[Crítica] “Coco”: sensibilidad y humor a lo Pixar

Derribando muchos prejuicios, la estadounidense «Coco» (Lee Unkrich y Adrian Molina, 2017), trata a los mexicanos y a su cultura con un respeto y una empatía que ha dejado sin argumentos incluso a los más nacionalistas y antimperialistas del país de Frida Kahlo.

Camino a alcanzar los 30 millones de boletos vendidos en un país de 100 millones de habitantes, el decimonoveno largometraje de Pixar ha recibido la bendición de crítica y público en México y ya forma parte de su historia como la película animada más exitosa de todos los tiempos.

Su éxito es aún mayor en dos aspectos adicionales y extracinematográficos. En primer lugar, rompe un poco, aunque sea simbólicamente, el cerco de desconfianza entre ambos países que viene siendo fortalecido por la política migratoria trumpista de tratar a los mexicanos a partir de sus estereotipos más negativos. En segundo lugar, contribuye a expandir la convicción de que el cine puede abordar cualquier tema desde cualquier punto de vista, pero que necesita hacerlo con humanidad y rigor. Es decir que, por ejemplo, es posible tratar las costumbres más arraigadas de un grupo social —o de la forma en que los otros las miran— sin caer en el prejuicio, el racismo, el reduccionismo, la afrenta o la risa fácil, lo que es una regla de sentido común no solo en las artes sino también en la vida.

El día de los muertos

Con «Coco» Pixar tomó el gran riesgo de contar desde dentro una festividad costumbrista representativa y muy apreciada por los mexicanos, de origen indígena y ahora sincrética, que además fue declarada por la Unesco como patrimonio oral e intangible de la humanidad en 2003. Lo hicieron llevados por la potencia de la idea de celebrar la muerte, un tópico poco común en la cultura estadounidense, a pesar de que la productora Darla K. Anderson, los directores y la mayoría de integrantes del estudio conocían de este apenas lo que un turista promedio.

La sensibilidad demostrada por este grupo creativo en obras casi maestras como «Intensamente», «Up» y «Toy Story 3» los hizo entender fácilmente que lo primero que tenían que hacer para contar su historia era intentar comprender los sentimientos individuales y colectivos detrás de la superficie festiva y atractivamente turística de esa celebración. Para ello, desde 2011, como parte de un proceso que duró seis años, los directores viajaron varias veces a zonas famosas por sus celebraciones del Día de los Muertos, como Michoacán, Pátzcuaro y Janitzio, buscando convivir lo más cercanamente posible con familias de la zona.

En esta entrevista, Lee Unkrich, codirector del filme, lo explica con claridad: «Para mí era vital que pasáramos el máximo de tiempo con familias. Teníamos que ser turistas hasta cierto punto porque viajábamos y veíamos diferentes ciudades y pueblos pero quería asegurarme de que no lo viéramos desde el exterior, de que estuviéramos con familias aprendiendo de una forma muy íntima la forma en la que estas personas lo celebraban y cuáles eran sus tradiciones. Queríamos ver el amor de estas familias y cómo interactuaban. Muchas de las cosas que hicimos en la película surgieron de eso. Recuerdo una familia en particular en la que no podía creer la cantidad de generaciones que vivían en una misma casa. Tenemos al señor de la casa con sus hijos: desde adolescentes a bebés. Y conocimos a su madre, que vivía allí. Me paseé por la casa y miré a través de una puerta: la bisabuela estaba viendo la televisión. Me pareció fascinante y vimos que la familia de Miguel (el protagonista de «Coco») tenía que ser así. El trabajo de documentación que realizamos es un esfuerzo por tener autenticidad».

Esa búsqueda de autenticidad no acaba en la investigación y formulación de la historia sino que se extiende hasta la determinación de las voces que darían vida a los personajes, todos ellos latinos tanto en la versión original en inglés como en la doblada al español.

La frágil bisabuela Coco es el mejor personaje creado por Pixar desde el señor Carl Fredricksen de «Up».

