Hay algo en el Hollywood de la década de 1990 e inicios de los 2000 que genera cierta melancolía entre los aficionados más cinéfilos. Probablemente, este sea el período que comprenda la última generación de actores que representaban el sueño imposible, el éxito y la fama que catapulta hacia la gloria y la inmortalidad. No es que en tiempos actuales no existan las estrellas de cine, sino que estas están constantemente en contacto con sus seguidores a través de las redes sociales y ello provoca una cercanía que los obliga a ser más humanos. Las estrellas hasta hace no mucho eran divos que huían de los paparazzi y su lejanía de las personas “comunes” generaban mitos que han alimentado la cultura popular para siempre. 

A este grupo de antiguas estrellas pertenece, por supuesto, el extraordinario e incomparable Nicolas Cage, en cada una de las facetas que conocemos de él. Como el talentoso actor ganador de un Oscar, como el miembro de una de las familias más renombradas en la industria cinematográfica, los Coppola, como protagonista de títulos inolvidables y como el excéntrico millonario que cayó en la bancarrota. Podemos ser víctimas de nuestros impulsos y juzgarlo con antipatía -o simpatía- pero es imposible no reconocer que el actor de Leaving Las Vegas ha sido un símbolo en su generación y que alguna vez nos hemos referido a ciertas películas como “esa en la que Nicolas Cage hace de…”  y que, aún por encima de ello, nos hemos divertido con sus actuaciones y alucinado con sus personajes.

Por ello es que la propuesta de El peso del talento (o el conscientemente pretencioso y estrambótico The Unbearable Weight of the Massive Talent, en su idioma original) traía considerables expectativas desde su anuncio. La cinta, dirigida por Tom Gormican (That Awkward Moment), no es ni de cerca la primera película que muestra a un actor haciendo de sí mismo -seguramente a ustedes se les ocurre, como a mí, Being John Malkovich– pero su guion, coescrito por Gormican y Kevin Etten, propone una personalidad propia desde las visibles coincidencias con los sucesos que el actor ha atravesado en su vida fuera de las pantallas pues, al igual que Nicolas Cage, Nick Cage es un actor famoso por el que sus mejores años han dejado poco rédito económico -o mucho, pero mal administrado- y endebles relaciones con su familia, por lo que pasa sus días intentando conseguir algún papel que lo devuelva al estrellato que alguna vez disfrutó.

Ante el fracaso constante en las audiciones, su representante, Richard Fink (Neil Patrick Harris), consigue una particular oferta que consiste en asistir a la fiesta de cumpleaños de Javier “Javi” Gutierrez (Pedro Pascal), un español multimillonario fanático de Cage que es perseguido por el gobierno norteamericano por ser un supuesto miembro de la mafia. Ante esto, Nick será abordado por Martin (Ike Barinholtz) y Vivian (Tiffany Haddish), dos agentes de la CIA que lo utilizarán como informante con el objetivo de capturar al criminal.

Lógicamente, la historia es solo una excusa para disponer que el protagonista realice un homenaje a su propia carrera en el que somos bombardeados de referencias a su filmografía que se inclinan siempre para la parodia. El atractivo de esta cinta parte desde el conocimiento previo de otras cintas como Face/Off, Con Air, Gone in 60 Seconds y National Treasure, entre varias otras y es allí donde el espectador realmente puede sacarle todo el provecho de lo que el guion propone. Sin embargo, sabiendo que este público se regocijará en los gags cinéfilos, el libreto aprovecha para lanzar algunas bromas que nacen desde la afición que Javi tiene por el cine, pues el personaje de Pascal y Cage se dedican a escribir un guion para una película y a mantener largas conversaciones sobre largometrajes que van desde Paddington 2 hasta The Cabinet of Dr. Caligari, por lo que se harán idea de lo cómica de la situación que es llevada de manera fenomenal por ambos actores, quienes encuentran una química mutua realmente sorprendente en la que ambos se lucen, aunque el actor chileno merece reconocimiento propio pues, a pesar de que ya había tenido acercamientos a la comedia, es en esta película que ha logrado seguirle el ritmo del género a Nicolas Cage, un actor que sabe burlarse de sí mismo sin inconveniente alguno.

Más allá de eso, si es que alguien que desconoce sobre el trabajo previo de Nicolas Cage se decide a asistir a El peso del talento, la cinta también es disfrutable, pero no pasará de ser una película “dominguera” en el que no hay un desarrollo minucioso de los personajes ni un relato muy consistente -por ratos nos olvidamos que tenemos una trama policial por detrás-, sino más bien pasajes entretenidos y momentos que tiran de la emotividad para tratar de caer bien, siempre apoyados en los aspectos humanos que nos presenta la historia del protagonista, pues así como no encuentra los caminos para acercarse emocionalmente a su familia, también atraviesa por una crisis personal en la que la desesperanza le sobrepasa por estar convencido de que nunca volverá a alcanzar la fama que tuvo en otro tiempo.

Es así como El peso del talento está ideada para que sea Nicolas Cage el gran centro de atención y por ello es por lo que la historia queda algo descuidada, aunque me he inclinado por teorizar que esto también se ha realizado a propósito, pues tal como en la filmografía del actor californiano, es más importante su presencia que el propio guion. Sea como fuere, la originalidad de la propuesta merece la pena y es, desde luego, una película que hace justicia a la leyenda de uno de los últimos actores de un Hollywood que va desvaneciéndose de a pocos.