Festival de Lima 2009: Lluvia

lluvia

Debo admitir que el suspenso con que empieza el reciente rodaje de Paula Hernández (Herencia, 2002), Lluvia, es interesante. Es de noche, en medio de un embotellamiento en una intersección apretada y bajo una tormenta, un extraño aborda de pronto el asiento del copiloto al lado de Alma, y permanece en silencio viendo la lluvia correr por el parabrisas ante los ojos atónitos de la mujer. Esta irrupción es la huella digital de la película: dos extraños que se conocen una noche para no olvidarse jamás. El súbito encuentro de dos realidades que nunca pensaron relacionarse y menos compartir sus angustias. Una manera de sanarse uno mismo, preguntándole al otro por sus heridas.

Alma pasea con la mudanza a cuestas, pues ha abandonado a su esposo luego de nueve años de matrimonio. Prácticamente vive en su carro durante las tres primeras noches. El extraño, Roberto, pronto dejará de serlo. Él ha venido desde España para encargarse de vaciar el departamento de su padre muerto recientemente, un padre del que no supo nada en 30 años. Alma y Roberto, dos perfectos anónimos en medio de sus soledades, acompañados siempre por una lluvia pertinaz que borra los contornos de la ciudad, acaso una metáfora de sus existencias.

No obstante, el desarrollo de la historia es algo demorado, parsimonioso, latente en ese querer develar al otro con demasiado respeto, inofensivamente puntilloso en notar las inseguridades de los personajes cuando se ven enfrentados a ellos mismos, y por medio de banalidades que parecen pensadas para congelar el lente e inducirnos a degustar la buena fotografía (fondos velados, contrastes expresivos, tomas cálidas) aunque con cierto regodeo que priva la acción de ese halo fortuito que en un momento nos planteó. El suspenso al que hacia referencia al inicio, se pierde muy pronto, y por el contrario, ya las dudas de Alma nos empujan a lo previsible. De otra parte, están las buenas actuaciones de los protagonistas, algo importante en toda historia, pero más en una con pocos personajes, o con sólo Alma y Roberto como eje principal, por no nombrar a la lluvia y a la ciudad que parecen no darle respiro a nadie. Me hubiera gustado que Alma fuera menos retraída, que validara, insospechadamente, la rebeldía que la condujo a abandonar a su marido y marcharse con la casa en el carro, y no vivir resignada por lo que había hecho; también que Roberto hubiera sido menos considerado consigo mismo y con los 30 años de abandono de su padre, que no se hubiera dedicado sólo a hacer un pasivo recuento de su feliz vida presente como padre de familia, y que quizás consiguiera rescatar cierta oscuridad formada desde la infancia, producto de la ausencia paterna en su vida, pero creo que ya estoy hablando de una película de Cassavetes.

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1 comentario

  1. Monel
    15 de septiembre de 2010 at 23:18 — Responder

    Buen trabajo

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