«Top Gun: Maverick»: Tom Cruise, el eterno inconforme

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Continuando con el resurgimiento de antiguas sagas que apelan a la añoranza para atraer a un público reacio a consumir productos que no posean un background argumental, Tom Cruise vuelve a su papel de Pete “Maverick” Mitchell treinta seis años después con Top Gun: Maverick. Al más puro estilo de Creed (2015) -aquella cinta en la que Sylvester Stallone retoma su mítico personaje de Rocky para entrenar al hijo de su mejor amigo- Maverick, quien no ha tenido progreso significativo en su carrera por su carácter rebelde, se sube a pilotar nuevamente aviones en la escuela de élite, esta vez como profesor de un grupo de pilotos entre los que se encuentra Bradley “Rooster” Bradshaw (Miles Teller), el hijo de Goose, su recordado copiloto que falleció en la cinta original. 

¿Pero cómo es que el personaje de Cruise consigue este regreso? Pues “Iceman” (Val Kilmer), quien es en la actualidad un gran amigo de Pete, tiene ahora el rango más alto de la Naval y es él quien ordena que Maverick instruya a los pilotos más notables para la ejecución de una misión de alto riesgo. En su regreso, Maverick no solo encontrará que los tiempos han cambiado significativamente desde sus años como teniente, sino también un nuevo interés amoroso en Penny (Jennifer Connelly), la dueña del bar al que todos los pilotos acuden regularmente.

Por varios motivos, podía parecer un capricho del propio Tom Cruise revivir una película que tiene más de tres décadas de antigüedad. En primer lugar, porque, para que haya un interés genuino por Top Gun: Maverick, la implicancia de un conocimiento previo de la película original es obligatoria. No significa que cada espectador debe haber vivido aquella década de 1980, pero sí, por lo menos, comprender el impacto comercial y cultural de Top Gun (1986), la cinta dirigida por Tony Scott (el fallecido hermano de Ridley) que consolidó a Cruise como un símbolo juvenil de aquella época y lo catapultó a una infinidad de papeles memorables -aunque para ese momento ya había estado en Risky Business (1983)-  como los que tuvo en Cocktail (1988), Jerry Maguire (1996) y el inicio de la saga Mission: Impossible (1996), entre muchos otros.

Sin embargo, los obstáculos llegaban mucho más lejos, pues Top Gun vio la luz en una época en la que los cánones de belleza, tanto masculinos como femeninos, debían ser alardeados y expuestos en pantalla por delante de todo lo demás, fortaleciendo estereotipos y figuras hegemónicas, acompañadas del discurso patriota/estadounidense más edulcorado posible. No estoy criticando aquellas maneras pues, al fin y al cabo, las películas son solo la expresión subjetiva de la sociedad, sino que, contrastando todo ello con las tendencias actuales, probablemente conservar la esencia de la cinta original para esta secuela podría haber resultado desfavorable. Y tan solo para hacer la situación un poco más dramática, la pandemia retrasó el estreno del largometraje que, por cierto, está dirigido por Joseph Kosinski, con quien Tom Cruise ya había trabajado en Oblivion (2013). 

Pero nada desmotivó a Tom Cruise, quien rechazó tajantemente la posibilidad de estrenar Top Gun: Maverick por alguna plataforma de streaming y vaya que no se equivocó. La secuela es un producto hecho para demostrar su vigencia, pues la cinta gira en torno a él y nada sucede si es que no está presente, pero por encima de ello, el ritmo de la película se acomoda para lo que el actor de 59 años siempre ha preferido. Si bien tenemos en los primeros minutos de la cinta muchos elementos que hacen referencia a la película original, Top Gun: Maverick funciona con su propia dinámica, entendiendo que los años han pasado y que el producto de entretenimiento requiere no solo el espectáculo visual, que se ve mejorado en esta película por los obvios avances tecnológicos, sino por una trama más consistente y sensata que, aun así, logra huir de ciertas amenazas que podrían traerle alguna molestia fuera de pantalla, pues no se llega a mencionar cual es el territorio en el que la misión se debe llevar a cabo.

