo, pone en escena paisajes culturales y sociales muy poco vistos anteriormente; así como la recuperación y revaloración del mito, no como experiencia encerrada en sí misma, sino en interacción con el entorno. Todo ello dentro de una perspectiva integral y coherente que apunta al desarrollo humano.

Las reacciones ante este enfoque nos invitan a ir un poco más allá del filme que comentamos, a explorar aspectos que la directora no muestra; específicamente, como llegar a esa sociedad solidaria, como la de Manchay. Para ello debemos partir por entender que la tolerancia, si bien es una cualidad deseable, no es suficiente; ya que ella supone únicamente que no nos vamos a despedazar mutuamente, pero no implica necesariamente que se den pasos hacia la formación o reforzamiento de una identidad nacional o local común. Para llegar a ello se requiere dar ese segundo paso de reconocer al Otro tal cual es y aceptarlo como un igual. No necesariamente tenemos que estar de acuerdo con hábitos, costumbres o ideas ajenas, pero sí reconocerle al Otro el mismo derecho que nos asiste a tener nuestras propias creencias distintas. Esto es clave. No tiene gracia si “descubrimos” que el Otro piensa más o menos lo mismo que nosotros. Así no vale, nos dice Llosa. De lo que se trata es de entender y aceptar que las ideas y costumbres y comportamientos de aquellos a quienes podríamos tildar de “atrasados”, “ignorantes”, “primitivos” u otros epítetos peyorativos, son tan legítimos y aceptables como nuestras propias costumbres, hábitos e ideas. Eso significa tomar al Otro en pie de igualdad. Y para que no quepa duda, la directora nos presenta personajes, costumbres y situaciones variadas y distintas, en un contexto de problemáticas actuales y vigentes, en el país y en el mundo. En suma, inyecta en sus filmes altas dosis de “ubicaína”.

Pero allí no acaba la cosa. Luego de reconocer y aceptar al otro como a un igual, viene el aprovechar las ventajas de la diferencia. Es decir, aprender de lo que el Otro pueda ofrecer, de la misma forma que el Otro aprenda de nosotros. No se trata de aceptarlo todo ni ponerse de acuerdo al cien por ciento; sino de compartir lo que podríamos tener en común, de tolerar las diferencias, asimilar algo (o mucho) de lo que no conocíamos del Otro y, por esta vía, crear vínculos sólidos en torno a nuevos temas o asuntos compartidos. En comunidades en extrema pobreza, pero con destrezas cooperativas –como lo que podría ser el Manchay que nos presenta La teta asustada–, este es un proceso que se cumple, ya que la necesidad obliga a la unión; mientras que la intolerancia y las exclusiones simplemente no son eficientes y hacen peligrar la sobrevivencia material. No estamos ante un asunto teórico, pues las evidencias abundan y, de hecho, en el Perú hemos tenido un caso emblemático a nivel mundial sobre procesos de desarrollo asociativos: Villa El Salvador.

La inclusión, entonces, no es dar dinero, recursos u obras a los sectores más pobres; sino que se trata de reconocerlos como iguales, revalorar y compartir con ellos su cultura, enriquecernos humanamente, ir forjando una identidad nacional o local. Ciertamente, si no somos capaces de avanzar hacia este reconocimiento del Otro como igual, generaremos exclusiones y de allí fácilmente llegaremos a la intolerancia. Es decir, que no estamos ante pasos o etapas cancelatorias, sino que siempre estaremos inmersos en tensiones y situaciones complejas de avance o retroceso. En el ámbito nacional, pese esos numerosos casos de creación de institucionalidad y de avances hacia una mayor integración e identidad compartidas, subsiste la exclusión, que se expresa en esas terribles desigualdades sociales y de distribución del ingreso, que se han ahondado en los últimos años.

Este es el cúmulo de temas que están detrás de esa mirada aparentemente superficial que ofrece la directora sobre el entorno en el cual de desarrolla la historia de Fausta. Evidentemente el filme no puede entrar en detalle (ni tiene por qué) a estos puntos. De eso se encargarán algunos de sus críticos, que nos han permitido mostrar cómo el arte de esta joven cineasta puede poner en evidencia (y, de paso, dar respuesta anticipada a) problemas sociales profundos en el Perú.

