Hollywood sigue apelando a las franquicias, apuntando al recuerdo de populares filmes de los años 70, 80 y 90, convertidos en sagas delegadas por sus creadores, como James Cameron, George Lucas y Steven Spielberg.

Jurassic Park (1993), que se lanzó cinco meses antes que La lista de Schindler, luce la faceta más digerible y sombríamente aventurera de la filmografía de Spielberg. Sus secuelas de 1997 y 2001 no estuvieron a su nivel, al igual que esta entrega que dirige Colin Trevorrow, en su segundo largometraje y ascenso al gran presupuesto (suma un total de 150 millones de dólares).

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Jurassic World avisa por dónde irá desde el inicio, a partir de la codicia y la arrogancia de personajes muy marcados como Claire (Bryce Dallas Howard), la obsesiva gerente del inmenso parque jurásico, y Hoskins (Vincent D’Onofrio), oscuro inversionista del sector. Se sabe que habrá banquete de destrucción y peligro mortal, activando los clichés de la aventura y la acción, y en especial del cine catástrofe y las amenazas animales (Los pájaros y Tiburón son dos claras referencias).

Figuran Owen (Chris Pratt), entrenador de velocirraptores que rechaza el mercantilismo y conecta sensitivamente con las especies; los niños Zach y Gray, sobrinos de Claire, quien es responsable por ellos mientras dure su paseo; y una serie de roles secundarios en el personal de la corporación.

Los guionistas aseguran un típico juego de víctimas, incondicionales, salvadores y conversos. Y Trevorrow se entretiene con los juguetes lo suficiente para que el modelo funcione, pero descuida la fineza de inflexiones argumentales, como el final de Hoskins y el romance de la dupla protagónica, totalmente fallidos y forzados. Y todo ocurre… ¡en un solo día! Qué tal compresión del tiempo.

(Esta es una versión ligeramente modificada del texto publicado originalmente el 19 de julio en el Diario El Peruano.)