La teta asustada de Claudia Llosa (Parte II)

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Madeinusa y Fausta

La primera diferencia importante es que Madeinusa transcurre en el espacio rural andino, mientras que el espacio urbano sólo es referenciado mínimamente, principalmente mediante el despistado visitante que afana a la heroína durante el tiempo santo (Salvador). En cambio, en La teta asustada, el ámbito dominante, físicamente, es el urbano (en sus vertientes popular y señorial), mientras que lo andino está representado simbólicamente en las acciones, canto, gestos y silencio de su protagonista. En segundo lugar, Madeinusa es una historia con mucha acción externa, ya que su heroína se revela como una mujer con agencia, que planifica y ejecuta acciones para lograr su objetivo. Mientras que en el filme que comentamos, el centro se configura en la acción interna, ya que Fausta busca encontrarse a sí misma (y cumplir una hierofanía privada); en tal sentido, estamos ante un ejercicio introspectivo. La historia de Madeinusa es la de una liberación de imposiciones externas procedentes de un sistema patriarcal; mientras que el relato de Fausta es la liberación de miedos internos, impuesto por un hecho traumático y que la conducirá a un crecimiento humano (léase, florecimiento).

Pero pese a estas diferencias hay un punto fundamental entre ambos personajes. Ninguna de las dos traiciona en ningún momento sus raíces culturales, sino que las combinan con sus necesidades de liberación personales. En ninguna de las dos cintas encontramos, pese a las apariencias, mundos cerrados sobre sí mismos. En Madeinusa todo la puesta en escena del mito (que, por cierto, es sincrética) sólo es ‘cerrada’ durante el tiempo santo; luego del cual ocurren acciones decisivas para la protagonista. Ella misma, al igual que el resto de la comunidad, conocen muy bien la existencia del mundo urbano ‘externo’, del cual la heroína tiene una cajita con diversos objetos y de donde procede su propio nombre. Es el mismo caso de Fausta.

Una tercera diferencia es que en la opera prima de Llosa, como hemos señalado más arriba, la protagonista desafía claramente su situación de subordinación, repito, sin traicionar sus raíces, sino más bien apelando a ellas para librarse de un destino de violación e incesto. Para ello no le interesa chantarle un crimen al representante del mundo urbano y limeño; lo cual ya es bastante para una mujer perteneciente a un sector socialmente excluido, como es el caso de una comunidad campesina en extrema pobreza. Esta es una forma radical de enfrentamiento a una situación de exclusión (en su caso, doble: al interior de su comunidad y en el exterior, por determinaciones socioeconómicas y de relativo aislamiento geográfico). En La teta asustada, en cambio, el desafío es mucho menor; es aún una mezcla de desconfianza en el Estado y consecuencia de una autoafirmación personal. Sin embargo, en esta segunda cinta Llosa adelanta y desarrolla el tipo de sociedad a la cual se integrará Fausta y que podría ser el punto de llegada para Madeinusa. Este mundo popular, emprendedor, multicultural y solidario constituye una profundización de la visión de la directora con respecto a su primer filme, que se queda en la liberación radical, pero sin señalar un norte posible y deseable. En este sentido, ambas cintas –siendo distintas– son complementarias.

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El reconocimiento del Otro

En el campo de las semejanzas, lo más importante es que directora escoge –provocadoramente– algunos temas relativamente marginales en determinados grupos étnicos, pero que le dan la oportunidad de mostrar el tema de la exclusión social.