El resultado ha sido que Pixar se ha ganado el respeto del público mexicano, que, en su gran mayoría, se ha sentido reflejado en la película, llegando a reírse de sí mismo cuando ha visto retratados algunos de sus traumas y exageraciones. Es algo muy difícil de lograr tratándose de una sociedad tan compleja como la latinoamericana.
La historia de Miguel, un niño-adolescente de 12 años, sirve para mostrar con frescura y gracia a todo un país desde una de sus tradiciones más entrañables. Es una historia poco original, pero muy estimulante y cautivadora: él, con todas sus fuerzas, quiere ser músico gracias a la influencia de un gran cantante local legendario que podría ser su tatarabuelo, en un país que ama la música, pero en contra de la voluntad de toda su familia viva, a la que su abuela dirige con mano y -como decíamos en Piura- “hawaiana” firme, pero también de toda su familiar muerta, dirigida del mismo modo por su tatarabuela. Ese odio a la música se origina en un músico que abandonó a la matriarca más antigua y cuya venganza, que se reclama de generación en generación, es el olvido.

Entre ambos mundos, el de los vivos y el de los muertos, al que Miguel tendrá que entrar en búsqueda de su destino, entre el amor y el odio por la música, en medio de una tensión marcada por un matriarcado típico de buena parte de los países latinoamericanos, la frágil bisabuela Coco, el mejor personaje creado por Pixar desde el señor Carl Fredricksen de «Up», apenas habla y, sentada siempre en su silla de ruedas, poco a poco lo está olvidando todo. Coco vincula todos estos mundos y hace girar todos los engranajes, conecta al odio con el amor, a la venganza con el perdón, al olvido con el recuerdo. Lo hace con apenas unas cuantas palabras y apariciones en todo el metraje y con movimientos faciales y corporales mínimos. Ella es el centro de las secuencias más conmovedoras (una de ellas, tal vez la mejor de la historia de Pixar). Sus facciones indígenas muy bien marcadas, sus arrugas profundas perfectamente delineadas, y el timbre de su voz ligero y débil son capaces no solo de vincularnos emocionalmente con nuestras madres y abuelas sino también con las identidades originarias y las raíces culturales que compartimos la mayor parte de mexicanos y peruanos.

Esa es la riqueza contundente de una película que en otros ámbitos (como el desarrollo de los personajes y cierta predecibilidad en sus giros argumentales) no es redonda. A cambio, nos ofrece una historia auténtica, sanguínea, emotiva y graciosa, que fluye a través de diferentes tonalidades de anaranjado de flor de muerto (flor tan presente en el Bajo Piura) que rellena imágenes y acabados que lindan con la perfección. Alebrijes (artesanías que en México son motivo de orgullo y que aquí cobran vida), un perro mexicano muy parecido a nuestros viringos sechuranos, papel picado, tamales y personajes de fácil identificación como El Santo, Frida Kahlo, Pedro Infante, Jorge Negrete (Chavela Vargas fue descartada a medio camino), pueblan esta película que seguramente adoraríamos si fuésemos mexicanos, aunque la hayan hecho extranjeros.

«Coco» enseña que hacer comedia, sátira o crítica social poniéndose en el lugar del otro, de aquel de quien se habla, no solo es rentable artística y socialmente sino también en términos monetarios. El estreno de esta película en nuestro país al mismo tiempo que «La paisana Jacinta: en búsqueda de Wasaberto», ese artefacto racista con el que contrasta nítidamente, es una oportunidad para que nuestros creadores locales y las empresas que los auspician entiendan que hay formas de hacer dinero dignas y respetuosas de los demás.

Aunque podrían ser de cliché y corremos el riesgo de idealizarlas, nos gusta pensar que estas palabras del codirector Adrian Molina son ciertas porque, además, el resultado de su película les da verosimilitud: «El origen de esta película viene de nuestro amor por México (…) Tenemos mucha afinidad por la gente y la cultura de ese país. Queríamos compartirlo y crear una carta de amor a México».

Cuánto cambiarían nuestro cine y televisión o cuán diferentes hubieran sido, al menos, el programa y la película de la “paisana Jacinta” si el amor y la afinidad (y no la ignorancia y el desprecio naturalizado por un grupo humano y su cultura) guiase a sus creadores.

(Publicado en el suplemento “Semana” del diario El Tiempo de Piura, el 10 de diciembre de 2017)

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2 comentarios

  1. […] nominadas son: Un jefe en pañales (The Boss Baby) The Breadwinner Coco Olé: El viaje de Ferdinand (Ferdinand) Loving […]

  2. 11 de junio de 2018 at 19:46 — Responder

    La película tiene similitud a la película el libro de la vida, pero en definitiva de verdad que tiene una historia muy bonita, de mi parte fuy a verla en el cine y ahora la vi dos veces mas en casapelis.net

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