Maverick se enfrenta, tal como en la película de 1986, a la ortodoxia y disciplina que fricciona contra su forma de pilotar, pero también de ver la vida. Sin embargo, la complicación esta vez es que lo hace contra la barrera que representa ser quien menos progreso tuvo en su carrera aeronáutica y estar muy cerca de tener una última oportunidad para redimirse. Aún por encima de ello, el protagonista se ve inmerso en un ambiente hostil en el que ciertos dilemas morales lo colocan en una posición desfavorable frente a Rooster, quien guarda recelo por la historia previa que involucra a su padre. Por otro lado, Maverick encuentra apoyo emocional en Penny, y aunque esta subtrama genera momentos entretenidos, quizá es la parte más floja del largometraje, pues a pesar del gran carisma que siempre exhibe Connelly, nunca vemos algún indicio de que esta historia logre escapar del romance genérico que tiene cualquier cinta de acción/aventura. Mención aparte merece las escenas de Val Kilmer que, a pesar de su alicaído estado de salud, ha deseado estar en esta secuela, esta vez como un punto de apoyo para Maverick.

Ahora bien, la esencia de la Top Gun original se encontraba, además de la irreverencia de su protagonista y el exhibicionismo de su contenido, en un concepto comercial que se sustentaba en la banda sonora que acompañaba el montaje brindándole aspecto de videoclip -de la que resaltaban “Danger Zone” de Kenny Loggins, que se escucha en la secuela también, y la meliflua “Take My Breath Away” de Berlin- y en las escenas de vuelos que, tanto en las secuencias de entrenamiento como en la acción que se supone real, eran envolventes y adrenalínicas. Pues todo esto está presente también en Top Gun: Maverick, aunque ecualizado para los tiempos actuales. En los alumnos de Pete Mitchell tenemos un conjunto de personajes mucho más variado, dejando a “Hangman” (Glen Powell) como el que toma un papel similar al de “Iceman” de la primera cinta. Por otra parte, Maverick está mucho más contenido en sus impulsos y la rebeldía es ahora su recurso para obtener el éxito y ya no la forma de ganarse problemas.

Pero el gran salto de calidad está en cada escena en la que la película nos lleva por los aires. Se han incluido nuevos factores para hacer más realista el desempeño de los pilotos, como la amenaza a la integridad física de esforzar extremadamente las naves, pero cuidadosamente se han utilizado todas las herramientas posibles para que cada secuencia de vuelo sea más espectacular que la anterior. Ayuda mucho que la edición logre ese vértigo que igual queda agradecido con el hecho de que todo se vea muy artesanal por la poca notoriedad de efectos visuales con CGI. El tercer acto, especialmente, es un gran cierre para una película que reconoce que su punto más fuerte es atrapar en estas escenas. La tensión está impecablemente construida y la limpieza en los planos es parte fundamental para que el público pueda sentirse muy dentro de la acción. Teniendo asumida esa virtud, no hay mucho más que por pedir, pues los boletos quedan pagados con el absoluto espectáculo visual en el que, nuevamente, Tom Cruise se siente como pez en el agua – o como ave en pleno vuelo, si cabe el término-.

El único problema que puedo encontrarle a Top Gun: Maverick es que es probable que en pantalla chica no se vea tan increíblemente fascinante como se ve en la pantalla grande. Por todo lo demás, es extraordinaria porque es muy honesta consigo misma en lo que desea resaltar. A pesar de superar a la película original, no intenta aleccionar a nadie ni arrepentirse de lo que su largometraje fundador fue, sino por el contrario se siente orgullosa de lo que representa para su época y para su legado, sin que ello obstaculice su adaptación a la actualidad, pero, particularmente, se aprecia el amor que tiene su principal promotor, el propio Tom Cruise, por las películas que hacen que el cine sea no solo entretenimiento, sino un sorprendente espectáculo.

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