La dama de hierro (2011)

Más que de un personaje, The Iron Lady es una película de actriz. Es de los proyectos que giran en torno de la capacidad interpretativa de una estrella específica, talentosa y atractiva para el público, que se convierte en vehículo y sustancia básica del producto a elaborarse. Es una oportunidad que nace de la cercanía de la directora inglesa Phyllida Lloyd con Meryl Streep, la protagonista de su simpática opera prima fílmica Mamma Mia! (2008), donde la gran dama del cine norteamericano cantaba, suspiraba, saltaba, correteaba, ABBA, ABBA, ABBA.

Pareciera entonces que Lloyd tuvo bastante tiempo de mirar a Streep, hasta que se dio cuenta de que su fenotipo podía coincidir con el de la antigua y recordada, aún viva pero retirada de la vida pública, primera ministra Margaret Thatcher. Dicho sea de paso, aunque Lloyd recién se da a conocer en el cine no es una novel artista, tiene 55 años y posee una larga trayectoria teatral. Y además, antes de Mamma Mia! hizo un telefilme, Gloriana (2000), con el que ya había retratado espacios y figuras del poder británico, pues se trata de la adaptación de una ópera del compositor Benjamin Britten sobre la reina Isabel I, más conocida como la Reina Virgen, un personaje que, a su vez, ha sido interpretado en la pantalla grande por Bette Davis y Cate Blanchett, entre otras.

Esos son los parámetros de The Iron Lady, la mesura palaciega –no en vano, la autora recibió en el 2010 la Orden CBE, Comandante de la Excelentísima Orden del Imperio Británico– y el divismo actoral. Por ello, el perfil de la cinta se asemeja más al de un biopic como La Môme, acerca de Edith Piaf, que al de, digamos, el Nixon de Oliver Stone, al margen de los resultados expresivos. Es decir, Lloyd hace un filme poco político, no explora lo suficiente el mundo del poder, y concentra el relato en la cronología vivencial de Thatcher y la fracciona con saltos temporales, de la fuerza a la debilidad, del mando a la dependencia, del autoritarismo a la indefensión, del gesto tajante a la mirada perdida, y de la construcción de la caracterización histórica al maquillaje más recargado de la vejez puertas adentro. Todo alrededor del aura de un carácter personal, sobreviviente en diferentes momentos de guerras en territorio europeo o sudamericano, políticas, laborales o de género, pero sometida al deterioro físico natural.

Ciertamente, no descalifico que la realización de un proyecto cinematográfico se impulse principalmente por la valía de un actor o una actriz. Es una opción válida en la industria del cine, ayuda a convocar una serie de profesionales de prestigio, facilita la búsqueda de financiamiento y conlleva la posibilidad de obtener premios, como ha ocurrido con el soberbio trabajo de Streep. Pero encuentra sus límites, cuando la autoría, más allá de contar con la “carta ganadora”, no tiene mucho que decir de la complejidad que rodea al personaje estrella, y se le hace difícil elaborar una historia sólida, o incluso tal vez ni le interese. Y aún así, las escenas de postración de Thatcher y el estreno cercano a los treinta años del conflicto de Las Malvinas, no dejaron de provocar incomodidad en la política británica.

The Iron Lady

Dir.: Phyllida Lloyd | 105 min. | Reino Unido – Francia.

Guión: Abi Morgan.

Intérpretes: Meryl Streep (Margaret Thatcher), Jim Broadbent (Denis Thatcher), Susan Brown (June), Alice da Cunha (Cleaner), Phoebe Waller–Bridge (Susie), Iain Glen (Alfred Roberts), Alexandra Roach (joven Margaret Thatcher), Richard E. Grant (Michael Heseltine).

Estreno en el Perú: 16 de febrero de 2012


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