Festival Transcinema 2017: “Mariana” (Colombia) y “António e Catarina” (Portugal)

“Mariana”, de Chris Gude (Colombia, 2017)

En algún punto de la frontera entre Colombia y Venezuela, personajes merodean entre el paraje desolador, en donde realizan su rutina de contrabandistas, y de paso se mimetizan con el espacio de aire apátrida. “Mariana” se localiza entre el documental y una ficción plagada de tiempos muertos. El director Chris Gude desarrolla un concepto que me recuerda al de Sharunas Bartas; personajes desterrados asociados a un oficio ilegítimo, una especie de zombis tal vez fantaseando con hallar su lugar utópico, como la Gran Colombia, pero solo encontrándose con ruinas que gestan una metáfora de lo infecundo o no terrenal. Actualmente existe toda una producción sobre la enajenación territorial bajo similar modo de expresión espectral; desde Pedro Costa al cine de Lisandro Alonso, llegando a la reciente “All Cities of the North” (2016), de Dane Komljen.

“António e Catarina”, de Cristina Hanes (Portugal, 2017)

Existe algo interesante en el filme de Cristina Hanes, más allá de la puntualidad del diálogo entre sus dos únicos personajes. “António e Catarina” consta del registro de tres encuentros acontecidos en un espacio de tres años. Catarina visita a António. Una mujer en sus veinte se relaciona con un hombre a puerta de los setenta años. ¿Cuál es la relación entre estos dos personajes? ¿Es un lazo filial, amical o incluso amoroso el que los reúne? Y como para incrementar la duda de esa vinculación, el tiempo y la edad juegan su rol de alterar el carácter de las personas, especialmente el de António.

Es mediante esto que el António del primer año parece una contraposición del tercero. La elipsis del tiempo ha generado un cambio invisible, aunque severo, que afecta a las dos partes. Lo que en principio simulaba una reunión amorosa, para el tercer acto sabe más a una reunión filial. “António e Catarina” no tendrá diálogos transcendentales, pero sabe subrayar sus premisas: la vejez, las relaciones humanas, la soledad. A propósito de este último, es interesante cómo a medida que pasa el tiempo, António mira de distinta forma su entorno. De pronto lo que sucede al otro lado de la ventana, ya no estimula al hombre.

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