[Crítica] “Wiñaypacha” marca un hito en el cine peruano

Ha sido una grata sorpresa poder haber visto la primera película íntegramente hablada en aymara hecha en el Perú por Oscar Catacora, un joven realizador puneño. Obra que exhibe una madurez artística y un acabado técnico impecables. Pero, sobre todo, una gran coherencia estilística, una apuesta por la autenticidad y una vocación por el reconocimiento de los valores culturales aymaras.

Lo primero que destaca en esta obra es el uso del paisaje. Desde el primer instante quedamos atrapados por la inmensidad del glaciar, la caída de agua y –a su vera– la cabaña de piedras donde se desarrollará la acción. Esa sensación abrumadora se mantendrá hasta el último momento de la cinta, estableciendo un cierto estatismo solo mitigado por las modificaciones climáticas: niebla, lluvia, granizo, vientos, luz solar, pero además fuego. Todos estos elementos tendrán su evolución, sus alzas y sus bajas audiovisuales; de tal forma que esa sobrecogedora impresión estética inicial irá mutando hacia una atmósfera de aislamiento, soledad y finalmente desamparo. Quienes hemos tenido la oportunidad de transitar ocasionalmente por esos elevados parajes andinos los reviviremos en la memoria como si fuera una primera vez gracias al sonido natural, que detalla con una nitidez impresionante los cambios producidos por el clima, pero que también soporta nuevas sensaciones, como el silencio, el temor y la resignación.

Ozu y el neorrealismo se afincan a 5 mil metros sobre el nivel del mar, en Puno, para inspirar esta bella película aymara dirigida por Óscar Catacora.

Catacora ha explicado los presupuestos estéticos que rigen su película. Sus fuentes son el neorrealismo italiano y la estética del realizador japonés Yasujirō Ozu. De acuerdo a ello, recurre a actores no profesionales –en este caso, una pareja de octogenarios– quienes viven solos en un remoto paraje puneño por encima de los 5 mil metros sobre el nivel del mar. El director compone esta obra siguiendo creativamente el estilo del citado realizador japonés, es decir, con largas tomas con cámara fija dentro de las cuales se va desarrollando la acción. Cuando se acerca a los personajes no recurre al plano y contraplano sino a tomas frontales y laterales. En ocasiones, los diálogos ocurren parcialmente en off, o sea, uno de los personajes habla en cámara y el otro contesta fuera de cuadro.

Algo que me impresionó fue cómo desde el inicio los planos abiertos se fueron haciendo, secuencialmente, más cerrados y cuando llegamos al primer plano de los personajes estos aparecen frontalmente y sus rostros arrugados parecieran ser parte del paisaje que el filme ha venido mostrando con lógica irrevocable.

La dirección artística es notablemente realista. Sin embargo, si viéramos las escenas por separado, aisladas una de la otra, seguramente tendríamos la sensación de estar contemplando auténticas obras de arte. Auténticas en un doble sentido: como creación y composición gráfica, y como mostración objetiva de condiciones de vida de extrema pobreza. No obstante, hay una narrativa bastante sencilla que neutraliza el efecto de estos dos elementos y deja aflorar el sufrimiento y la precariedad en la vida de esta pareja de adultos mayores.

Otro aspecto a resaltar es el uso virtuoso de la iluminación natural, no como un fin en sí mismo sino como un elemento de muy sutil acentuación del drama que la película va relatando. Los momentos más dolorosos son filmados con la cámara en picado y una luz contrastada. Junto a ello, es admirable el trabajo de sonido, en el que el ruido ambiental se combina con el silencio al punto en que podemos casi sentir el viento helado que va envolviendo a los protagonistas. No hay música alguna, ni es necesario tampoco, dada la sobriedad con que este conjunto de elementos audiovisuales componen una mirada distanciada pero no fría.

El peso del paisaje es abrumador, hay un manejo virtuoso tanto de la luz natural como del sonido (viento, lluvia, granizo, fuego, silencio) para transmitir aislamiento, soledad y desamparo.

Estamos, pues, ante una gran película. Sin embargo, esta obra tiene dos limitaciones. La primera, derivada en parte de sus presupuestos estéticos, es su previsibilidad; anunciada, ya que su desenlace es presagiado con distintos elementos del ambiente natural con resonancias en la cultura local. Además, el guion sigue una regla no escrita de varias películas neorrealistas según la cual si las cosas están mal solo pueden terminar muy mal. Felizmente, en ningún momento el director cae en el miserabilismo ni en el sentimentalismo gracias a su enfoque distanciado (influencia de Ozu). También hay que considerar que –hacia el tramo final de la película– se producen escenas crudas y sobrecogedoras que conjugan los factores naturales con el error humano resultando una fatalidad que se eleva a un plano estético por encima de los aspectos puramente realistas de la imagen.

