[Entrevista] «La bronca», lo nuevo de los hermanos Vega | Cinencuentro | Cine Peruano

[Entrevista] «La bronca», lo nuevo de los hermanos Vega

El tercer largometraje de los hermanos Diego Vega (Lima, 1974) y Daniel Vega (Lima, 1973) -directores de las premiadas «Octubre» y «El mudo»- se anuncia como el cierre de una trilogía iniciada por sus primeros filmes, la cual tiene a la figura del padre como eje central.

En «La bronca» regresamos a los intensos años 90 en Perú, pero vistos esta vez desde la lejana y fría Canadá, país donde se refugia parte de una familia limeña de clasa acomodada. Conocemos al padre, Bob Montoya, quien ya separado de su esposa peruana, ha formado su familia canadiense. Al iniciar la película, recibe a Roberto, su hijo adolescente llegado desde Lima, cargado de una inconformidad y una ira contenida, que lo convierten en una silenciosa bomba de tiempo, esperando el momento para estallar.

«La bronca» se estrenó hace unos meses en el marco del Festival de Cine de Lima, donde obtuvo sendos reconocimientos: un premio para su actor principal Rodrigo Palacios, y el premio Apreci a la Mejor película en competencia. Luego, compitió con en el Festival de San Sebastián, donde obtuvo una mención del jurado de la Sección Horizontes Latinos; y en el Festival de Biarritz, en Francia. Ahora llegará a las salas comerciales de Lima, y otras ciudades esperemos, a partir del 17 de octubre.

Compartimos aquí una conversación que sostuvimos con Daniel Vega, días después de su estreno en el Festival de Lima:

Daniel y Diego Vega, directores de «La bronca».

¿Daniel, cómo fue el origen de la historia que cuentan en «La bronca»?

La historia la empezamos a escribir en el 2013. Cuando tenía 17 años me fui a vivir con mi papá a Toronto, Canadá. Fue en base a esa experiencia, a ese año que viví con él, que hicimos la historia. Yo de hecho no recuerdo haber vivido con mi papá nunca antes. Entonces, esa sería la primera vez que iba a vivir con él y conocerlo, de alguna manera. Porque yo no tenía la imagen del padre, solo lo veía los fines de semana. Eso es distinto el día a día, ¿no? En base a esos sentimientos, a esas emociones, decidimos escribir la historia. Obviamente es una ficción, no tiene nada que ver con lo que sucedió allá (risas). Al inspirarse en algo muy personal, creo que por eso la historia tiene mucha verdad.

¿Cómo ha sido el aporte creativo de tu hermano Diego en esta película?

La historia la escribimos los dos. Como Diego es más guionista que yo, la idea nació de él, me dijo: ¿por qué no me cuentas esa aventura de “convivir”? Entonces, yo escribí siete, ocho páginas, contando un poco cronológicamente qué recordaba de esa época. Y Diego me dijo: “pucha, esto está power”. Y empezó a escribir tratamientos, me los pasaba. Él escribió las primeras versiones del guion. Luego ya nos sentamos los dos, y empezamos a escribir juntos.

A diferencia de sus dos primeras películas, esta es la primera donde se introduce el subtexto de la guerra interna. ¿Cómo es que integran ese elemento que, al final de cuentas, es crucial para toda la historia?

Bueno, es porque era la época en que transcurre la historia. Yo me fui de Perú en 1991, y la historia ocurre precisamente en esos años. Me acuerdo, cuando era adolescente y vivía acá, lo que contaba la gente. Caía una bomba y la gente decía: “ya, vamos a ver de dónde viene”. Estábamos acostumbrados a vivir en esa violencia en Lima, aunque realmente donde estaba afectando mucho más era en el ande. La guerra, las bombas, uno como que se empieza a acostumbrar a eso.
Por eso la gente que se fue del país, incluida mi familia, dejamos el Perú atrás y luego no nos importaba mucho lo que pasaba en Perú. Y eso es un poco lo que hemos querido retratar en la película: esta familia de clase media alta que ha vivido con privilegios en Lima, que no se sentían orgullosos de ser peruanos. Hay una cuestión de identidad: el papá habla en inglés, y él mismo se hace llamar Bob. Quiere cambiarse el nombre, no le gusta ser Roberto Montoya. Entonces esa falta de identidad, ese poco orgullo de ser peruano, era algo que yo sentía en la gente que me rodeaba.

