[Crítica] «Los helechos», disfrutar el presente

Encantadora ópera prima del realizador Antolín Prieto, quien logra reconstituir “la vida tal cual es” y convertirla –con sutileza y aplicada sencillez– en una simpática comedia de parejas. Podría pasar como un neorrealismo de clase media sino fuera porque no exhibe un drama social sino un hueveo social, presentado con una planificación ingeniosa a la vez que irónica; con actuaciones acotadas a lo cotidiano de tal forma que el humor va surgiendo hasta travestir los conflictos con una plácida resolución, que es la sensación que nos deja esta cinta: la de haber disfrutado el momento.

ESPONTANEIDAD

Una comedia ligera que retrata la vida de pareja tal cual es.

Lo primero que destaca es la espontaneidad de las actuaciones, las de dos parejas de dos amigos de trabajo –una relación de mayor duración (y con personajes con mayor edad) que la otra– que se van de vacaciones a una casa de campo a cargo de una tercera pareja –digamos, con una relación de pareja de duración intermedia–. Toshiro (Pedro Kanashiro) y Helena (Máfer Gutiérrez), junto a Felipe (Miki Vargas Navarro) e Iris (Nuria Frigola) son los visitantes; y Sol (Mariana Palau) y Miguel (Feffo Neyra) son los hospitalarios dueños de casa. La película está compuesta de una sucesión de situaciones y conversaciones de a dos, tres, cinco y seis participantes (en variadas combinaciones); dentro y fuera de la casa (estas últimas durante visitas a lugares de interés de un pueblito y sus rústicos alrededores en un valle costero al sur de Lima).

Las interacciones van de lo aparentemente trivial y obvio hasta confidencias bastante silvestres. Sin embargo, poco a poco, la ironía va moldeando los intercambios de manera casi imperceptible; y, luego, va creciendo del nivel sonrisa-fija hasta un punto de risas y por ahí algunas buenas carcajadas. De esta forma, cuando llegamos a los momentos de inesperado y abierto conflicto interpersonal, ya estamos tomados por el buen humor; de tal forma que el más fuerte de estos desencuentros domésticos se vuelve más bien divertido y su desenlace (con una pizca de humor negro) parece ser el de la resignación. Los otros se resuelven, como el anterior, de manera pacífica; uno, mediante el sexo, y el otro, gracias a un armisticio con sensación de olvido. Todo muy apacible, pese a las ocasionales perturbaciones.

SIMPLICIDAD

Vacaciones con piscos, enigmas arqueológicos y alimentación sana.

Dada la simplicidad al ras del suelo de los pequeños relatos de estos personajes, las actuaciones resultan relevantes ya que logran dar vida a comportamientos comunes y corrientes, además de mantener la credibilidad e insuflar interés en la construcción de sus personajes, más sugeridos que explícitos. Gracias a ello, resulta fácil identificarse con estos y, luego, que sintamos curiosidad, simpatía (y hasta ternura) por (algunos de) ellos.  Las mujeres visitantes resultan más interesantes que sus parejas varones, los que no destacan por su inteligencia (Felipe) ni por su tacto (Toshiro); mientras que Sol, la mujer de la casa campestre, resulta la más “maleteada” por sus aficiones vegano-esotéricas. Solo su marido, Miguel, queda a nivel casi de comparsa.

La mirada del director sobre sus personajes es ligeramente humorística, al punto de parecer –a veces– un poco sonsos; pero sin llegar a ser cojudos, perdón, naifs. Ayuda también el hecho de que la acción suceda durante unas vacaciones, lo que siempre hace posible el despertar de cortas nostalgias en el público. Además, de poner en escena una suave sátira (a partir) de jugar con los roles de género tradicionales.

Por otro lado, simplicidad no implica poca imaginación. Al contrario, supone haber utilizado componentes narrativos y audiovisuales simples pero eficaces y de forma ingeniosa. El principal es la sutileza con la que se sugieren y emergen los conflictos de fondo en las dos parejas visitantes; lograda mediante la inclusión de diferencias de opiniones en el grupo (las que no pasan a mayores), así como de episodios colaterales –curiosos e irónicos– que entretienen y desvían ligeramente la atención de los antecedentes que luego justificarán reveladores exabruptos e insatisfacciones. Sin embargo, el filme nunca se aparta de las tensiones latentes (convencionales) en las parejas a causa del desgaste de la relación a lo largo del tiempo.

IMAGINACIÓN

No obstante, es en los componentes audiovisuales –es decir, cómo se ha logrado lo anterior– donde se aprecia el talento del director. En particular, cómo supera el riesgo de que una cinta basada en conversaciones y diálogos más o menos cotidianos no resulte sosa ni aburrida. Para ello, Prieto ha combinado las secuencias de diálogo con traslados a las distintas locaciones fuera de casa, evitando el encierro o el estatismo. En las escenas donde están reunidos los seis personajes, utiliza travellings circulares durante la conversación. En otros casos, apela a mostrarnos la acción o diálogos en espacios fuera de campo; especialmente irónicos resultan las tomas (de detalle) de los pies durante traslados de los personajes o el diálogo sobre la disposición de jugadores en el equipo de fútbol durante la parrillada (pero también la única y la nada chistosa escena de sexo).

