La felicidad trae suerte / Happy-Go-Lucky (2008)

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Dir. Mike Leigh | 118 min. | Inglaterra

Intérpretes: Sally Hawkins (Poppy), Eddie Marsan (Scott), Kate O’Flynn (Suzy), Joseph Kloska (amiga de Suzy), Nonso Anozie (Ezra), Karina Fernandez (profesora de flamenco).

Estreno en el Perú: 28 de julio de 2009

Único estreno valioso en la cartelera reciente, antes del ingreso de Enemigos públicos, Happy-Go-Lucky es un bello filme que reedita la maestría de Mike Leigh. Poppy es una profesora de treinta años que enrostra al mundo, paso a paso, una felicidad desbordante que resulta inexplicable. Su aspecto es el de un atiborrado y caótico ropero, portando texturas y formas multicolores, escotadas u holgadas, y colgando circunsferencias de diferente tamaño entre las orejas y las manos. Es uno de esos personajes límite que afrontan la vida desde la trinchera de un carácter invariable, que se convierte en factor determinante del relato y filtro por el cual el autor dibuja un universo expresivo.

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En medio del trajín del Festival de Lima, un estreno de valía en la cartelera ha estado menos atendido de lo debido. Se trata de Happy-Go-Lucky, la más reciente película de Mike Leigh, sin duda uno de los mejores cineastas del mundo. Luego del intenso drama Vera Drake, que junto a Secretos y mentiras y Naked, constituyen la imagen más notoria de su filmografía, esta vez retoma la comedia, género en el que ha demostrado la misma destreza, con cintas como Career Girls -que se conoció en el Perú como Simplemente amigas- y Topsy-Turvy. Es una película muy lograda, una clase de cómo narrar pulcramente las experiencias de un personaje extremo, Poppy, una profesora de treinta años que enrostra al mundo, paso a paso, una felicidad desbordante que resulta inexplicable, asumiendo la sensibilidad de una niña grande, que se mimetiza con sus pequeños alumnos y no pierde la sonrisa. Es uno de esos seres límite que afrontan la vida desde la trinchera de un carácter invariable, que se convierte en factor determinante del relato y herramienta clave para dibujar un universo expresivo del autor.

La actriz Sally Hawkins, a quien hemos visto muy distinta, rubia, menos juvenil y más sobria, en las turbias atmósferas de Vera Drake y Sueños y delitos (Cassandra’s Dream), de Woody Allen, hace un notable trabajo de caracterización. Se arropa de una serie de elementos enfáticos, gestuales y de vestuario: meneos, sonrisas, balbuceos, pasmos, pestañeos, saltos, guiños, contorsiones, carcajadas; multicolores blusas, polos, jeans, casacas, faldas, minifaldas, botas, transparencias; argollas y varias circunsferencias que le cuelgan en las orejas, el cuello, el pecho, las manos y las muñecas; y por momentos los mechones de cabello tapan sus ojos. Tiene la alegre apariencia de un ropero desordenado, y recuerda a las criaturas de Almodóvar, con la diferencia de que Poppy no es aventurera y se ciñe a un universo básicamente infantil, laboral, femenino y familiar, ni reacciona ante los problemas como un estallido volcánico, sino con la contención de una budista. Esta parafernalia se mantiene de principio a fin, pero Leigh poco a poco va alterando hábilmente ese clima permanente de distracción.

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Aunque Career Girls ya presentaba a Katrin Cartlidge y Lynda Steadman como una pareja de amigas hiperactivas y, a su modo, refractarias al discurso oficial, a primera vista Poppy no parece miembro del mundo de Leigh, caracterizado por seres tensos, adustos y violentos. Pero no sólo uno de ellos se incorpora en la trama con prontitud, el instructor de manejo Scott (Eddie Marsan, otro excelente colaborador del inglés), sino que el perfil de la protagonista es precisamente la negación de éste y así son el dúo indicado para crear fricción en un Londres suburbano aparentemente cómodo y tranquilo. En ese sentido, el desplazamiento por la ciudad sirve como fuente de información de las personalidades y de filtro del clima londinense, pues el relato empieza con el paseo despreocupado de Poppy en bicicleta, la cual pierde en los primeros minutos y la predispone para ese contacto áspero y dependiente con el sexo opuesto. Cuando éste se da, las calles serán vistas desde el vértigo que imprime Scott al timón y al diálogo con una alumna paulatinamente inquieta, que al principio no está preparada para ese tipo de interlocutor, agobiado por traumas, obsesiones satánicas y especulaciones sentimentales. Semana a semana, el espacio del automóvil de práctica es cada vez más opresivo, la conversación se centra en los defectos de Poppy y gira alrededor de sus botas, y el ánimo de Scott se traduce en arrancadas, frenadas, curvas y aceleraciones peligrosas. Si el robo de la bicicleta fue para Vittorio De Sica un golpe económico y existencial, Leigh lo convierte en una oportunidad para matizar la cotidianeidad y emprender inconscientemente un viaje de aprendizaje por lo desconocido, que en paralelo incluye clases de flamenco, dolores físicos, conflictos de sus alumnos y el tímido romance con el terapeuta que la ayudó a resolver esa situación también inédita. El final, que redondea los rumbos personales y de algún modo llega a invertir los roles, expresa sutilmente que ella, pese a ser ligeramente otra, prefiere no aplicar lo que aprendió.

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1 comentario

  1. fred
    22 de agosto de 2009 at 9:35 — Responder

    que reseña para monse

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