Tal como lo evidenció la Comisión de la Verdad y la Reconciliación (CVR), la violencia sexual contra mujeres en la zona de Manta y Vilca, en Huancavelica, durante el conflicto armado interno fue “una práctica persistente y cotidiana [cuyos] principales responsables [fueron] los integrantes del Ejército destacados en las bases militares del lugar.”  Aunque el informe de la CVR fue publicado en el 2003 con un claro llamado a que se haga justicia en ese y en muchos otros casos, no fue sino hasta el 2015 que el Ministerio Público formuló acusación contra 14 militares por los delitos sexuales cometidos contra 14 de 24 mujeres identificadas como víctimas, algunas de ellas menores de edad cuando ocurrieron los hechos. Aun hoy el juzgamiento sigue en trámite, en etapa de juicio oral. 

Son, pues, casi 40 años los que la justicia, la del Poder Judicial, la más básica, demora en llegar. Y no solo es eso. Sobre las mujeres de Manta y Vilca un sector de sus propios coterráneos les sigue haciendo soportar el estigma de “hacerse las víctimas”, de querer aprovecharse de una indemnización pecuniaria que no merecen, de manchar el prestigio del glorioso Ejército peruano por un error “que ellas mismas cometieron” al hacerse enamoradas, “queridas”, mujeres de soldados. Las acusan, palabras más, palabras menos, de lo que se acusa a la mayoría de mujeres de este país que han soportado o soportan ese tipo de vejámenes en cualquier lugar, estrato económico o social: no denunciar “oportunamente”, querer aprovecharse de sus supuestos verdugos, empecinarse en reabrir una herida que los demás quisieran ya olvidar (sí, los demás, no ellas). 

El caso grafica con crudeza la forma en que miembros del Ejército abusaron del control político y militar absoluto que se les dio sobre la zona para combatir a grupos terroristas, aprovechándolo para cometer durante años una serie de delitos al amparo de sus oficiales y de casi toda la estructura institucional militar y del propio gobierno. La amenaza, la extorsión, la invisibilización, la negación de la humanidad de las mujeres de Manta y Vilca fue atroz no solo cuando se cometieron los delitos sino después, cuando ellas mismas debieron convencerse, primero, que merecían justicia, y después, que debían (y podían) buscarla. El silencio y desdén que el Estado ha mantenido durante décadas sobre este y otros horrores perpetrados por sus agentes, con la excusa de la lucha contra el terrorismo y la salvaguardad de la dignidad de las instituciones militares, debiera ser motivo cotidiano de vergüenza de todos sus ciudadanos y ciudadanas. 

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Y sin embargo, crímenes como estos se mantienen silenciados: aparecen intermitentemente en páginas secundarias de periódicos de bajo tiraje, o en notas de sitios web de derechos humanos que pocos leen. Con ello se les sigue revictimizando, pero también se le niega al país la posibilidad de curarse, de reconstruir sus fracturas, de hacer justicia, de reparar a sus víctimas y de evitar que acciones de ese nivel de inhumanidad vuelvan a repetirse (de hecho, de otros modos, siguen ocurriendo).

A contracorriente, la directora Patricia Wiesse rodó “Mujer de soldado”, documental que pone luz sobre este caso particular a partir de las voces de Magda, Santosa, Magna y Virginia, cuatro de las víctimas de esa época que se mantiene vigente por sus ecos, aunque muchos insistan en su lejanía. La obra se sirve, principalmente, de una conversación informal entre las cuatro mujeres, amigas de infancia y adolescencia, que se reencuentran para compartirse su pasado, su presente, y ese futuro al que se acercan con melancolía y, después de todo, esperanza. 

Esa conversación, en el que el quechua y el español se intercalan y complementan con naturalidad como si de una sola lengua se tratara, es lo mejor de la película. Escuchándolas, viendo sus gestos y miradas que la cámara trata con respeto, quien preste atención tiene la oportunidad de acercarse aunque sea un poco a comprenderlas y, a través de ellas, un poco más a un país de venas abiertas que son a la vez heridas y sangre de vida que fluye. Las mujeres, con la confianza que les da su amistad, a veces narran, a veces reflexionan, ya sea sobre los traumas que les dejó la barbarie, los sueños que dejaron de cumplir, los pesos que cargan, la incomprensión de sus familias y antiguos vecinos, pero sobre todo, sobre su lucha por una justicia que les sigue siendo tan esquiva como necesaria para volver  a caminar “con la frente en alto”. 

Tal vez por centrarse en exceso en el punto de vista judicial de la historia, como si el Instituto de Defensa Legal no solo la hubiese financiado sino también guiado su contenido, la obra termina perdiendo un poco de profundidad. Contribuyen a ello las voces en off del juez, el fiscal y los acusados, que además de sonar impostadas, jurídico-teatrales y, por tanto, falsas, parecen estar colocadas para brindarnos una lección innecesaria de cómo funciona un proceso penal en vez de servir a la consistencia del relato. Tampoco ayuda que se haya optado por casi no salirse del punto de vista de las mujeres como víctimas, como si la historia se centrara en desarrollar los argumentos que demuestran la existencia de los delitos y los daños ocasionados en consecuencia. Insertar otros aspectos vitales —esos hechos indignantes, siendo importantes, no lo son todo— tal vez hubiera podido brindarnos una visión más completa de la complejidad de sus historias individuales y de grupo. 

Pero eso no desmerece la calidad y el gran aporte de “Mujer de soldado”, un documental en toda regla, que cumple con creces su función y que es fundamental para construir y recrear nuestra memoria colectiva sobre una época cuyas raíces de horror están lejos de ser superadas. Su difusión, así como la de otros documentales de su tipo, debiera ser una política de Estado. La ciudadanía, la civil y la militar, debe aprender a procesar sus responsabilidades y errores, hacerse cargo de ellos, y comprometerse a hacer lo que sea necesario para que nunca más se repitan. Por todo eso también es una gran noticia que el Tercer Festival de Cine Latinoamericano sobre Lenguas Originarias lo tenga en su selección oficial.