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[Crítica] Festival de Lima: «Monos», de Alejandro Landes

El desarraigo, la maduración, la ley del más fuerte, la violencia. Estos elementos conforman la columna vertebral de «Monos», film colombiano de Alejandro Landes. El realizador nos arroja dentro de una pequeña facción de adolescentes en pleno conflicto. Su misión es simple: cuidar a su única rehén, a quien solo conocen como la Doctora (Julianne Nicholson), y a una vaca que les sirve de fuente alimento.

El escuadrón, originalmente a cargo de Lobo (Julián Giraldo), cae en manos de Patagrande (Moisés Arias). De ahí se inicia un viaje gradual hacia la ley de la selva, donde la impulsividad y el sometimiento son los únicos lenguajes. Los ecos a «Apocalipsis ahora» y «El señor de las moscas» son evidentes, pero también el carácter nómade y por momentos terrorífico, propio del estilo literario de Cormac McCarthy, sintiéndose como un relato en los confines de la civilización. 

La fuerza de la película se ve acompañada de una banda sonora angustiante, probando que Landes sabe en qué momentos recurrir a la música y en cuáles al silencio. El director se asegura de enmarcar a sus personajes con un montaje dinámico, rescatando la imponencia de los paisajes andinos, cuya belleza apenas encubre la muerte que deambula por la cordillera. El film es perfectamente capaz de elaborar atmósferas desoladoras, pero que nunca pierden esa majestuosidad que agobia a sus diminutos habitantes. 

A diferencia de otras entregas del Festival de Lima como la brasileña «Bacurau», donde se realza la perseverancia y defensa del territorio, en «Monos» la fórmula se invierte. Los jóvenes de la película no tienen un sitio que puedan llamar suyo. Son guerreros en tránsito, extranjeros en cualquier lugar (empleando términos mccartianos). Se movilizan a un espacio cuando agotan las posibilidades de otro, mientras el enemigo les pisa los talones y las ansias por desertar aumentan. 

Lejos de entregarse a un discurso moralista sobre los niños soldado, la narración opta por arrinconar a sus personajes ante la efusividad de sus camaradas, la inclemencia del territorio y las propias carencias de cada uno. La película adquiere su mayor fuerza al debatirse entre esos dos finales posibles: permanecer o escapar, morir en pie de guerra o jugárselas por una vida lejos de las armas, de las bombas, de los montes helados y las selvas hostiles, incluso si la probabilidad de lograrlo es mínima. De un modo u otro, el viaje planteado por Landes cumple con todo lo que promete, y mucho más.

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