Esta es una película correctamente realizada y está basada en una adaptación de la famosa novela homónima de Alfredo Bryce Echenique. La directora Rossana Díaz Costa cuenta una historia de la aristocracia limeña desde el punto de vista de un niño (Julius, en diferentes edades: Rodrigo Barba, Augusto Linares), para lo cual recurre a tres componentes. Primero, la música, que sostiene las sensaciones de ternura, inocencia, tristeza y cierta nostalgia que completan esos atributos en la construcción del protagonista. Luego, los juguetes y reproducciones aumentadas de tiras cómicas que adornan su dormitorio y otros ambientes; así como el entorno señorial que lo rodea. Y, finalmente, la voz en off de Julius ya adulto (a cargo de Salvador del Solar), que se identifica como tal casi desde la primera aparición del personaje.

Julius y su mundo

Del otro lado, tenemos el “mundo” objeto de la mirada de Julius, consistente en las imágenes de la mansión señorial en la que vive, que abren la película y que luego vamos conociendo más detalladamente en las transiciones audiovisuales que separan los grupos de secuencias en las que está organizada la narración audiovisual. Observamos con cierto detalle y detenimiento no solo los ambientes (salones, dormitorios, piscina, habitaciones de servicio, jardines), sino también los muebles, enseres, vajilla, implementos de limpieza personal, todo muy elegante y hasta refinado; lo mismo en los ambientes del exclusivo Country Club limeño, donde transcurre parte de la acción. Todas estas locaciones pintadas con tonos claros, blancos, marmóreos e iluminados generalmente a plena luz. 

(Esto es lo que más me gusta de la película, tanto así que hubiera sido interesante una presencia más desarrollada de estos elementos, incluso al punto de ocupar todo el metraje. Claro, sería un tratamiento más bien experimental, pero, quién sabe…) 

Estas transiciones (así como algunos oportunos insertos de juguetes y otros elementos) van más allá de lo descriptivo y aportan elementos de soporte narrativos y -sobre todo- sostienen el punto de vista y la evolución de Julius. En este sentido, la ambientación, vestuario y -eventualmente- maquillaje tienen un peso importante, así como -en general- una lograda reconstrucción histórica, la que falla en algún momento (difícilmente podemos asociar el supuesto aeropuerto de estilo semi brutalista con la Lima de los años 60 o 50 del siglo pasado).

La dirección es sistemática y correcta, en el sentido de que cada cosa está en su sitio. Los traslados de Julius por los pasillos están grabados de la misma manera, así como las escenas en los vehículos o -hasta cierto punto- los episodios en las piscinas. Las interpretaciones de los niños protagonistas son aceptables, al igual que disparejas las del resto del reparto, considerando las características y limitaciones de los personajes. Hay también algunas breves tomas de inmersiones de Julius bajo el agua de las piscinas que marcan y pautean esta suerte de encierro -cual burbuja pituca o jaula de oro- del cual querrá salir el protagonista, mediante ocasionales incursiones en el mundo urbano-marginal y con un amiguito de barrio clasemediero. Aunque, todo hay que decirlo, no se ve que quiera abandonar el espacio de oropeles que lo rodea.

Este encierro se enfatiza también por el uso de tomas abiertas en las que se aprecia a un Julius al que la casa -y lo que observa al interior, incluso en las fiestas infantiles- le queda “grande” y en la cual se siente aislado y solitario. Mientras que encuentra algún refugio en los ambientes de la servidumbre, donde se siente acogido/engreído, filmado con cierto énfasis en planos más cerrados -incluso en conjunto con los sirvientes- y con una iluminación más cálida; de igual forma que cuando está solo en su habitación, rodeado de sus juguetes.       

Un mundo para Julius
Julius (Augusto Linares) en su mundo.

Todos estos componentes convergen en un relato que oscila entre lo evidente y lo semi sugerido, el cual narra la evolución de un niño rico retraído y algo tímido hasta el borde de la adolescencia. Recorrido que va, de un lado, desde la inocencia hasta el descubrimiento de la sexualidad culposa y, de otro, el de las diferencias de clase, que lo conducen a una toma de consciencia más bien limitada. Descubrimientos que él no interioriza como suyos (o sea, no son vividos por él mismo) sino observados en otros personajes. 

La secuencia argumental es prácticamente lineal y algo obvia, aunque la realizadora logra evitar la previsibilidad gracias a un manejo narrativo sutil. Proceso en el que se genera una empatía -arriba descrita en términos audiovisuales- entre el protagonista con diversos personajes de la servidumbre doméstica y con un amiguito no adinerado del colegio; en contraposición con el mundo agresivo, frío o indiferente, en lo familiar y lo social, hacia él y aquellos con quienes simpatiza. Etapa vital en la que también tiene una aproximación constante con la muerte, al punto que el filme -en general- es la descripción de una infancia más bien triste.  

