En una zona de la frontera argentina, una bestia ha comenzado a asustar a las mujeres. Es consecuencia de dicha premisa que se me viene a la mente Muere, monstruo, muere (2018), película que también descubre a una comunidad de perfil excéntrico, lo que no hace más que alentar el aire de misterio que envuelve al escenario. Muy a pesar de esas coincidencias, estos filmes argentinos optan por asumir una ruta distinta del otro. Mientras que la película de Alejandro Fadel se concentra estrictamente en alegorizar un terreno en donde la ejecución o complicidad de actos feminicidas parecen congénitos al género masculino, la ópera prima de Agustina San Martín se orienta a fabricar una alegoría de un exilio forzado. Matar a la bestia (2021) relata la historia de Emilia (Tamara Rocca), una adolescente que migra a un poblado ubicado entre la frontera de Argentina y Brasil en busca de su hermano. Así como en las western, la llegada de la forastera es el reconocimiento de un terreno inhóspito. Si bien no son desiertos los que rodean el área, es la frondosa selva la que limita y escatima a este pueblo de conexiones con el exterior. Es decir; estamos tratando con una zona fronteriza que, literalmente, está cercada y da avisos de ser una zona restringida.

La entrada de Emilia a este territorio es también equivalente al ingreso a un pueblo fantasma. La bruma, el espesor de la naturaleza, la hostilidad de sus habitantes; son signos de advertencia que parecen emular a una película de terror. De pronto la llegada de Emilia es un adentramiento a otra dimensión, una zona en donde la señal de los celulares no existe, así como la buena hospitalidad, incluyendo la que viene de ese personaje del que no percibimos, sino hasta después de un tiempo, era su tía. Es como si los vínculos familiares en este circuito no respondieran a un llamado o auxilio natural. De ahí por qué la adolescente no recibe respuesta de su hermano a quien llama incesantemente desde teléfonos convencionales, hermano del que nadie le da o quiere dar referencia en ese pueblo abandonado. La razón tiene que ver con la naturaleza de sus habitantes. Matar a la bestia nos describe un circuito en donde han ido a caer una serie de elementos depurados por la urbanidad. Es casi seguro que esos malos antecedentes que obligaron al hermano de Emilia a llegar a ese lugar son los mismos o similares que comparte cada uno de los lugareños. Podríamos decir entonces que, en efecto, estamos ante un lugar habitado por fantasmas, los depurados por la corrección social.

Me pongo a pensar ahora en una película como Los silencios (2018), de Beatriz Seigner, en donde tenemos también el caso de una comunidad que es síntoma de la migración forzada, culpa de la violencia que padecen sociedades nativas obligadas a abandonar sus terrenos. La frontera, tanto en esa película como en la de San Martín, se traduce como un no lugar, una población que no existe en los mapas o en algún escrito oficial, una zona en donde los fantasmas han ido a parar. Sendos filmes comparten además ese gesto de personas recuperando el vínculo familiar o la memoria. La migración de Emilia no es tanto por un acto de exilio, sino un compromiso por retomar el contacto con su hermano que lleva tiempo en el “pueblo fantasma”. La película inicia con Emilia recordando un canto que su hermano dedicaba a ella y su hermana; lo que sigue es Emilia llegando al pueblo. Es la memoria la que nos mueve, nos saca de nuestro lugar natural a fin de curar el pasado o asistir a nuestros muertos. Es también un tránsito que implica cambios que podrían ser incómodos o pesarosos. Matar a la bestia se inicia con una narrativa convencional, pero es cuando Emilia reconoce la realidad de esta realidad ajena que esa narrativa se fractura, se torna densa, hay algunos flashbacks y una multitud de situaciones que lucen intrascendentes, pero que van dando forma a esa naturaleza que está al margen de lo normal.

Tenemos entonces pues a una muchacha que ingresa a esta población que no existe, lugar de muertos o damnificados sociales, quienes lidian con una bestia que anda merodeando, una bestia que dicen que es la transformación de un hombre que fue malo. Diríamos que la única razón que fuerza a Emilia a quedarse a ese lugar es el encontrar a su hermano. Lo cierto es que algo comienza a acontecer entre esos momentos difusos, carcajadas y bailes sin sentido. La adolescente comienza a amoldarse dentro de toda esta incomodidad que parecía no entender, y ello tras la llegada de una nueva huésped de la comunidad. Matar a la bestia nos relata también una historia de un despertar sexual, el de Emilia sintiendo restricción, luego curiosidad, y, finalmente, empatía hacia esa muchacha de la que no percibimos incluso un acercamiento convencional, sino más bien es una aproximación casi instintiva, lo que, posiblemente, no pueda ser bien contemplado en una sociedad, como el de la capital, que dilapida discursos represivos. Agustina San Martín crea una película sobre condenados, los expulsados sociales, los estigmatizados y luego olvidados, expuestos a la privación de sus derechos y el peligro de una bestia que tiene varias formas, pero que no es más que un ánima agobiada por el ostracismo.