En Madeinusa tenemos, por ejemplo, el tiempo santo, en el cual se rompen los tabúes y en la comunidad desencadena una orgía que todos asumen libre y voluntariamente, como representación de un mito primordial; situación repetida cada año per secula seculorum. Esta festividad, tal cual la presenta Llosa, ocurre en algunas comunidades de nuestro país, con algunas variantes y sin los detalles ficcionados por la directora; pero manteniendo lo esencial, la ruptura de tabúes, el intercambio de parejas, etc. El filme no cuestiona la festividad, sino el incesto; de hecho, la protagonista no tiene inconveniente con acostarse incluso con un visitante foráneo (Salvador), pero se niega a hacerlo con su padre. Esto ofendió a algunos que consideraban que se presentaba a los comuneros con “primitivos” (digamos, de paso, que esta festividad ocurre en muchos otros lugares del planeta y que la estructura del mito es universal). Sin embargo, cuando Josué Méndez presentó en Dioses estos mismos episodios (con incesto incluido) –aunque en un grupo social ubicado en las antípodas a los de Llosa–, nadie se ofendió ni lo cuestionó. Parece ser que los ricos sí tienen carta libre para cualquier depravación, en cambio los campesinos pobres nunca se desbandan. Esta diferencia de percepción indica una visión idealizada (o quizás ideologizada) de este grupo social; pero también indica una incapacidad para reconocer al Otro en su integridad, tal cual es. Y así como muchos adolescentes ricos no viven de orgía en orgía, así tampoco muchos comuneros tampoco lo hacen; lo que no quita que estos comportamientos puedan ocurrir y de hecho ocurren. La incapacidad para entender esto no es otra que la de no reconocer al Otro y supone la existencia de prejuicios excluyentes.

Otra reacción polémica en esta película es la de quienes consideran que su protagonista actuó hipócrita y traicioneramente con el personaje limeño. Este sí es un razonamiento típicamente excluyente, ya que deja de lado la capacidad de agencia de Madeinusa. Supuestamente, una joven campesina debe ser sumisa e incapaz de plantearse objetivos, ejecutar las acciones correspondientes y lograr su meta. En cambio, sí puede ser embustera. Sin embargo, aquí la directora va más allá del señalamiento del prejuicio y la incapacidad de reconocimiento del Otro; y pasa al nivel de la advertencia y desafío abierto. Así, como mujer, su heroína se libera de la opresión paterna y toma las riendas de su destino; y como representante de una cultura oprimida (ignorada, silenciada o marginada), usa esos mismos patrones para utilizar y, luego, castigar al representante de la cultura dominante (urbana, limeña).

Lo mismo ocurre en La teta asustada, donde Llosa escoge un aspecto menos conocido (y contabilizado), aunque muy grave, del conflicto armado interno: la violación masiva de mujeres rurales. La sola enunciación (y reiteración) del fenómeno al inicio de la película busca prevenir su eventual invisibilización, al presentarlo como otra invención de la directora, cuando se trata de una situación estudiada y que, bajo otras modalidades, afecta también a mujeres en la misma condición en otros países y grupos étnicos. Lo insólito es que el rechazo a la cinta haya empezado desde antes que fuera vista; aunque no sorprende que haya estado encabezada por un diario que predica la impunidad o encubrimiento de los perpetradores de graves violaciones a los derechos humanos.

Otros critican su enfoque humorístico sobre la población de Manchay, nuevamente, por poco respetuosa; y lo consideran como una mirada externa y burlona de una pituca miraflorina. Puede ser. Sin embargo, esto último no disminuye un ápice la profundidad y originalidad de esa mirada, aparentemente naif y superficial. A estos críticos se les podría estar escapando el hecho de que una población urbana en extrema pobreza pueda ser alegre, emprendedora y capaz de burlarse de sí misma. De hecho, hay muchas comunidades, urbanas y rurales, pujantes, solidarias y tolerantes; de igual forma que en otras se celebra el carnaval con una orgía masiva. Aunque usted no lo crea. No es solo un problema de falta de información, sino también de reconocimiento de numerosos casos de comunidades, clubes de madres, comedores populares, empresas (grandes, muy grandes, pequeñas y micro), asociaciones, etc. que salen adelante gracias al trabajo duro, la creatividad e innovación; pero también por el acopio de capital social a partir del desarrollo de la asociatividad y la insitucionalidad. Es decir, el mundo de lo popular (y la sociedad en su conjunto) no es sólo violencia, violación, incesto y orgías; también está la otra parte, la de los valores sociales de la diversidad, la multiculturalidad, el emprendimiento y la alegría, pese a la persistencia de las desigualdades y exclusiones. Meta hacia la que Madeinusa y Fausta apuntan.