Hay también un cierto contraste entre los planos (muy) cerrados de algunas escenas con otros planos generales y panorámicos. Los planos cerrados no buscan crear una atmósfera opresiva, sino más bien de intimidad; por ejemplo, las cenas del grupo en la casa (apoyada por el citado –y envolvente– movimiento de cámara y una leve luz cálida) o las tomas iniciales y finales, al interior del carro (y donde ya se aprecia el trabajo con el espacio fuera de campo). A ello deben sumarse las tomas de detalle y con acción fuera de campo, como las arriba mencionadas.  

Mientras que las panorámicas sirven para suavizar las tensiones; así, por ejemplo, el diálogo decisivo de uno de los conflictos más fuertes ocurre en panorámica de un puente, con los personajes muy distantes del espectador. Se evita así la intensidad y prima un distanciamiento que ayuda a mantener el perverso humor que envuelve toda la situación. Esto se conecta con otro gran plano general, en el interior de la destiladora de piscos, escena preparatoria de tal conflicto y en que también se conversa –sotto voce­– de otros secretos (más bien espirituosos). 

La iluminación también juega un papel de balance y equilibrio. En varias escenas con encuadres cerrados ofrece una suave calidez que favorece la atmósfera de intimidad. En cambio, la luz natural del paisaje tiende levemente a la opacidad, debido a una relativamente baja neblina circundante. Las zonas grises apenas sugeridas en las relaciones de pareja encuentran en este uso del paisaje su mejor soporte, aunque sin exagerar. Un par de acotaciones musicales completan el menú que ayuda a aligerar el peso de las tensiones que surgen por momentos y que implosionan al final de la película.

IMPROVISACIÓN

Humor pedestre pero que funciona gracias a una sólida estructura audiovisual.

El director se siente en la necesidad de advertir, en los créditos finales, que esta cinta es una improvisación. Sin embargo, luego de lo señalado hasta aquí, parece que la improvisación se ha limitado al argumento, la actuación y los diálogos, ya que se aprecia el soporte de una estructura audiovisual bien pensada, haya sido esta elaborada sobre la marcha (en el rodaje) o anticipadamente.

En tal sentido, esta técnica cumpliría su función de restituir “la vida tal cual es”, ya que en un relato como el mostrado no siempre llegamos a conocer(nos) a todos por igual: algunos comparten más que otros en términos de las situaciones comunicativas y las interacciones; y puede ocurrir que alguno comparta muy poco o nada. De lo contrario, ¿qué quedaría para el chisme o la especulación? Estamos, pues, ante una cinta donde todo no está dado completamente masticado al público; solo lo suficiente para que se pueda intuir por donde va la cosa. Pero no hay que preocuparse: es fácil intuirlo y, lamentablemente (para los críticos), queda muy poco para la interpretación.  

Aun así, se necesita que haya un mínimo de coherencia narrativa y sospecho, por ejemplo, que algunas tomas con acción fuera de campo han servido como transiciones entre escenas con mayor acción dramática, a fin de mantener el hilo narrativo lineal. Si esto fuera así, serían los parches cinematográficos más amables que he visto en mucho tiempo. De otro lado, las conversas sobre enigmas arqueológicos, alimentación saludable, calidades de piscos, etc. tienen un poco el humor de una persona retraída, casi de un “matalascallando”; que escarba en silencio lo cotidiano para observar –a la manera impresionista– las pequeñas inconsistencias humanas.       

En suma, “Los helechos” es una cinta donde todo encuentra su equilibrio. Estamos ante una obra redonda, en la cual todo está colocado en el lugar correcto (lo dicho y lo omitido) y nada pareciera faltar ni sobrar. Los elementos narrativos habituales se combinan con el concepto audiovisual de “aquí no pasa nada”, apoyándose y neutralizándose, dejando brotar una comedia ligera en el mejor sentido; es decir, refrescante, ingeniosa, original, que deja la sensación de haber contemplado unos trozos de vida cotidiana cuyos estallidos más crudos quizás sucedan después o nunca, o quizás ya han sucedido. Una película para disfrutar y catar el presente.

Nota.- Hay que lamentar y denunciar que esta cinta no haya tenido la difusión que merece en los cines de Lima. No ha sido el único caso: lo mismo ocurrió con “Prueba de fondo”, un documental sobre la maratonista peruana Inés Melchor. Este es un ejemplo evidente de cómo el monopolio de la exhibición puede ahogar obras relevantes para el público y evidencia la necesidad de normas que garanticen una cuota de pantalla para la producción cinematográfica nacional.

Los helechos

Perú, 2018, 87 min.

Director: Antolín Prieto

Interpretación: Pedro Kanashiro (Toshiro), Máfer Gutiérrez (Helena), Miki Vargas Navarro (Felipe), Nuria Frigola (Iris), Mariana Palau (Sol) y Feffo Neyra (Miguel). Guion: Antolín Prieto, Máfer Gutiérrez.

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