[Crítica] Berlinale 2020: «Las mil y una», de Clarisa Navas (Argentina)


Cada barrio es una experiencia audiovisual única, un componente clave en nuestra formación como personas. Quién no recuerda esa alegría de las tardes, después del colegio, cuando llegaba la hora de salir a “pelotear”, a jugar “liga“ o “matagente” con las y los vecinos de la cuadra. Y ni qué decir de la época de carnavales y los cumpleaños, donde todos se juntan y al final del día siempre, siempre quedan dos grupos: el de los adultos y el de los niños. 

El hecho de que en un barrio todos se conozcan tiene muchas ventajas, pero también desventajas. Durante la adolescencia, la vida en un barrio se puede poner un poco más compleja. Las relaciones, la forma de ver y tratar a los vecinos cambian. Uno que otro amorío  puede alterar el equilibrio dentro del sensible ecosistema de un barrio. El barrio en el que uno vive puede ser entonces un paraíso terrenal, pero también el infierno.

Es precisamente la complejidad de un barrio, la cual la directora argentina Clarisa Navas elige como centro de la historia que cuenta en “Las mil y una”, su segundo largometraje, que fue elegido para abrir la sección Panorama de la Berlinale este año.

[Podcast] Escuchen aquí una conversación con la directora Clarisa Navas:

El personaje principal de esta ficción es Iris (Sofía Cabrera), una millennial de 17 años quien ha dejado el colegio por el basket. Cuando no está entrenando, Iris se la pasa con sus dos mejores amigos, los hermanos Darío (Mauricio Vila) y Ale (Luis Molina), dando vueltas en su barrio “Las Mil”, en la ciudad de Corrientes, al norte de Argentina. Un lugar en donde la mayoría de las casas no están terminadas, muchas se caen a pedazos. Los negocios informales abundan y varias calles aún no están asfaltadas. Siempre se escucha alguna cumbia o reggaeton a todo volumen. Las peleas callejeras y los correteos con la policía están a la orden del día.  

A Iris parece no importarle nada de eso. Para ella solo existen su pelota de básquet, sus dos amigos y su secreto: Renata (Ana Carolina García), una chica mayor que ella, que parece haberse apoderado de sus pensamientos y emociones. Iris está enamorada, pero Renata tiene mala fama en el barrio. Según los vecinos, las drogas y la prostitución componen el día a día de Renata, se dice incluso que tiene VIH. 

Iris no tiene ningún contacto con Renata, su interés por ella es al principio únicamente platónico, pues ella no se atreve a acercarse por temor. Por un lado, teme al rechazo de Renata; por otro, teme que los rumores sean ciertos. Y por último, ¿qué dirían los del barrio si se enteran que le gusta una mujer? 

Los únicos que saben de las fantasías de Iris son una amiga lesbiana y sus dos amigos del alma, quienes a su vez están experimentando tanto con sus preferencias sexuales, como con su sexualidad en sí. 

El trío quisiera aislarse del resto del barrio, olvidarse de todos, pero eso parece ser imposible. Para no generar desconfianza o rumores, asisten a las invitaciones de los vecinos para salir a tomar y a jugar. Por más que el trío se esfuerce en mantener un núcleo íntimo y lo más secreto posible, los vecinos contemporáneos parecen saber muy bien que no son estrictamente heterosexuales. Es precisamente por eso que los maltratan constantemente, obligándolos a hacer cosas que ellos no quieren, a punta de violencia o amenazas. 

En algún momento Iris logra acercarse a Renata y se desarrolla una dinámica muy íntima entre las dos. Pero el barrio y los rumores no las dejan en paz. Enamorarse por primera vez, vivir fantasías eróticas, es decir, algo a lo que todos tenemos derecho, parece no estar permitido para Iris, su entorno se lo prohíbe. 

Pero ella y Renata no son las únicas que sufren esta opresión y violencia. El peligro y la precariedad en la que viven sus amigas trans alcanza magnitudes inimaginables para la mayoría. Pues bien, nada de lo que muestra “Las mil y una” es pura ficción. Clarisa Navas entrelaza elementos autobiográficos e historias reales que ha ido juntando a lo largo de su vida en su barrio, en la periferia de Corrientes capital, y en su paso por el mundo en general. A su vez, varios miembros del elenco principal han vivido en carne propia, por lo menos en parte, lo que les toca sufrir a sus personajes, tan solo por ser diferentes, por ser queer o trans. 

La ficción de “Las mil y una” aprovecha muy bien la dinámica del lugar de grabación, el barrio de Las Mil y juega en varias ocasiones con una estética documental. El resultado es un invitación directa a ponerse en los zapatos de las figuras principales. 

Tal vez alguno se queje de la brutalidad que se muestra de vez en cuando en este filme, por los pocos filtros que se utilizan al presentar las dinámicas que se manejan entre jóvenes.  Pero Clarisa Navas no exagera en ningún momento, por muy difícil que parezca. La verdad y la memoria con las que se arma el cine en casos como este, serán siempre la mejor manera de contar la historia de miles, millones de personas que sufren violencia, tal vez incluso mueren, a causa de una sociedad que se aferra a formas y normas obsoletas, carentes totalmente de empatía. 

Tuve la oportunidad de hablar con la directora sobre su película, su manera personal de hacer cine, su afición por la filosofía,  las particularidades al momento de trabajar temáticas queer y el manejo de la distancia hacia trabajos que contienen elementos autobiográficos, entre otros. 


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