De lo sistemático a lo esquemático

Pasemos a los problemas. El primero es que no se entiende por qué tanto despliegue de producción y lujo aristocrático, para un relato tan sencillo como poco original; de hecho, tal como está planteada, esta historia pudo ocurrir en muchas partes del mundo. Así como también pudo haber sucedido en una familia “emergente” de un barrio marginal limeño o de cualquier ciudad intermedia del país en el presente, y ser realizada quizá a un costo mucho menor. El racismo, clasismo y homofobia que se exhiben no son exclusivos de la elite económica del país y es posible encontrarlo extendido en los sectores altos y quizás en buena parte de la clase media y el resto de la sociedad peruana; en las que se pueden expresar estas taras de la misma manera en que se manifiestan en el mundo de Julius. 

Esto nos conduce a un segundo problema, el de personajes esquemáticos y maniqueos, especialmente los aristócratas varones, quienes -de adultos- son soberbios y altaneros, y -de jóvenes o niños- patanes y violentos. Casi todos los parlamentos e interpretación de la mayoría de personajes masculinos son unidimensionales, así como evidentes su arrogancia, racismo, clasismo y machismo; mientras que la madre está pintada en la pared y su presencia es casi espectral. Los que se salvan son Julius, cuya evolución se muestra con apropiada sutileza y -hasta cierto punto- su joven ama Vilma (Mayella Lloclla). 

Se olvida que la oligarquía peruana de esa época tenía personajes más variados, de los cuales la literatura ha dejado testimonio. Se me viene a la mente la novela “Duque” (1934) de José Diez Canseco o la obra de Oswaldo Reynoso, por ejemplo. Así como el caso de María Isabel Granda y Larco, conocida como Chabuca Granda, una dama apurimeña y famosa cantautora peruana, de inicios aristocráticos que luego evolucionaría hacia el compromiso social y lo afroperuano; y en cuya biografía aparecen hechos -digamos- disruptivos, para su época. Ni qué decir del propio Bryce, convertido recientemente en personaje (y víctima de dardos ponzoñosos) de su colega Jaime Bayly. En tal sentido, los personajes que pueblan el “mundo” de Julius aparecen como muy limitados. Lo mismo sucede con algunos miembros de la servidumbre, las monjas y sus compañeros de colegio. De esta forma, lo sistemático se vuelve esquemático y hasta maniqueo.   

Ninguna adaptación es “respetuosa”

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“Las mejores familias” (2020), de Javier Fuentes-León.

El origen de estas debilidades de la película está en el hecho mismo de la adaptación. Algunos sostienen -no sin cierta razón- que es injusto comparar la película con la novela ya que una obra cinematográfica jamás va a poder trasladar a la pantalla -ni siquiera aproximadamente- el conjunto de información y riqueza narrativa de una obra literaria de la envergadura de la obra maestra de Bryce (y es por eso que esta reseña ha evitado -hasta el momento- tal comparación). Pero también es un hecho que el filme se vende como la adaptación de la novela, por lo que la comparación va a ser inevitable. Anticipándose, la directora ha aclarado que ella ha escogido los aspectos dolorosos y tiernos, omitiendo los componentes humorísticos de la novela. Es una opción totalmente legítima, desde el punto de vista práctico, pero que -en este caso- trae como consecuencia que la película queda limitada por su fuente literaria y esta, a su vez, queda desfigurada en su adaptación cinematográfica.

Incluso si desconociéramos la existencia de la novela sentiríamos que la película se queda corta, que le falta “algo”. Ocurre lo mismo con otras adaptaciones supuestamente “fieles” a su fuente literaria. Un caso reciente es “El olvido que seremos” (2020) de Fernando Trueba, basada en la novela homónima de Héctor Abad Faciolince, otra correcta adaptación en la que uno siente -aunque no haya leído la novela- que falta mucho por mostrar en esa relación entre padre e hijo; incluso cuando se produce una colisión entre ambos, la cual es pasada por agua tibia cuando precisamente ese ángulo es el que hubiéramos querido ver desarrollarse. Al final, termina como una lección más de corrección política, como lo es también “Un mundo para Julius”.

Y no hablemos de “El amor en los tiempos del cólera” (2007) de Mike Newell, otra obra tan “fiel” -narrativamente- a la novela, en la que uno siente estar viendo el esqueleto de un relato (otros ven una caricatura) de algo mucho más rico y fascinante, que está ausente en el filme y que solo puede hallarse en la magistral novela del mismo nombre de García Márquez.