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Una reflexión sobre la inclusión

Como vemos, Claudia Llosa no sólo posee un enorme talento artístico, sino esa rara habilidad para colocar sus temas y personajes de la manera más impactante y sin disminuir para nada su concepción estética. Y por lo visto, acierta varias veces, y es por ello que en su visión del país encontramos lo políticamente correcto junto a lo políticamente incorrecto, dentro de un concepto integral que zarandea y pone en cuestión prejuicios abiertos, encubiertos e inadvertidos. Pero, sobre todo, pone en escena paisajes culturales y sociales muy poco vistos anteriormente; así como la recuperación y revaloración del mito, no como experiencia encerrada en sí misma, sino en interacción con el entorno. Todo ello dentro de una perspectiva integral y coherente que apunta al desarrollo humano.

Las reacciones ante este enfoque nos invitan a ir un poco más allá del filme que comentamos, a explorar aspectos que la directora no muestra; específicamente, como llegar a esa sociedad solidaria, como la de Manchay. Para ello debemos partir por entender que la tolerancia, si bien es una cualidad deseable, no es suficiente; ya que ella supone únicamente que no nos vamos a despedazar mutuamente, pero no implica necesariamente que se den pasos hacia la formación o reforzamiento de una identidad nacional o local común. Para llegar a ello se requiere dar ese segundo paso de reconocer al Otro tal cual es y aceptarlo como un igual. No necesariamente tenemos que estar de acuerdo con hábitos, costumbres o ideas ajenas, pero sí reconocerle al Otro el mismo derecho que nos asiste a tener nuestras propias creencias distintas. Esto es clave. No tiene gracia si “descubrimos” que el Otro piensa más o menos lo mismo que nosotros. Así no vale, nos dice Llosa. De lo que se trata es de entender y aceptar que las ideas y costumbres y comportamientos de aquellos a quienes podríamos tildar de “atrasados”, “ignorantes”, “primitivos” u otros epítetos peyorativos, son tan legítimos y aceptables como nuestras propias costumbres, hábitos e ideas. Eso significa tomar al Otro en pie de igualdad. Y para que no quepa duda, la directora nos presenta personajes, costumbres y situaciones variadas y distintas, en un contexto de problemáticas actuales y vigentes, en el país y en el mundo. En suma, inyecta en sus filmes altas dosis de “ubicaína”.

Pero allí no acaba la cosa. Luego de reconocer y aceptar al otro como a un igual, viene el aprovechar las ventajas de la diferencia. Es decir, aprender de lo que el Otro pueda ofrecer, de la misma forma que el Otro aprenda de nosotros. No se trata de aceptarlo todo ni ponerse de acuerdo al cien por ciento; sino de compartir lo que podríamos tener en común, de tolerar las diferencias, asimilar algo (o mucho) de lo que no conocíamos del Otro y, por esta vía, crear vínculos sólidos en torno a nuevos temas o asuntos compartidos. En comunidades en extrema pobreza, pero con destrezas cooperativas –como lo que podría ser el Manchay que nos presenta La teta asustada–, este es un proceso que se cumple, ya que la necesidad obliga a la unión; mientras que la intolerancia y las exclusiones simplemente no son eficientes y hacen peligrar la sobrevivencia material. No estamos ante un asunto teórico, pues las evidencias abundan y, de hecho, en el Perú hemos tenido un caso emblemático a nivel mundial sobre procesos de desarrollo asociativos: Villa El Salvador.

La inclusión, entonces, no es dar dinero, recursos u obras a los sectores más pobres; sino que se trata de reconocerlos como iguales, revalorar y compartir con ellos su cultura, enriquecernos humanamente, ir forjando una identidad nacional o local. Ciertamente, si no somos capaces de avanzar hacia este reconocimiento del Otro como igual, generaremos exclusiones y de allí fácilmente llegaremos a la intolerancia. Es decir, que no estamos ante pasos o etapas cancelatorias, sino que siempre estaremos inmersos en tensiones y situaciones complejas de avance o retroceso. En el ámbito nacional, pese esos numerosos casos de creación de institucionalidad y de avances hacia una mayor integración e identidad compartidas, subsiste la exclusión, que se expresa en esas terribles desigualdades sociales y de distribución del ingreso, que se han ahondado en los últimos años.

