La película de la directora Ana Laura Calderón nos descubre un escenario abriéndose a los cambios provocados por el desgaste de ciertas tradiciones o conceptos asociados a una conciencia cultural. Corazón de mezquite (2019) cuenta la historia de una niña y su deseo de ser arpista como su abuelo y su padre. Lo que sería interpretado como un gesto de desarrollo personal en cualquier sociedad, en las inmediaciones de la comunidad de Yoreme esa intención es equivalente a un acto inconcebible. Según la tradición de este pueblo ubicado en la zona sur de Sonora, México, está prohibido que una mujer sea una arpista. Ese es el conflicto en primer plano del filme. Lo cierto es que a esta norma se suman otras más que van definiendo a una población acostumbrada a convivir con una serie de fronteras que en cierta forma alientan a una limitación del conocimiento o impiden la trascendencia de su propia cultura. El caso de las “brujas” de la comunidad es un buen ejemplo de cómo es que la discriminación hacia un oficio o prejuicio popular, sin meditarlo, colabora con el silenciamiento de la versión oficial o no conocida de un mito, glosa que ciertamente tumbaría una variedad de fronteras culturales.

Al igual que muchas películas en México, aquí vemos a una sociedad encurtida por una serie de comportamientos que son equivalentes a un autoboicot generado por sus mismos ciudadanos. Los que se presumen víctimas, son más bien sus propios agresores. La comunidad de Yoreme, así como tantos escenarios del país en cuestión, está contaminada de prejuicios sociales y culturales, una reacción que se anticipa al miedo o la posibilidad de una catástrofe que, si bien en un pasado tuvo un “sentido” desde la lógica de las leyendas, en la actualidad se perciben como una lógica raquítica. Ahora, Corazón de mezquite habla sobre la cura de las tradiciones malignas, pero también no deja de revalorar las que sí son dignas de difundirse. Esta es una historia sobre la herencia musical y el ritual del vínculo filial. Qué tan importante es para toda cultura minoritaria difundir su imaginario desde un escenario familiar. No solo es el deseo de no dejar morir el conocimiento, sino también el concientizar el valor de este y de su alrededor. En una secuencia, un niño habla sobre la contaminación de un río. En otra, un hijo reclama a su padre el no haber aprendido la lengua de su comunidad. No solo es una generación que está abrazando a las corrientes provocadas por los discursos de la inclusión, sino también una nueva cría de ciudadanos reconociendo la realidad de su población y con ello las carencias a las que está expuesta.