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La eclosión de lo étnico

No obstante, este no es el principal aporte de la cinta que comentamos. El reconocimiento internacional obtenido tanto por La teta asustada, como por el de su predecesora, obedece a que los temas que venimos discutiendo –desde el mito hasta la inclusión– hacen parte de un fenómeno mayor y de ámbito global. Los problemas planteados por esta cinta existen hoy en día en ese anillo de barrios periféricos de París o en la misma Londres –en otras lenguas y con otras vestimenta y paisaje–, donde residen emigrantes africanos y musulmanes. Ocurre también en los Estados Unidos y Canadá. Lo que es un efecto de fenómenos que de desarrollan en gran escala en el Sur.

Es decir, que contra todas las apariencias, el cine de Llosa no es “tan” peruano ni andino, como parece, sino que hace parte de un creciente contexto mundial de preocupación (pero, también, revalorización) de lo étnico. Fenómenos como el surgimiento de fundamentalismos religiosos, del nacionalismo y del consiguiente resurgimiento de la diversidad cultural –en ocasiones muy agresivamente– han hecho espacio en la agenda global desde hace ya algunas décadas. Se han desarrollado, no por casualidad, en países o regiones casi excluidas por la globalización y configuran una eclosión étnica que se va imponiendo en buena parte del planeta. Lo cual se expresa también en las artes y, entre ellas, en el cine. De allí que la obra del esta realizadora se relaciona con su aporte a problemas reales y cotidianos en gran parte del mundo actual.

No hay necesidad de haber leído El Choque de Civilizaciones de Huntington para comprender que desde hace buen tiempo estamos en tránsito hacia un mundo multipolar. Lo apreciamos en las tendencias separatistas en regiones que aspiran a ser naciones, como Escocia y Québec, así como los nuevos y numerosos países resultantes de la disolución de la ex Yugoslavia y la desaparición de la URSS. En todos esos lugares se han afianzado las búsquedas de raíces nacionales, mientras más antiguas, mejor. Y sus efectos en el arte y el cine son numerosos.

Así, por ejemplo, la última película que vi (creo que de Kusturica) trataba de la vuelta de Jesús a la tierra, en una región rural de los Balcanes; el presunto mesías obraba milagros aunque era mudo y el relato seguía en paralelo las contradicciones de la población con los jefes locales del partido comunista, de un lado, y la propia pasión de Cristo, de otro. Como siempre en el caso de este director, todo oscilaba entre el humor, la tragedia, la poesía y el desparpajo. Obviamente, un estilo muy distinto al de Llosa, pero con el que compartía la puesta en escena del mito (¡y qué mito!) con una mezcla de asuntos culturales y políticos, en un contexto de pobreza rural. Allí también los personajes utilizaban ora el discurso oficial del materialismo dialéctico, ora se hincaban de rodillas ante la reaparición de los íconos bizantinos en lo que fuera la iglesia local. Aquí también el reconocimiento del Otro estaba a la orden del día, mediante personajes perfectamente coherentes en sus objetivos y que utilizaban los instrumentos a su alcance para lograrlos.

Un segundo ejemplo es Borat, una falsa película étnica, donde un personaje inventado de una comunidad también completamente inventada de la remota e inmensa Kazajastán, en Asia Central, viaja a Estados Unidos. Esta fabricación del personaje y su aldea reconstruye todos los prejuicios típicos que las películas de Hollywood atribuyen –muchas veces indistintamente– a cualquier país del Sur (además de otros que proceden de la desbocada personalidad de su protagonista y del director Larry David). Pero lo irónico es que durante su periplo por el país del Norte, comprobamos que los Estados Unidos pueden ser tan “primitivos”, “pintorescos” y “atrasados” como los países que ellos mismos prejuiciosamente caricaturizan y consideran como “ignorantes”. Nuevamente, un caso de falta de reconocimiento del Otro, con sus secuelas de intolerancia y racismo; aunque presentados con un humor visual, surrealista y pleno de expresiones escatológicas.

Esta eclosión de lo étnico también se puede detectar en los países del Sur, donde adquieren diversas connotaciones. Mencionaremos cuatro ejemplos para tener una idea de la amplitud y características del fenómeno.