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El debutante Jorge Guerra (izq.) es Roberto Montoya, el adolescente que enfrenta a su padre, interpretado por Rodrigo Palacios.

Pero también está el tema de la violencia. Recuerdo que estábamos acostumbrados al peligro, a las bombas, a todo, y uno va cargando su vida de violencia sin querer. Yo de adolescente he sido medio agresivo, me peleaba mucho. De eso se trata la película, este adolescente molesto, no le gusta mucho quién es el papá que está conociendo. Y todo lo que vemos hacia el final de la película es conectarte con el país del cual estamos hablando en off. Y todos esos ecos de la violencia y la pelea entre peruanos.

En la película es muy importante este joven actor Jorge Guerra, que es el hijo que llega a Canadá a revolver todo. ¿Cómo fue el casting y su proceso de incorporación a la historia? 

Hicimos casting a muchos adolescentes, muchísimos. Y a medida que iban quedando finalistas, después de hacer pruebas, hicimos callbacks con Rodrigo (Palacios) y con el personaje adolescente, en esos callbacks quedaron dos opciones. Uno que es un muy buen actor pero que nos inspiraba una cosa distinta. Y estaba Jorge que no tenía experiencia, alguien completamente nuevo, pero sentíamos que él tenía algo dentro que era del personaje. Sentíamos que él podría aportar por su propia mirada, su propia carga. El otro actor no tenía esa carga. De alguna manera, Jorge no es violento, pero tiene algo ahí, de violencia, en su mirada. Entonces decidimos optar por este chico, arriesgándonos, porque no sabíamos cómo iba a funcionar.

¿Y cómo fue la selección de Rodrigo Palacios?

Eso fue muy interesante porque cuando escribimos el guion, la imagen de Bob Montoya que teníamos era como un Benicio del Toro de 40 años. Pero ese perfil es el tipo que arrasa, un toro desbocado. Entonces, encontrar un Benicio aquí es harto complicado. Alguien que te pueda dar esa fuerza, esa mirada, esa carga. Porque el tipo puede ser muy dulce como también muy duro, tiene una ambigüedad. Entonces, a medida que empezábamos a hacer casting veíamos que no lo encontrábamos, entonces teníamos que transformar el personaje.
Cuando le hicimos el casting a Rodrigo Palacios fue como una sorpresa, teníamos otras personas en mente, pero finalmente decidimos por Rodrigo porque dijimos: “este es un buen actor, y nos va a construir un personaje bueno”. Le hicimos crecer un poco con los zapatos, para que sea un poquito más alto que el hijo, para darle un poco de presencia. Y luego el look: le pusimos el bigotito… y desde ahí ya él construyó el personaje. Es un tipo que tiene un cierto patetismo, pero es como un winner. Se siente winner

Rodrigo Palacios es Roberto ‘Bob’ Montoya.

Con esta película se cierra la trilogía del padre que también es una tendencia muy fuerte en sus historias.

Me imagino que es una especie de catarsis. Mis padres me tuvieron muy jóvenes. Ya con 22 años mi mamá tenía dos hijos. Entonces hemos crecido en medio de esa inconsciencia, porque un tema de la película es la inconsciencia. Este tipo es un inconsciente. Por ejemplo, Bob, el padre, le presenta a la amante a su hijo. La forma de conectar con su hijo es rarísima. En nuestras películas hemos volcado la figura del padre que teníamos dentro. En «Octubre» está de una forma clarísima. En «El mudo» también está, pero de una manera más oculta, ahí también es importante el padre porque tiene una relación con la hija. En «La bronca» el tema es más la inconsciencia y cómo criar a un hijo, cómo dar el ejemplo. Y Bob no se da cuenta las cosas que hace, no sabe qué está haciendo mal. Le presenta a su amante y piensa: “No está mal, eres hombre, ¿no?”. Hay cierta masculinidad, que todavía sigue presente entre nosotros. La gente que ha conectado con la película me dice: “yo conozco a un tipo así”. Son personajes muy reconocibles en nuestra sociedad. Imagino que a nivel latinoamericano también.