Hace alrededor de 40 años que leí el libro de Bryce y lo que retengo vívidamente de esta obra es la ironía y ternura con la que muestra a esa clase social. En cambio, lo que la cinta exhibe es justamente las partes -ya entonces- más convencionales y poco originales del argumento, pero que permiten construir una secuencia narrativa “que funciona”; como ocurre también en los dos casos anteriores. Este tipo de “fidelidad” que va a lo seguro termina forzosamente traicionando a la fuente literaria, ya que no hay ni una pizca de humor en toda la película pese a ser una característica principal de la novela. 

Para su mala suerte, una semana antes del estreno de “Un mundo para Julius” se exhibió en Lima “Las mejores familias” (2020), dirigida por Javier Fuentes-León, otra película sobre la ‘gentita’ sanisidrina en la que puede hallarse todo el humor que falta en el filme que comentamos; y en la cual, además, encontramos una mayor variedad y complejidad de personajes de este grupo social, en beneficio de la verosimilitud. Si bien es una propuesta distinta (se trata de una comedia light y está ambientada en el presente), no deja de ser interesante constatar que comparten algunos elementos argumentales y, en cierta forma, uno de los personajes (un escritor que se va a casar) podría ser un Julius ya adulto o quizá su hijo.     

Mientras más “irrespetuosa”, mejor

“Muerte en Venecia” (1971), de Luchino Visconti

La adaptación fiel o “respetuosa” de una fuente literaria relevante es limitativa -cuando no un fiasco- tanto para la película como para el libro, por lo que -en estos casos- la mejor adaptación es apartarse drásticamente del original literario. De hecho, esa fue la recomendación de García Márquez al guionista de Newell cuando le presentó el primer borrador de “El amor en los tiempos del cólera”; consejo que -a la luz de los resultados- este parece que no siguió o no lo hizo en grado suficiente. 

Hay varios ejemplos de adaptaciones exitosas y “poco respetuosas” con su fuente original. Un caso es “Los intocables” de Brian De Palma, basada en la novela autobiográfica de Elliot Ness, la cual fue modificada en cuanto a personajes y circunstancias, incluyendo la recreación de un personaje (Malone/Sean Connery) para que este ayudara a la construcción del protagonista (ElliotNess/Kevin Costner), así como se tomaron elementos de la serie televisiva; mientras que, desde el punto de vista audiovisual, De Palma incluyó en el montaje una recreación de la escena de las escaleras de “El acorazado Potemkin”, el filme clásico de Serguéi Eisenstein (¿puede haber algo más diferente a una cinta de gángsters?). 

Otro caso notable es “Muerte en Venecia” (1971) dirigida por Luchino Visconti y basada en la novela homónima de Thomas Mann. En este filme el director italiano transforma al protagonista de la novela -Von Aschenbach- de escritor a compositor, de tal forma que rescata la intención original de Mann, quien se habría inspirado en el compositor y director de orquesta Gustav Mahler para crear al personaje central de su obra, pero como literato. Al incorporar la música de Mahler y hacer uso de lo que Desiderio Blanco denominó el “zoom homosexual” en su película -entre otros recursos cinematográficos-, Visconti habría sido más “fiel” a las intenciones de Mann que el propio escritor lo fue consigo mismo en su novela. [Ver Hablemos de cine (Antología) Vol. 3, pág. 319]

Estas adaptaciones incorporan componentes nuevos -de fondo y forma- al de la fuente literaria, de tal forma que se produce una resignificación -mayor o menor- de esa fuente original. Dicho de otra manera, la adaptación implica recreación y sujeción del punto de partida literario a las necesidades de una creación audiovisual autónoma que incorpora elementos de la obra literaria original. En tal sentido, hay que actuar sin pretender fidelidad a una obra literaria específica, ya que de todas maneras una película siempre va a ser “irrespetuosa” con una pieza originaria; de hecho, hasta los guiones literarios pueden modificarse en distintos momentos del proceso de producción. Y el punto más interesante aquí es que, mediante estas incorporaciones creativas, al final la película puede rescatar o revelar -por algún tipo de procesos dialécticos- el sentido general de la fuente literaria original. Y esta sería la mejor “fidelidad” que se puede lograr.

