Luego de vivir tres de los días más cinéfilos de mi vida en la capital del cine mundial, y sentir la magnitud y despliegue de la industria cinematográfica, lo único que me queda por decir es que Cannes es cine y el cine está Cannes.

El festival más influyente a nivel mundial brinda distintos tipos de acreditaciones, muchas de ellas atractivas para jóvenes cineastas como yo, que provienen de distintas partes el mundo. La misma cartelera que nos brinda Cannes está también representada por los asistentes del festival. Es muy fácil encontrarse con un productor chileno o un director de Israel esperando en las filas para entrar al estreno de la nueva película de, por ejemplo, el argentino-italiano Gaspar Noé o el estadounidense Wes Anderson. “La industria del cine está aquí y ahora”, era lo que me repetía durante estos días viviendo la ola de calor y cine en Cannes… y no era la única.

Mirar a tu alrededor y notar los ojos brillando de noveles cineastas, productores, agentes y cinéfilos, al ver pasar a Tilda Swinton en un bello vestido y recibiendo una ovación, te da la sensación de que estas tan cerca, tan cerca de ellos. Viniendo de un país como el Perú, con una industria del cine siempre en construcción, por fin sentía que hacer cine no era algo raro ni imposible.

En mi primer día empecé por todo lo alto, viendo la que resultaría ganadora de la Palma de Oro, “Titane” de Julia Ducournau. ¡Qué tal evolución! El segundo largometraje de la directora francesa sigue la línea de los fetiches extremos que presentó en “Raw” (2017), esta vez sobre uno aún más bizarro que el anterior: la filia hacia los coches que tiene la protagonista, causada por un episodio traumático en su infancia. Ducournau está demostrando ser una directora totalmente atrevida, sus obras no se guardan nada y constantemente abordan temas incómodos, y en el caso de “Titane”, difíciles de ver.  

Alexia, interpretada a la perfección por el rostro desgarrador y lleno de ira de Agathe Rouselle, brilla. Brilla con una luz platina que viene del titanio que se le colocó cuando era niña, que aun mantiene en el cráneo y que la llevó a su filia actual. Alexia es una criminal que bajo una circunstancia extraordinaria se ve en la necesidad de ocultar su identidad, su sexualidad y su estado para poder sobrevivir. En esta búsqueda intensa y agresiva encuentra a Vincent (interpretado por Vincent Lindon), un bombero fisiculturista en búsqueda de su hijo perdido desde hace diez años.

La química entre Alexia y Vincent, que empieza como un enfrentamiento constante entre dos personajes tan fuertes como trastornados, es impactante. La lucha entre ambos, en adición a la lucha eterna de Alexia con una dosis de violencia, crea la tormenta perfecta. Ducournau visita los temas de violencia en todo su esplendor, en un inicio somos enfrentados con posiblemente el más duro de ellos; el desamor de los padres, en este caso, la indiferencia del padre de Alexia hacia ella, una distancia que luego la lleva a manejar su vida de una manera tan agresiva años después. Posteriormente vemos la violencia de la hija abandonada (Alexia) y cómo todo su entorno vive las consecuencias de aquella crianza, una persona completamente sin empatía, una asesina en serie que no tiene remordimiento sobre sus acciones. Ella vive llena de dolor y se encuentra luego con el dolor personificado, el personaje de Vincent, un hombre violento y destrozado por la desaparición de su hijo, que no llega a superar desde hace una década.

El estilo de Ducournau prueba nuevamente ser único, ser solo la segunda mujer en ganar la Palma de Oro no se consigue sino con mucho talento y mucho esfuerzo. Es difícil definir su mirada, se podría hablar de una violencia casi tarantinesca con toques de la intimidad de Céline Sciamma. Lo que Ducournau está haciendo en años recientes es redefinir el cine atrevidamente, tiene una mirada fresca y contemporánea sobre el rol de la mujer y sobre la violencia humana. Ha atraído la mirada mainstream mediante golpes y rebeldía y, a mi parecer, tendremos muchos años más de excelentes películas gracias a ella.

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Otra de las grandes películas del festival fue el esperadísimo musical de Leos Carax, “Annette”, su siguiente película desde la increíble “Holy Motors”, una obra maestra sobre la pasión, la contemporaneidad, la maldad, el amor y el dolor.