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Uno diría ahora que esa relación es tóxica. Esa masculinidad, ese machismo. Pero, básicamente es una historia de hombres de ese momento. Y, por lo tanto, está ubicada en ese contexto. Eso no quiere decir que deba ser la forma en que debería conducirse la sociedad, es al revés, ¿no?

Exacto, de hecho, nosotros normalmente no hacemos crítica en nuestras películas. Pero mostramos algo para que la gente piense en ello. Y eso es lo que te muestra. Hay cierto tipo de masculinidad que existía en esa época y probablemente sigue existiendo ahora. Los hombres creo que estamos cambiando, deberíamos estar cambiando, sino estamos mal. Pero en el 91 ese tipo de hombre, ese tipo de relación con el hijo era algo normal. A nadie le extrañaba.

La canadiense Charlotte Aubin junto al nacional Rodrigo Sánchez Patiño, parte del reparto de «La bronca».

La película también es interesante porque transcurre en una geografía totalmente distinta y que desde el primer momento aporta, porque es dura, agreste, y te hace pensar que allí solo sobrevive el más fuerte.

Si pues, es durísimo vivir ahí. Yo recuerdo que cuando vivía ahí, la nieve, las relaciones con las personas, todo era otro mundo. No tenía nada que ver con lo latinoamericano. Canadá es esencialmente un país inmigrante, hay inmigración de todos lados. Y el frío es algo durísimo, la gente no sale de sus casas, nadie te invita a su casa. Roberto llega a este lugar a conocer a su papá y se siente más solo que en cualquier otra parte del mundo a pesar de estar al lado de su padre. Se siente solo a pesar de que el papá lo jala, con esa masculinidad que era vista normal en esa época. Y eso no es lo que Roberto necesitaba, sino más bien la imagen de un padre y Bob no le da la imagen que él necesita.

¿Cómo fueron desarrollando el personaje de Sánchez Patiño?

Su personaje también está inspirado en un personaje real, un colorado que no diré quien es (risas). Rodrigo es un gran actor, pienso que aun no ha tenido las oportunidades de mostrarse tanto en el cine. Sabíamos que tenía una naturalidad y lo iba a hacer muy bien. Y lo curioso es que Rodrigo cuando leyó el guion me dijo: «Esto yo lo he vivido”. Porque él también se fue a vivir a Canadá en una época. Me dijo: “No te imaginas, esta historia yo la he vivido, este personaje que estoy haciendo ahora, es tal persona, yo lo conozco”. Para él, acercarse a un personaje tan real, pues se le hizo más fácil construirlo.

Sabemos que tuvieron un rodaje corto. ¿Se debió a un tema de presupuesto?

Sí, hemos rodado contra el tiempo, filmamos la película en quince días, sin luces, usando luz de los focos de la casa. Ha sido un rodaje durísimo en ese sentido. Teníamos que hacer muchas escenas en muy poco tiempo, y en tiempo canadiense: es decir, días de 5 horas y ya, se acababa, no había horas extras.

Nosotros habíamos pensado en un proyecto más grande, pero luego uno se va estrellando con la realidad. Y llega un momento en que dices “o lo adapto a la realidad o no lo hago nunca”. Entonces, ya habíamos ganado el fondo de DAFO y de Ibermedia, dijimos bueno, esto es lo que tenemos. En noviembre del 2017 estábamos yendo a hacer scouting de locaciones y casting en Canadá, y entonces me llama el productor canadiense, y me dice: «Tenemos que hablar, para filmar esta película necesitamos 400 mil dólares”. Yo solo tenía 200 mil. Agarré mi maleta y me fui caminando como 2 kilómetros, me acuerdo que me tomé una foto con la maleta ahí solita y mi foto decía “ahí vamos”. Creo que la tengo en Instagram [N.E.: Sí la tenía, aquí @elojooscuro]. Era la foto más depresiva del mundo, porque en ese momento me había imaginado que la película no se iba a hacer.
Diego llegó al día siguiente, nos sentamos y dijimos: bueno, ¿qué hacemos? Fuimos a hablar con el productor. Terminamos quitándole 25 páginas al guion. Luego le pedí su cámara a mi amigo Jorge Carmona, le dije “te puedo pagar después”. Unos amigos mexicanos nos prestaron 15 mil dólares. Y con ese dinero fuimos y rodamos en 15 días la película. Fue una aventura titánica, nunca más lo volvería a hacer.

