El tiempo y el silencio (2020), primer largometraje de Alonso Izaguirre, es una especie de sismógrafo sensible que capta movimientos y vibraciones de baja intensidad en una Lima extrañamente tranquila y cómoda, en el mesocrático distrito de Jesús María. Mucho silencio, las calles vacías, el hoy extinto CineStar Las Américas despoblado, personajes solitarios, transeúntes reconocibles, un tiempo prolongado en planos generales en exteriores o más cerrados en interiores, un conjunto de sonidos sobresalientes entre el sonido ambiental que deja escuchar el canto de los pájaros, el murmullo del mar o la lejana respiración urbana. Hasta una amplia piscina es utilizada por una sola nadadora.

Izaguirre propone una dicotomía entre lo íntimo y lo masivo, privilegiando a uno y desapareciendo al otro: aprecia la gran ciudad como un recipiente de soledades donde nunca asoma la aglomeración y por lo tanto las personas sensibles y atentas a la cultura, que son escasas, siempre van a terminar conociéndose inevitablemente, ya sea que se trasladen por largas cuadras en bicicleta, moto o a pie, o trabajen en espacios cerrados y oscuros, proyectando una película, o iluminados, realizando un taller cultural. Incluso aunque dejen de verse años alguna referencia puede refrescarles la memoria, como haber administrado de joven un establecimiento de fotografías en Jesús María que se heredó del padre y que ya cerró hace años.

Convertidas en unos elementos más del suave paisaje urbano que dibuja Izaguirre, aparecen la cultura y puntualmente la gestión cultural. No sólo el multicine, también el cineclub, con locación en el Centro Cultural Peruano Japonés, funciona casi sin público. Y el grupo humano más numeroso, aunque sin alcanzar las expectativas de su expositor, figura en un taller que aborda la obra del escritor francés Marcel Proust, el autor de la novela “En busca del tiempo perdido”. Encerrados, reflexionando sobre el tiempo como revisión del pasado y de la vida transcurrida, y de cómo afecta y se relaciona con la conciencia del sujeto que lo experimenta, o leyendo poemas que interpretan la poética de Proust, mientras afuera circula un extenso tren que recuerda al de los Lumière, parecen envueltos en un refugio, en la única posibilidad que tienen de estar en un grupo aun minoritario. El expositor, interpretado por el cineasta Manuel Siles (Extirpador de idolatrías, Vivir ilesos), trata de sobrevivir con sus talleres y la venta de una cámara antigua de la que no quería desprenderse. El clima, sin existir el contexto de pandemia, ya es de encierro y de premonitoria distancia social. “Donde tú trabajas no es conocido, si tú no me cuentas no me entero”, se oye con naturalidad.

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Asimismo, las relaciones personales son expuestas cubiertas de sencillez. Un rompimiento sentimental, previo diálogo cortado abruptamente sobre la película vista en el multicine, es comunicado fríamente dentro de un auto estacionado con la forma del simple anuncio de un viaje y estancia permanente en Canadá por motivos laborales. El silencio se expande, no hay respuesta ni reclamo en un plano conjunto de espaldas a la cámara.

Luego de un plano nocturno de transición en el que la joven está sola y pensativa, y extensos travellings out en las avenidas de madrugada que sugieren la radicalización de la introspección y el aislamiento, acompañados de una música más bien sombría, como si la ciudad hubiera perdido más encanto, llega en el taller una cita de “Por el camino de Swann” que rememora las calles de Cambray y habla de la memoria recóndita, de colores y un olor de cocina que sube desde el sótano, y de la probabilidad de entablar contactos sobrenaturales. El fragmento que se suma al todo con su identidad propia.

Con la inclusión de otro paseo libre en moto, como explorando de nuevo el mundo, es la antesala de una amena conversación culturosa entre la proyeccionista y el tallerista en la que se alude al Cine Club Méliès, de gratísima recordación para nosotros en el distrito de Pueblo Libre, añorando la proyección de Nosferatu de Murnau en 16 mm y demás joyas en celuloide. Igualmente se habla, sin decirlo claramente, del antes mencionado Peruano Japonés, que evocamos también con cariño. Justamente la compra de un objeto fetiche del pasado, un proyector de películas de 16 mm, es el nexo entre los dos personajes que andaban sin compañía. Es un homenaje a la resistente acción cultural y a la construcción de la memoria propia, de imágenes predilectas y lugares que nos acompañan en tiempos sucesivos.