Este es el cúmulo de temas que están detrás de esa mirada aparentemente superficial que ofrece la directora sobre el entorno en el cual de desarrolla la historia de Fausta. Evidentemente el filme no puede entrar en detalle (ni tiene por qué) a estos puntos. De eso se encargarán algunos de sus críticos, que nos han permitido mostrar cómo el arte de esta joven cineasta puede poner en evidencia (y, de paso, dar respuesta anticipada a) problemas sociales profundos en el Perú.

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La eclosión de lo étnico

No obstante, este no es el principal aporte de la cinta que comentamos. El reconocimiento internacional obtenido tanto por La teta asustada, como por el de su predecesora, obedece a que los temas que venimos discutiendo –desde el mito hasta la inclusión– hacen parte de un fenómeno mayor y de ámbito global. Los problemas planteados por esta cinta existen hoy en día en ese anillo de barrios periféricos de París o en la misma Londres –en otras lenguas y con otras vestimenta y paisaje–, donde residen emigrantes africanos y musulmanes. Ocurre también en los Estados Unidos y Canadá. Lo que es un efecto de fenómenos que de desarrollan en gran escala en el Sur.

Es decir, que contra todas las apariencias, el cine de Llosa no es “tan” peruano ni andino, como parece, sino que hace parte de un creciente contexto mundial de preocupación (pero, también, revalorización) de lo étnico. Fenómenos como el surgimiento de fundamentalismos religiosos, del nacionalismo y del consiguiente resurgimiento de la diversidad cultural –en ocasiones muy agresivamente– han hecho espacio en la agenda global desde hace ya algunas décadas. Se han desarrollado, no por casualidad, en países o regiones casi excluidas por la globalización y configuran una eclosión étnica que se va imponiendo en buena parte del planeta. Lo cual se expresa también en las artes y, entre ellas, en el cine. De allí que la obra del esta realizadora se relaciona con su aporte a problemas reales y cotidianos en gran parte del mundo actual.

No hay necesidad de haber leído El Choque de Civilizaciones de Huntington para comprender que desde hace buen tiempo estamos en tránsito hacia un mundo multipolar. Lo apreciamos en las tendencias separatistas en regiones que aspiran a ser naciones, como Escocia y Québec, así como los nuevos y numerosos países resultantes de la disolución de la ex Yugoslavia y la desaparición de la URSS. En todos esos lugares se han afianzado las búsquedas de raíces nacionales, mientras más antiguas, mejor. Y sus efectos en el arte y el cine son numerosos.

Así, por ejemplo, la última película que vi (creo que de Kusturica) trataba de la vuelta de Jesús a la tierra, en una región rural de los Balcanes; el presunto mesías obraba milagros aunque era mudo y el relato seguía en paralelo las contradicciones de la población con los jefes locales del partido comunista, de un lado, y la propia pasión de Cristo, de otro. Como siempre en el caso de este director, todo oscilaba entre el humor, la tragedia, la poesía y el desparpajo. Obviamente, un estilo muy distinto al de Llosa, pero con el que compartía la puesta en escena del mito (¡y qué mito!) con una mezcla de asuntos culturales y políticos, en un contexto de pobreza rural. Allí también los personajes utilizaban ora el discurso oficial del materialismo dialéctico, ora se hincaban de rodillas ante la reaparición de los íconos bizantinos en lo que fuera la iglesia local. Aquí también el reconocimiento del Otro estaba a la orden del día, mediante personajes perfectamente coherentes en sus objetivos y que utilizaban los instrumentos a su alcance para lograrlos.

Un segundo ejemplo es Borat, una falsa película étnica, donde un personaje inventado de una comunidad también completamente inventada de la remota e inmensa Kazajastán, en Asia Central, viaja a Estados Unidos. Esta fabricación del personaje y su aldea reconstruye todos los prejuicios típicos que las películas de Hollywood atribuyen –muchas veces indistintamente– a cualquier país del Sur (además de otros que proceden de la desbocada personalidad de su protagonista y del director Larry David). Pero lo irónico es que durante su periplo por el país del Norte, comprobamos que los Estados Unidos pueden ser tan “primitivos”, “pintorescos” y “atrasados” como los países que ellos mismos prejuiciosamente caricaturizan y consideran como “ignorantes”. Nuevamente, un caso de falta de reconocimiento del Otro, con sus secuelas de intolerancia y racismo; aunque presentados con un humor visual, surrealista y pleno de expresiones escatológicas.