La segunda limitación tiene que ver con la declarada intención de promover la interculturalidad que anima a los creadores de esta hermosa película; entendiendo como tal el contraste multicultural y/o la presencia de elementos de hibridación cultural. Ese contraste está presente pero en off, es decir, muy limitadamente. La pareja protagonista espera a lo largo de toda la película la presencia de un tercer miembro de la familia, el cual –especulan– lleva una vida muy distinta en la ciudad. El despoblamiento de las alturas andinas y la migración de los jóvenes hacia las urbes aparecen ocasionalmente como tema de conversación entre los protagonistas, pero este factor nunca se muestra en imagen ni en acción. En cambio, sí hay una fascinante descripción de tradiciones y creencias religiosas relacionadas con la cultura aymara. En consecuencia, esta película rescata tradiciones culturales vivas y alcanza el raro mérito de la autenticidad casi documental en relación con este escenario cultural. Sin embargo, el componente propiamente multicultural no llega a mostrarse sino apenas a enunciarse, sin llegar a lo intercultural.

No obstante, lo interesante es que estos elementos –además de una fuerte relación con el espacio natural– estuvieron presentes en el proceso de rodaje y producción de la película. Según lo declarado por el productor Tito Catacora, el equipo de producción estuvo integrado casi totalmente por personal local y los ritos e invocaciones que realizaban los protagonistas fueron reales (no actuados); mientras que, durante el rodaje, los miembros del equipo sufrieron de enfermedades respiratorias (alguno de ellos de gravedad) debido a las bajas temperaturas registradas. Este detrás de cámaras provee más elementos multiculturales respecto a la ficción que los que están presentes en la ficción misma. A veces creo que la película debió tener una especie de prólogo donde estos elementos –y otros derivados del casting y el trabajo con los actores– hubieran sido parte introductoria de todo el producto. Para ello, habría que ficcionar un poco estas circunstancias y reforzar el componente multicultural o incluso avanzar a lo intercultural. Claro que esta es una típica especulación (o buen deseo) en la que a veces caemos los críticos y cinéfilos –o sea, la de estar viendo otra película– que no resta méritos a esta notable cinta.

Por tanto, las limitaciones son solo eso: límites estéticos y dramáticos dentro de los cuales se encuadra una película de inocultables valores artísticos que, esperamos, marque un antes y después en el desarrollo del cine regional en Perú. Estamos ante un filme que, pese a su contenido fuertemente local, alcanza una proyección universal en la medida en que se desarrolla en el marco de fenómenos sociales como la pobreza, la exclusión social y la problemática de abandono de las personas de la tercera edad. Al mismo tiempo, el uso creativo de influencias estilísticas sólidamente ancladas en la tradición cinematográfica le garantizan una permanencia y trascendencia en el canon del arte audiovisual nacional.

El talento de Oscar Catacora y su equipo de colaboradores augura la esperanza de próximas películas de igual o mayor envergadura artística.

Wiñaypacha
Perú, 2017, 86 min.
Dirección: Oscar Catacora
Interpretación: Rosa Nina (Phaxsi) y Vicente Catacora (Willka).
Producción: Tito Catacora.
Guion y fotografía: Oscar Catacora.
Dirección artística: Hilaria Catacora.
Sonido: Edwin F. Riva y Rosa María Oliart.

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4 comentarios

  1. Raul
    26 de abril de 2018 at 22:21 — Responder

    Una pregunta , se ponen de acuerdo con el sr Ricardo Bedoya para estar tan perezozos para escribir criticas de pelis en cartelera XD.
    Por cierto interesante critica. saludos.

  2. […] with reviews calling the film everything from the promising debut of a talented director to an important milestone for Peruvian […]

  3. […] (2016), de Karina Cáceres (Arequipa) Bullying maldito (2015), de Melintón Eusebio (Ayacucho) Wiñaypacha (2017), de Oscar Catacora […]

  4. […] somos? ¿Qué ha sucedido en nuestra historia? Eso ocurre con “La casa rosada” y “Wiñaypacha”. Me pareció tan curioso ver esa intimidad y esa cotidianeidad que se muestran en […]

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