En el caso de la novela fundamental de Bryce, por ejemplo, se pudo haber convertido a la voz en off en un personaje adulto que ve su infancia de manera mucho más (auto)crítica, convirtiéndolo —como el mencionado personaje de la cinta de Fuentes-León— en un bisexual que explica su salida del clóset a través del recuento de su infancia. Otra posibilidad es que el punto de vista en el filme no sea el de Julius sino el de su madre, Susan (Fiorella de Ferrari). Para ello habría que inventar y desarrollar una historia de cómo la señora se ha convertido en una especie de holograma puesto en la pared; relato que puede ir en paralelo con el desenlace de la vida de Vilma, mostrando un contrapunto clasista. Por estas -u otras- vías la película podría haber sido una comedia dramática o incluso una comedia a secas (recuperando el tono irónico consustancial al libro de Bryce) y no el drama naturalista que terminó siendo. Todo lo cual, casi seguro, hubiera implicado un tratamiento audiovisual considerablemente diferente.

Soy consciente que es muy fácil especular con un sinnúmero de posibilidades (los cinéfilos y, a veces, los críticos, imaginamos nuestras propias películas) y otra cosa muy distinta es llevarlas a la pantalla y que funcionen. De hecho, se requiere ser muy valiente para adaptar una obra maestra de la literatura universal y lograr salir airoso. Después de todo, la realizadora Rossana Díaz tampoco ha sido tan “respetuosa” y ha transformado -reitero: de manera totalmente legítima- la obra de Bryce en algo muy distinto a la novela original. Su problema es haber llegado a ese resultado adaptando una parte de la obra (y siendo “fiel” pero solo a esa parte), con lo cual el filme termina quedando a la sombra de la novela, la cual la limita como producto cinematográfico.                

El retorno de la oligarquía

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“La restauración” (2020), de Alonso Llosa.

No obstante, y pese a sus limitaciones, el enfoque de la película en relación con la oligarquía tiene como virtud el estar adecuada a la situación política peruana y -hasta cierto punto- latinoamericana. 

El tema de la oligarquía ha retornado en los últimos años a los ámbitos académicos y ha sido tema también de películas relativamente recientes, como el documental “La revolución y la tierra” de Gonzalo Benavente y, como obras de ficción, “La restauración” de Alonso Llosa, “Las mejores familias” de Javier Fuentes-León y “Un mundo para Julius”. La cinta de Llosa ofrece una visión de este grupo social como venido a menos, en trance de desaparición y hasta compasivamente, con un tratamiento que combina ironía con ternura; mientras que en la de Fuentes-León — si bien muy entretenida y visualmente subyugante— es mostrado de manera poco menos que inofensivo. 

De otro lado, “La revolución y la tierra” tuvo la virtud, entre otras, de desenterrar a la vieja oligarquía y ha hecho que este grupo social se reconozca a sí mismo, sin las hipocresías de las que se burlan las dos buenas películas antes citadas. A diferencia del filme de Rossana Díaz Costa, que resalta los aspectos más típicos de esa aristocracia limeña y cuestiona su clasismo, racismo, machismo y homofobia; enfatizando y actualizando su cuestionamiento en la panorámica final, que ocurre en el presente.     

Todas estas películas hacen parte de un nuevo clima político en el Perú, producto de tres décadas de neoliberalismo, que han producido una fuerte desigualdad; la cual se ha profundizado por las terribles consecuencias de la pandemia de la covid-19. Entiendo por desigualdad la sensación provocada -tras una década de espectacular crecimiento económico- de que un pequeño grupo ha crecido mucho más rápidamente y en mayor volumen que la mayoría, mientras otros o lo han hecho de manera más lenta o se encuentran estancados, sin haber obtenido ningún beneficio. Esas brechas -que la pandemia ha convertido abruptamente en abismos- refuerzan la discriminación social en sus diferentes vertientes, ya que los privilegiados buscan naturalizar o justificar tal desarrollo desigual; lo que ha abonado a la polarización política y la aparición de extremismos de derecha e izquierda.    

Este ha sido uno de los factores que ha llevado a la presidencia de la República a un representante de esos sectores sociales que se sienten marginados del crecimiento económico (aunque también tienen lo suyo), a la vez que ha desatado desde la segunda vuelta de las elecciones generales en adelante -y como nunca antes en las últimas décadas- un racismo desaforado, alimentado por el pánico generado por los que se perciben beneficiados por el “modelo” que ha producido tal desigualdad. En este contexto, “Un mundo para Julius”, aunque ambientada en los años 50 del siglo pasado, de pronto adquiere actualidad al mostrar las taras sociales que afectan hoy en día a la sociedad peruana. 

En consecuencia, si bien -desde un punto de vista cinematográfico- esta película tiene las limitaciones que hemos comentado, desde un punto de vista político ofrece un enfoque más apropiado que otras respecto a la compleja coyuntura sociopolítica actual, al evidenciar la pervivencia de los modos señoriales y patriarcales que se manifiestan con fuerza en algunos grupos importantes en la escena sociopolítica nacional.