Esta eclosión de lo étnico también se puede detectar en los países del Sur, donde adquieren diversas connotaciones. Mencionaremos cuatro ejemplos para tener una idea de la amplitud y características del fenómeno.

* La película Quisiera ser millonario, por ejemplo, muestra –entre otros crudos aspectos de la India contemporánea– los graves conflictos étnicos y religiosos en el país; generando reacciones críticas internas. Sin embargo, si la cinta hubiera tocado el tema de la segregación de castas, fenómeno que el gobierno niega y que la ley prohíbe, el filme simplemente no se hubiera exhibido en el país; y sus productores habrían perdido el acceso a un mercado de 1,300 millones de personas. Es más, ni siquiera cabe imaginarse que se produzca una película que toque tal tema por razones religiosas.

* En Egipto, país con un supuesto Estado laico, la política de salud estatal previene el SIDA permitiendo y fomentando que los padres escojan a las parejas de sus niñas desde temprana edad y las desposen, siguiendo una costumbre islámica. Otros Estados presuntamente laicos rigen también en Irak o Afganistán, donde sin embargo se aplican normas discriminatorias sobre todo contra las mujeres; no hablemos ya de la República Islámica de Irán, un Estado confesional donde los ayatolas entraron directamente a dirigir y administrar todas las áreas especializadas del poder. E incluso en países donde la tradición laica es fortísima, como Turquía, el Estado resiste intentos por imponer el velo en las universidades. Todo esto es efecto de presión social masiva producida, nuevamente, por razones religiosas.

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Pero no es necesario irse hasta estos lugares tan “exóticos”, basta ver lo que ocurre con nuestros vecinos:

* La reciente Constitución ecuatoriana establece derechos para la “madre naturaleza”, artículo impuesto por los movimientos indígenas, que no sólo garantiza el reconocimiento a su cosmovisión y la defensa de su patrimonio; sino, principalmente, reconoce beneficios para el resto del plantea, al preservar el medio ambiente y la biodiversidad de parte de los bosques sudamericanos. Nuevamente, se junta la supuesta mentalidad “atrasada” con acciones de sostenibilidad para el desarrollo a largo plazo.

* Bolivia tiene un presidente que se reclama indio y ha colocado en la burocracia del Estado, en todos sus niveles, a indígenas provenientes de las comunidades andinas. El resultado es que las oficinas públicas brindan atención desde las cinco de la mañana, incluyendo al presidente. Y me dicen que la atención ha mejorado ya que los campesinos –de acuerdo a su cultura– son ‘cariñosos’ con el público, lo que habría mejorado la imagen de la administración pública ante la gente. Aquí también observamos la conjunción de personal “tradicional” con cultura organizacional “moderna”.

Todas las naciones mencionadas, salvo Egipto, son democracias con sistemas pluripartidistas; y algunos de estos países “pintorescos” son, además, potencias nucleares. Podemos pensar lo que se quiera de estos ejemplos, pero es indudable que reflejan la aparición de nuevos actores sociales y políticos, así como de “nuevos” imaginarios en los que se reivindican las raíces culturales y religiosas; y se difumina la diferencia entre “moderno” y “tradicional”. En consecuencia, es en este contexto de creciente influencia de lo étnico que debemos colocar las películas de Claudia Llosa; puesto que ella señala, presenta y describe de manera muy elocuente la necesidad de observar este despertar de lo étnico desde un país como el Perú, atravesado por desigualdades y exclusiones de diverso tipo, algunas de las cuales son tema de sus películas.

Conclusión

El trabajo de Claudia Llosa a nivel del lenguaje es lo que garantiza su valor estético y su permanencia en el tiempo, al usar creativamente un lenguaje universal (el audiovisual) como vehículo para plantear asuntos como la lucha de la mujer rural contra la exclusión social y su empoderamiento en base (pero no únicamente) a instrumentos de su tradición cultural viva (y, por tanto, actual), que resultan así revalorizadas. Apoyándose en esas raíces es que Fausta superará el trauma, en el marco social de un mundo popular urbano diverso, tolerante, multicultural.