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Ustedes ya tenían toda la experiencia de haber hecho otras películas. ¿Eso les daba seguridad para realizar esta en tan pocos días?

No teníamos la seguridad. De hecho, yo prometí, si terminamos de hacer todas las escenas y queda todo bien, me rapo. Y el último día de rodaje, terminamos todo, y me rapé. No sabía si lo íbamos a lograr. Por momentos decía: «No lo logramos«. Pero sí lo logramos, fue increíble, éramos un crew de quince personas: el director de foto, un gaffer eléctrico Jorge Garro, el foquista Ivan Miranda, y Víctor Martín, ese era el equipo peruano, más los tres actores, Diego y yo. Allá tuvimos una asistente de dirección, Vanessa Mujica, gracias a ella, que se rompió el lomo organizando el plan de rodaje, nos hizo terminar la película.

Los Vega Bros. en acción.

Ustedes son unos directores ya establecidos, con cierto prestigio, se pensaría que no tendrían porqué tener dificultades para hacer su siguiente película. ¿A qué crees que se debió esto? 

Quién sabe, quizá no era una historia que se espere que salga de un país andino. Es una historia que quizá en el cine argentino o mexicano se puede esperar. Personalmente esta es la película que más me gusta de las que hemos hecho. Le tengo cariño a las otras dos porque son mis películas, son al final como mis hijos. Pero esta película, a pesar de todas las carencias y dificultades, creo que hemos hecho un extraordinario trabajo. Y creo que es la película que ha conectado emocionalmente con más gente. No me esperaba la acogida que ha tenido la película, en el Festival de Lima por ejemplo. Nunca me esperé esa conexión emocional de la gente. Algunas personas me escribían y me decían: «estoy devastado”. Un amigo me dijo: «Yo me siento así con mi papá«. Y claro, son personajes cercanos, son personajes que la gente reconoce, se pueden conectar emocionalmente.

Me gusta mucho que la gente haya conectado emocionalmente porque al final uno hace cine para eso, para que lo vea la gente, para que le emocione o le haga pensar o reír. Habrá algunos que dicen: “Yo hago mi cine para verlo solo yo”. Yo no me creo eso, es mentira. Les encantaría que 100 mil personas vean sus películas y les digan «que paja lo que haces». Yo creo que uno hace cine para que lo vea la gente. Mientras más gente, mejor. Desgraciadamente mis películas la han visto tres gatos. Seguimos con el sueño del millón (risas).

Nosotros nunca hacemos críticas, sino mostramos, estamos contando una historia que tiene este trasfondo, es el peruano que se fue, el que se fue a luchar. Porque Bob Montoya no es tipo malo, es un luchador, quiere salir adelante a como dé lugar. ¿Y eso es condenable?
Hay gente que ha migrado que se ha sentido muy movida por la película. Una amiga migrante me escribió: “He llorado muchas veces durante la proyección”, porque se identificó, se acuerda cuando migró, cuando la pasó mal. Mi papá me cuenta que, cuando se fue a vivir a Canadá, se fue a repartir periódicos, como muchos peruanos que fueron allá a buscársela y salir adelante, trabajando en lo que sea. Porque este Perú entonces era “un país de mierda”.

Ahora se viene el estreno comercial. ¿Cómo están enfrentando esta etapa?

Yo creo que el estreno va a ser uno acotado, hay que elegir bien dónde mostrar la película, escogiendo salas donde vaya gente que le guste este tipo de películas. Ahí donde han tenido éxito otras películas peruanas de este corte. Estamos ilusionados pero cautelosos.

Entrevista realizada por Laslo Rojas y Luis Ramos, el 19 de agosto de 2019, en San Isidro.
Transcripción: Diego Paiva

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