El musical nos empuja hacia los límites de la pasión y el dolor, vamos de la mano del mismísimo Leos Carax. Es él quien nos da la bienvenida a su universo, de la mano (literalmente) de Adam Driver, Marion Cotillard y Simon Helberg, quienes toman la batuta de la narración y entran en personaje cantando y caminando. Tenemos entonces a nuestros protagonistas.

Estos son Ann y Henry McHenry, una pareja de artistas constantemente perseguidos por los paparazzi, ella es una cantante de ópera y él un comediante de stand-up. Ambos son una pareja inusual y, sin embargo, la pareja del momento.

Los stand-ups de Henry consisten en sátiras sobre su vida personal, sobre su maldad reprimida y su poca fe en la humanidad, mientras que las presentaciones de Ann hablan sobre la intensidad de la vida y de la muerte de forma lúdica y curiosa. Son dos caras de la misma moneda y están perdidamente enamorados. Pronto, la pasión con la que viven su amor los lleva a formalizar su relación y tener una hija, Annette.

Carax mezcla una narrativa clásica, una historia de amor y tragedia con su mirada completamente inusual de la humanidad. La realidad cruda de lo que puede ocurrir en cierto tipo de relaciones, el dolor con el que las parejas conviven, la envidia y frustración que los acompaña, además nos sitúa astutamente en temas contemporáneos. Henry es acusado de acoso sexual por un grupo de mujeres; al hacerse pública la denuncia en su contra, Ann sufre por compaginar ello con la realidad de su relación. Pronto Henry comienza a quedarse en casa mientras la carrera de Ann crece más y más, y su mundo interno empieza a devorar su exterior.

Decir que Adam Driver se “come” la película es quedarnos cortos sobre la magnitud de lo que hace interpretando a Henry. Su retrato es tan doloroso como crudo, nos lleva a los extremos de un conflicto interno sin resolución, él sabe del mal de sus acciones y aun así no puede detenerse, duda constantemente sobre sí mismo y no lograr superarlo, daña a todos los que están a su alrededor. Henry está completamente atrapado y termina cediendo su lugar frente a las luces para que Annette lo tenga, capitaliza sobre el talento de su hija de una forma despiadada, sin tener en consideración que su hija es muy joven para ese tipo de situación. Henry sufre y sufre, entiende y aprende pero no llega a corregir jamás. Es una metáfora de la parte más cruel de la humanidad. 

Carax hace una decisión arriesgada con respecto al casting de Annette, el uso de una muñeca durante la mayor parte de sus apariciones es formidable; la vemos como la ve el mundo, como la ve su padre. Annette es una muñeca tierna y utilizada constantemente por las personas de su entorno, no la dejan ser una niña hasta cuando ya es muy tarde, momento en el que por fin la vemos como una persona, lamentablemente en ese momento es una persona consciente de lo que ha pasado en su vida. Una persona que carga ahora lo que sus padres hicieron. 

En principio la pieza de Carax podría parecer pesimista, remite por momentos al uso irónico de un género como el musical (tradicionalmente alegre) en una narrativa que no lo es. Como previamente a él lo hubieran realizado cineastas de la envergadura de Lars Von Trier, pero no dejamos de ver la mirada de Carax en esta pieza; la soledad de los artistas, performers y cantantes, es algo que ya hemos visto por parte de Carax en su película previa, la que a su vez es también un retrato sobre la soledad y sobre cómo vivir dejando tu espacio personal por la vida del artista. En su nuevo film, Carax acompaña a la soledad con planos que remiten a puestas de escena clásicas, en el caso del retrato de Ann, quien camina entre el borde de la vida y muerte, la vemos idealizada, siempre inmaculada mientras que en el caso de Henry vemos su descenso hacia la locura con planos que siempre sugieren, a pesar de que está acompañado, lo solitario que se llega a sentir. Vemos al demonio descender hacia los infiernos y finalmente ser traicionado hasta llegar a pagar por sus crímenes, tanto literalmente como metafóricamente. No podemos dejar de mencionar el uso del color en la película, Ann siempre de anaranjados y rojos, y Henry siempre de verdes y negros.

Carax brilla, como siempre lo ha hecho y Adam Driver se luce en el mejor papel de su carrera hasta el momento.

Ambas películas han sido premiadas con la Palma de Oro y el Premio a la Mejor Dirección, respectivamente, para “Titane” y “Annette”. Ambos son clásicos inmediatos que están ya redefiniendo la manera en que se hace el cine.