Su rescate y puesta en escena del mito –naturalmente, con elementos sincréticos y asimilación de diversas influencias–, es también el planteamiento de los asuntos locales y nacionales en un ámbito universal; es decir, obedece a entender y valorar la forma culturalmente diferente de las protagonistas para enfrentar y superar sus obstáculos. En todo esto vemos cómo la mejor forma de ser nacional es siendo universal, es decir, recogiendo la tradición cinematográfica mundial como vehículo para expresar preocupaciones que bajo un ropaje local tienen impacto y trascendencia global. Usando el silencio, la música y la sugerencia, Llosa potencia unas imágenes de insólita belleza y misterio. Maravillosa película que plantea asuntos de actualidad en el Perú y el mundo.

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8 comentarios

  1. Amazilia
    21 de marzo de 2009 at 20:32 — Responder

    “Josué Méndez presentó en Dioses estos mismos episodios (con incesto incluido) –aunque en un grupo social ubicado en las antípodas a los de Llosa–, nadie se ofendió ni lo cuestionó”
    Bueno Aldo M lo insulto por esto en su columna del Correo y en varios blogs se quejaron de la representacion muy estereotipada de la clase alta.
    Tambien hay que tener en cuenta el diferente “poder” de los grupos representados, a los de la clase alta no les importa ni les hara daño que los representen como decadentes, es más hacen dinero haciendo eso, como con las novelas de Bayli. Las consecuencias para los pobres es muy diferente, como por ejmplo cuando se toman decisiones sobre políticas de salud pública, como las esterilizaciones basadas en los estereotipos y prejucicios de la clase dirigente. (recuerden los comentarios sobre las adolescentes embarazadas en Apurimac hace poco)

  2. Juan José Beteta
    23 de marzo de 2009 at 12:37 — Responder

    Tienes razón, Aldo M efectivamente editorializó contra Dioses, pero tengo la impresión -quizás me equivoque- de que este y otros comentarios causaron mucha menos polémica que Madeinusa.
    Por otra parte, veo que tu preocupación central es que los filmes de Llosa puedan reforzar determinados estereotipos sobre la población rural en los Andes peruanos.
    Al respecto, pienso que esta directora tiene una visión desafiante del mundo andino. Busca fenómenos culturales reales (el verdadero carnaval, el trauma de la teta asustada), importantes pero marginales, para enfatizar la diferencia y señalar el derecho de estos grupos étnicos a mantener esas y otras creencias. Más aún, presenta este sustento cultural como condición para que sus protagonistas superen situaciones de subordinación, social (Madeinusa) o individual (La Teta).
    Pero el desafío va más allá de los contenidos y se interna en la forma de presentar estos temas; es decir, en el propio lenguaje audiovisual. Así, –en el caso de La Teta Asustada– elude o debilita el patrón dramático convencional, al privilegiar la puesta en escena del mito sobre la acción misma; y, para ello, recurre al silencio, el canto, la música y la sugerencia, pero también a potentes imágenes de un simbolismo bastante explícito. En consecuencia, obliga muchas veces a que el público interprete, referencie, imagine o suponga lo que ocurre en varios momentos de lo que es un relato más bien sencillo. Ello porque a la directora le interesa mostrar el abismo cultural en toda su magnitud y también en toda su belleza. De allí que muchos espectadores no entiendan un pito de lo que ocurre con Fausta, aunque siempre podremos disfrutar la magia, el humor y la sutileza con que Llosa presenta el dolor de su protagonista y sus esfuerzos por superar el trauma.