* La película Quisiera ser millonario, por ejemplo, muestra –entre otros crudos aspectos de la India contemporánea– los graves conflictos étnicos y religiosos en el país; generando reacciones críticas internas. Sin embargo, si la cinta hubiera tocado el tema de la segregación de castas, fenómeno que el gobierno niega y que la ley prohíbe, el filme simplemente no se hubiera exhibido en el país; y sus productores habrían perdido el acceso a un mercado de 1,300 millones de personas. Es más, ni siquiera cabe imaginarse que se produzca una película que toque tal tema por razones religiosas.

* En Egipto, país con un supuesto Estado laico, la política de salud estatal previene el SIDA permitiendo y fomentando que los padres escojan a las parejas de sus niñas desde temprana edad y las desposen, siguiendo una costumbre islámica. Otros Estados presuntamente laicos rigen también en Irak o Afganistán, donde sin embargo se aplican normas discriminatorias sobre todo contra las mujeres; no hablemos ya de la República Islámica de Irán, un Estado confesional donde los ayatolas entraron directamente a dirigir y administrar todas las áreas especializadas del poder. E incluso en países donde la tradición laica es fortísima, como Turquía, el Estado resiste intentos por imponer el velo en las universidades. Todo esto es efecto de presión social masiva producida, nuevamente, por razones religiosas.

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Pero no es necesario irse hasta estos lugares tan “exóticos”, basta ver lo que ocurre con nuestros vecinos:

* La reciente Constitución ecuatoriana establece derechos para la “madre naturaleza”, artículo impuesto por los movimientos indígenas, que no sólo garantiza el reconocimiento a su cosmovisión y la defensa de su patrimonio; sino, principalmente, reconoce beneficios para el resto del plantea, al preservar el medio ambiente y la biodiversidad de parte de los bosques sudamericanos. Nuevamente, se junta la supuesta mentalidad “atrasada” con acciones de sostenibilidad para el desarrollo a largo plazo.

* Bolivia tiene un presidente que se reclama indio y ha colocado en la burocracia del Estado, en todos sus niveles, a indígenas provenientes de las comunidades andinas. El resultado es que las oficinas públicas brindan atención desde las cinco de la mañana, incluyendo al presidente. Y me dicen que la atención ha mejorado ya que los campesinos –de acuerdo a su cultura– son ‘cariñosos’ con el público, lo que habría mejorado la imagen de la administración pública ante la gente. Aquí también observamos la conjunción de personal “tradicional” con cultura organizacional “moderna”.

Todas las naciones mencionadas, salvo Egipto, son democracias con sistemas pluripartidistas; y algunos de estos países “pintorescos” son, además, potencias nucleares. Podemos pensar lo que se quiera de estos ejemplos, pero es indudable que reflejan la aparición de nuevos actores sociales y políticos, así como de “nuevos” imaginarios en los que se reivindican las raíces culturales y religiosas; y se difumina la diferencia entre “moderno” y “tradicional”. En consecuencia, es en este contexto de creciente influencia de lo étnico que debemos colocar las películas de Claudia Llosa; puesto que ella señala, presenta y describe de manera muy elocuente la necesidad de observar este despertar de lo étnico desde un país como el Perú, atravesado por desigualdades y exclusiones de diverso tipo, algunas de las cuales son tema de sus películas.

Conclusión

El trabajo de Claudia Llosa a nivel del lenguaje es lo que garantiza su valor estético y su permanencia en el tiempo, al usar creativamente un lenguaje universal (el audiovisual) como vehículo para plantear asuntos como la lucha de la mujer rural contra la exclusión social y su empoderamiento en base (pero no únicamente) a instrumentos de su tradición cultural viva (y, por tanto, actual), que resultan así revalorizadas. Apoyándose en esas raíces es que Fausta superará el trauma, en el marco social de un mundo popular urbano diverso, tolerante, multicultural.

Su rescate y puesta en escena del mito –naturalmente, con elementos sincréticos y asimilación de diversas influencias–, es también el planteamiento de los asuntos locales y nacionales en un ámbito universal; es decir, obedece a entender y valorar la forma culturalmente diferente de las protagonistas para enfrentar y superar sus obstáculos. En todo esto vemos cómo la mejor forma de ser nacional es siendo universal, es decir, recogiendo la tradición cinematográfica mundial como vehículo para expresar preocupaciones que bajo un ropaje local tienen impacto y trascendencia global. Usando el silencio, la música y la sugerencia, Llosa potencia unas imágenes de insólita belleza y misterio. Maravillosa película que plantea asuntos de actualidad en el Perú y el mundo.