    Y el tercer desafío consiste en entender que bajo esa mirada kitsch y alegre del mundo popular urbano hay una propuesta de diversidad, multiculturalidad y trabajo asociativo, que comprende acoge y apoya el empoderamiento de la protagonista; pese a la persistencia de la exclusión y también como alternativa a la misma.
    Desde este punto de vista, el cine de Llosa, mas que presentar estereotipos, los supera y revierte. Contra todo lo que se piensa, muestra cómo la mujer rural puede superar el dominio patriarcal (Madeinusa) pero también el horror interiorizado de la violencia sexual (La Teta Asustada). Estos no son estereotipos, sino todo lo contrario. Incluso cuando en Madeinusa queda la impresión –según algunos– de que la protagonista ha sido hipócrita o desleal con Salvador, ¿no es acaso el sincretismo religioso una simulación obligada por siglos de imposición del catolicismo sobre las creencias religiosas andinas? ¿y acaso no pueden las mujeres rurales usar este instrumento cultural –tal simulación– para luchar contra males equivalentes o mayores (la violación, el incesto)?
    Como vemos, estas cintas superan los estereotipos porque instalan un tiempo y un espacio distintos a los que conocemos; y se apoyan también el la historia de estos grupos étnicos.
    En una película como Los otros, por ejemplo, Amenábar presenta hechos misteriosos que luego se revelan y esclarecen mediante la lógica dramatúrgica; así como en muchas otras películas “de misterio”, al final este se resuelve mediante una explicación lógica o “científica”.
    En el cine de Llosa, en cambio, tenemos hechos misteriosos, expresados en un lenguaje misterioso y que nos conducen al Misterio mismo. Ese Misterio no es mas que el desconocimiento del Otro, tal cual es; y el desconocimiento y falta de respeto de sus tradiciones culturales vivas (el mito). Es de esta forma que estas cintas evidencian la fractura social y la exclusión, y proponen también alternativas para superarlas; pero alternativas que están ya en el espacio del público, de cada uno de nosotros.
    Sobre la segunda parte de tu comentario, comprendo que sea difícil para quienes trabajan con mujeres rurales asumir un enfoque complejo como el que propone esta directora. Ello porque alguna gente que no entiende de qué va el asunto pueda refugiarse en estereotipos y darse por satisfecha. Sin embargo, lo correcto es: 1) ENTENDER antes de criticar o juzgar una obra de arte y ya en la comprensión de la misma: 2) explicar su contenido de acuerdo a las intenciones y sentidos que producen. Estas películas ofrecen varios puntos útiles para entender la exclusión social en nuestro país, así como para desmontar estereotipos o lo que puedan aparecer como tales para determinados segmentos de la población. La ventaja del cine de Llosa es que ofrece una riqueza de sentido inacabable, es decir, que sus temas pueden seguir debatiéndose más allá de la misma película, que sin embargo ofrece un enfoque holístico para encontrar respuestas que ayuden a una mayor integración no sólo entre los peruanos, sino de cualquier otra comunidad nacional sometida a brechas sociales o culturales producidas por la exclusión.

  3. maria eugenia
    24 de marzo de 2009 at 11:03 — Responder

    la comparacion que haces de ambas peliculas y tu analisis me parecen muy interesantes, pienso que La Teta asustada es una pelicula absolutamente redonda, lo contrario de Madeinusa que me parecio mas sugestiva, colorida y tambien exótica, con detalles muy buenos como el del reloj del tiempo, pero creo que tiene dos fallas principales.
    Una es la eleccion del actor que hace de Salvador, y la otra es el final. El hecho de que la protagonista cambie y se vuelva “mala”, no me lo creo y me parece un guiño a un thriller americano.

  4. Juan José Beteta
    24 de marzo de 2009 at 15:17 — Responder

    Efectivamente, el final de Madeinusa es polémico por donde se le mire.
    Y tu percepción también es interesante ya que otros sacaron la idea contraria, es decir, que la protagonista era una embustera hipócrita, como todos los “cholos” o “indios”.
    Ahora bien, estamos acostumbrados a ver los conflictos planteados en el cine como luchas entre buenos y malos. Hay, sin embargo, pelas donde las decisiones no nos llevan a calificar a los personajes en estos términos; un ejemplo reciente es el ambiguo final de Vicky Cristina Barcelona. Ocurre que en la vida tomamos decisiones que no siempre son totalmente buenas ni malas; así como obtenemos resultados inesperados u opuestos a nuestras intenciones.
    En el caso de Madeinusa, ella no tenía otra opción para poder escapar de la situación en la que estaba sino obrando como lo hizo. Eso revela que pese a sus fortísimos condicionamientos culturales y sociales, ella los supo usar para revertirlos, exhibiendo un alto grado de autonomía. Tenía bien en claro su meta desde el principio y su voluntad no se detuvo ante otras consideraciones.
    Y lo que hace poco “verosímil” este “cambio” es justamente que destruye el estereotipo de la mujer rural como sumisa y respetuosa del poder masculino (además de “atrasada”, “ignerante”,etc.); mostrándola como una mujer con agencia. Pero, al mismo tiempo, este desenlace daría la razón al estreotipo de la mujer y el hombre andinos como, para algunos (¿muchos?), embusteros, traidores, hipócritas, etc.; en suma, la “mala” de la película.
    Nuevamente, lo políticamente correcto, junto con lo políticamente INcorrecto. Y es que a esta directora no le interesa justificar ni explicar estas contradicciones, su objetvo es mostrarlas. Y, de esta forma, revaloriza la cultura andina in toto.
    La solución fácil y cómoda hubiera sido el happy end (como ocurre en Quisiera Ser Millonario), es decir, que Madeinusa y Salvador huyen y son felices en la ciudad.
    Sin embargo, escoge una ruta desafiante, que sólo se puede entender incorporamndo ese rescoldo de resentimiento y marginación que persiste en el Ande desde la conquista y quizás desde más atrás.
    En ese sentido, las cintas de Llosa son antisistémicas, no porque quieran destruir al “sistema”, sino porque muestran los esfuerzos de los excluidos del sistema por entrar a este, sin abandonar su cultura.
    En este marco, el rol político del mito es justamente su papel movilizador y sostenedor de los procesos de empoderamiento (¡quién diría que hallaríamos aquí esa vieja teoría de Sorel, tan cara a Mariátegui!). Y, desde el punto de vista económico, hay que ver esta puesta en valor de la tradición cultural VIVA como un capital social praa el desarrollo humano.
    En suma, si en La Teta ese ámbito mágico no está suficientemente enunciado (y sólo sugerido) es porque la directora quiere mostrar el abismo cultural en toda su dimensión, aunque también en toda su belleza.
    Se trata de una visión de la exclusión desde el punto de vista de los excluidos. Por ello, el cine de Llosa nos invita a conocer al Otro más allá de prejuicios, estereotipos y simplificaciones. Más aún, en el caso de su visión de Manchay en La Teta, nos ofrece una alternativa para superar esas exclusiones. Ojo, no una alternativa hipotética ni un “modelo de sociedad”, sino procesos sociales reales que desde lo popular articulan capital social a partir del aprovechamiento de la diferencia, la tolerancia y la muliculturalidad.
    Entender estas películas es conocernos y entendernos entre nosotros.
    En cuanto a tu segundo punto, el personaje de Salvador en Madeinusa, también podríamos asumirlo desde el punto de vista del estereotipo: el del estudiante limeñito que en sus vacaciones se va a la Sierra y aprovecha que es blanco para tirarse a las cholitas.
    Sin embargo, él también está más allá del estereotipo, ya que nunca llega a entender qué es lo que ocurre en este pueblo, la sacralidad de toda esa orgía y lo ajeno que le resultaba esa cultura. No es extraño, entonces, que se la pase deambulando sin saber bien qué hacer durante toda la película.
    No obstante, se trata de un personaje importante porque representa al mundo urbano y limeño; y es por ello que su final haga que un sector del público, en las ciudades peruanas, se identifique con él. Pero, además, porque le permite a la directora evidenciar el tipo de relación que podrían establecer los migrantes internos con respecto al grupo social al que pertenece Salvador en las ciudades. Punto recontra polémico, como ves. De allí que sea un papel en un sentido muy “fácil”, pero en otro, muy difícil de interpretar.
    Gracias por tu paciencia al soplarte estos post y comments tan largos.

  5. maria eugenia
    25 de marzo de 2009 at 12:36 — Responder

    gracias a ti por contestar, el asunto es facil, mas alla de estereotipos, no me gusta la actuacion del actor, me parece mala y en cuanto al final, alejandome de si es la unica solucion posible para ella o si la quisieron poner desafiante, me parece un final facil de pelicula americana, y lo que menos me gusto es la mirada final de ella. Me encantan las mujeres no sumisas y que salen airosas de los problemas pero tienes que creerte ese papel y debe ser coherente a lo largo de la pelicula , no sentirlo como un as sacado bajo la manga a ultimo momento.

  6. Juan José Beteta
    26 de marzo de 2009 at 10:02 — Responder

    Tá bien

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